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¿Alguien podría explicarme…?

Publicado: Domingo, 21 de agosto de 2016  |  9:46 am
Gustavo García Vélez

No me extrañaría que la injusta reacción en contra de la ministra de educación esté dentro de este “poner las cosas en su sitio”. Esa algarada, semejante guasábara, tamaño motín respaldado por el cardenal y el santurrón Procurador, tiene que tener alguna explicación, aunque no una justificación.

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No sé si es que este mundo marcha muy rápido… o algunos ya nos estamos quedando rezagados; o si se devolvió 200 años y ya no sabemos para dónde mirar. Pero lo cierto es que suceden unos hechos que no alcanzo a comprender y pido, muy humildemente, que algún sabio lector me saque de la decúbita supina ignorancia (que a veces también es decúbito dorsal y hasta decúbito ventral).

Por ejemplo: me parece que la Constitución de 1991 convirtió a Colombia en un país de ghettos, como los de los judíos en toda Europa y el de los negros del barrio de Harlem, en Nueva York. Y es que hay en nuestra Carta Magna una legislación diferente para cada raza, etnia y tribu: que para las negritudes, afrodescendientes, palenqueros y no sé qué otra denominación, calificativos que rayan con la minucia y que “hilan muy delgado” para mostrar unas diferencias entre ellos que el resto de los pobres mortales no alcanzamos a comprender. Mi pregunta es: luego ¿no somos todos colombianos? ¿Por qué leyes para mayorías y otras de minorías?

Ni que decir de las tribus indígenas. Para cada una de las 160 o más detectadas, como que también aprobaron leyes diferentes… entre ellos y con el resto de los colombianos. Y los ignorantes supinos nos preguntamos si una tribu que no tiene más de un centenar de integrantes -lo que indica que no pudo subsistir porque es una raza débil- puede renacer con esas normas preferenciales. De esta “selección natural” trató hace 157 años míster Darwin (que no era el pariente rico de Brayan, Estíven, Yonatan o Leidi Yojana Tangarife. Hasta allá no ha llegado la “evolución” de nuestros especímenes criollos).

Esa hipócrita “ternura”, esa sensibilidad populista, demagógica, lo único que logrará será convertir a esos colombianitos en un atractivo turístico para las vacaciones veraniegas de los curiosos del primer mundo, del desarrollado. Y la misma pregunta: ¿no son estos indígenas también colombianos, a los que deben regir las mismas leyes que a los otros 48 millones de habitantes de nuestro país? (¿O es que también habrá que aprobar unas normas especiales para los que tienen los ojos verdes o las pestañas crespas? Porque eso es genético. ¿O no? Si alguno de ustedes, amables y espero que todavía sonrientes lectores, sabe de un proyecto de ley que favorezca a la ínfima e indefensa minoría de los que miden 1.90 metros, por favor me avisan. Me interesa… por razones que saltan a la vista).

Pero la cosa no para ahí. Existe el calificativo de LGTB (lesbianas, gays, travestis y bisexuales) para el colectivo de las personas que tienen gustos sexuales diferentes, “raros”; y aquí la sutileza linda con lo cómico, porque uno se pregunta si una lesbiana… ¿no es gay? Y ya creo que le añadieron otra letra -la i-que ignoro qué significa. ¿Impotentes? ¿No faltarán, por ejemplo, la “e” de eunucos y la “f” de frígidas?

Hace años una encuesta mundial, muy seria, estableció que solo la mitad de los humanos es heterosexual y que el 10% es definitiva y exclusivamente homosexual. Y que al resto, nada menos que el 40%, le apetece “de res… y de marrano”, son bisexuales. Si eso es así, pues debe respetarse. Y listo.

Pero existe como un reto, especialmente de los travestis, que en los desfiles anuales del “orgullo gay” en todo el mundo son los que más registran los medios de comunicación social, porque sus vestimentas, poses y actitudes son las más llamativas. Y se ignoran los miles y miles que visten de acuerdo con sus genitales… y que marchan en los mismos desfiles y con idéntico orgullo.

Ese “soy marica y qué” parece que está produciendo ya reacciones de quienes se han sentido por años agredidos, irrespetados hasta en su concepto del buen gusto por esas exageraciones de los travestis. Porque el respeto debe ser de doble vía. Es el caso de quien dirige la fundación ecológica “Humboldt” y que en la revista “Bocas” del diario El Tiempo apareció en páginas y páginas enteras con maquillaje grotesco, atrevidas minifaldas, gestos retadores y burlescos… y barba de varios días.

No me extrañaría que la injusta reacción en contra de la ministra de educación esté dentro de este “poner las cosas en su sitio”. Esa algarada, semejante guasábara, tamaño motín respaldado por el cardenal y el santurrón Procurador, tiene que tener alguna explicación, aunque no una justificación.

Concluyo que existe ya una saturación de todos estos comportamientos, con los que se reclaman unos derechos que la gran mayoría de los colombianos no les están negando. Porque no conozco el primer caso de extradición (ni siquiera a los profundos infiernos) y, mucho menos, de fusilamientos por esas diferencias aceptadas hace años. Una prueba al canto: nuestros deportistas negros hace muchas décadas son aplaudidos, respetados y elogiados por todos los colombianos y no solo por los de su raza. ¿O no estamos todos orgullosos con sus triunfos en las olimpíadas de Río de Janeiro?

Y me atrevería a sugerir -la ignorancia confesa, como la mía… es más atrevida- que esas “cantaletas” se empleen en cosas más productivas que los protagonismos cursis a las que conllevan. Ser diferente por raza, preferencias sexuales, religión o condición social no le produce ningún complejo a una persona normal, que no haya tenido traumas de infancia por esas circunstancias. Lamentablemente, la vocería de esas minorías parece que se la tomaron los que, hace rato, deberían haber consultado a un sicólogo… y hasta a un siquiatra. Porque también hay que oír, por ejemplo, las expresiones -esas sí muy racistas- de algunos representantes de las negritudes. Dan la impresión de que ellos se creen mayoría en este país.

Y, hablando de cantaletas ya cansonas, aburridoras y, por lo mismo, perjudiciales para los propósitos que sus voceros quieren cumplir, me pregunto también: si en las conversaciones entre este gobierno y las farc se dejó muy en claro -desde el comienzo- que no habría ninguna modificación a nuestro Estado de derecho, ni al régimen de la propiedad privada, ni al modelo económico, ni a las funciones y objetivos de las fuerzas armadas legales. Es decir: que nuestra Constitución Nacional no se modificaría para cambiar lo aprobado por millones de colombianos en 1991 y solamente requeriría de unos ajustes, por lo demás necesarios, entonces… ¿por qué llevamos más de tres larguísimos años en esas conversaciones? ¿Será que los guerrilleros están muy amañados en Cuba y quieren prolongar sus “vacaciones”? ¿O que a Santos le produce regocijo su pelea con Uribe y también desea que no se interrumpa?

Porque en este caso, también, los colombianos estamos saturados de “noticias de última hora”, que solamente tienen que ver con aspectos de mero trámite. Aquí sí que hay sutilezas, minucias, que enredan el entendimiento de los posibles votantes en el plebiscito. Y los uribistas pidiendo “barajar y volver a repartir” (tienen huevo…y es de quica, como decíamos los niños de antaño).

Lo dicho: todas estas cantaletas -de negritudes, de indígenas, de gays, de la paz- están produciendo, creo yo en mi ignorancia decúbito dorsal… los efectos contrarios. Está pasando lo mismo que a los golosos mecateros: comen tanto de eso, que se indigestan y le cogen “pereza” a los dulces.

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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