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Años movidos

Publicado: Domingo, 15 de julio de 2018  |  9:01 am
Gustavo Duncan

Los críticos de Petro no han comprendido que el sentido de las movilizaciones no es solo hacer sentir el inconformismo social por lo que Duque haga, sino a través de la protesta lograr matizar sus políticas de gobierno.

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Han querido desvirtuar la movilización que Petro planea realizar el próximo 7 de agosto. Se argumenta que no tiene sentido sacar la gente a la calle para recibir el gobierno de Duque cuando todavía no se ha posesionado y no hay razones para protestar por su desempeño en el cargo.

Los críticos de Petro no han comprendido que el sentido de las movilizaciones no es solo hacer sentir el inconformismo social por lo que Duque haga, sino a través de la protesta lograr matizar sus políticas de gobierno. Y esa estrategia, además de legal y legítima en una democracia, es deseable para evitar que la clase política desde la Presidencia, con el respaldo del Congreso, desconozca las reclamaciones y los derechos de amplios sectores que no tienen otros medios para hacer públicas sus demandas.

Los próximos cuatro años van a ser bastante movidos porque la llegada de Duque a la Presidencia está sujeta a su vinculación con Uribe y el uribismo, lo que conlleva una carga simbólica muy fuerte. Nada más estimulante para la movilización de activistas y simpatizantes de izquierda que un símbolo tan poderoso en contra de su visión de la sociedad y tan, al mismo tiempo, beligerante. En efecto, durante sus ocho años de gobierno Uribe utilizó la movilización de la sociedad, en lo que los suyos llamaron el ‘estado de opinión’, para sacar adelante políticas de todo tipo y hasta cambios legales de primer orden como fue el cambio del articulito que le permitió reelegirse.

Ahora Duque será víctima del invento de Uribe y tendrá que afrontar una oposición feroz tanto en el Congreso como en la calle. Una de las condiciones para que su gobierno sea exitoso será precisamente su capacidad de sortear las movilizaciones, de modo que sea capaz de encontrar un buen término medio en el sentido de no ceder más allá de lo razonable a las reclamaciones de los sectores que se movilizan. Si no cede nada puede terminar de fracturar una sociedad ya de por sí dividida y polarizada. Pero si cede mucho, las políticas públicas pueden estrellarse con la inviabilidad que caracteriza las demandas y propuestas de quienes protestan y no hacen las cuentas de lo posible que le toca hacer a quienes gobiernan.

Por su parte, Petro ha demostrado ser la principal figura con capacidad de encauzar la oposición desde la movilización social. Es su principal arma para aspirar a la Presidencia en 2022, así que no tiene elección, si quiere ser presidente deberá convertir las emociones de la población en reclamaciones y demandas sociales al gobierno de Duque.

No es de extrañar que la dinámica política de los próximos cuatro años gire en torno a la dicotomía entre un Duque que aspire a neutralizar los sectores radicales del uribismo en el manejo del Estado, mientras que capotea la protesta social liderada por Petro. Esto puede ocurrir sobre todo si otras figuras como Fajardo, Claudia López, Mockus y demás no logran consolidar un proyecto de oposición menos beligerante, desde canales institucionales más convencionales.

Muchos se quejarán de la beligerancia de Petro pero su estrategia está dentro de las reglas del juego de la democracia. Y lo utilizará porque en eso es que es exitoso. Lo grave es otra cosa. Es que si algún día llega a ser presidente utilice la movilización social para pasarse por la faja las leyes. En Colombia casi hubo un precedente en ese sentido con la intención de Uribe de un tercer mandato.

Gustavo Duncan | El País

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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