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Azulejos, canarios y pichofués

Publicado: Domingo, 28 de agosto de 2016  |  9:05 am
Gustavo García Vélez

Nuestras aves, que ya no encuentran sustento en el Norte del Valle por la invasión de los cultivos de caña de azúcar, que arrasaron con los árboles; y por las quemas desapareció la microfauna del subsuelo, de la que se alimentaban esos pajaritos.

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Estamos comprobando por estos días que esto del cambio climático no es un cuento inventado por “terroristas ecológicos”. Oímos, diaria y nochemente, noticias de hechos meteorológicos contradictorios que se producen al mismo tiempo y con escasos kilómetros de distancia; o en un mismo sitio y con solo horas de diferencia.

Que en Manizales, por ejemplo, se ha dado una temporada de lluvias, mientras que en Armenia (casi que a tiro de escopeta) pululan los incendios forestales. O que en esta misma ciudad se produjo en esta semana que pasó un fuerte vendaval, acompañado de lluvias torrenciales, que tumbó muchos árboles, destechó casas e inundó varios barrios.

Mi padre, que se crió en “El Laurel” (entre Quimbaya y Montenegro) me hablaba de esos fenómenos, a los que calificaba de casi terroríficos y eso que en la época de su ya muy lejana niñez no se conocía siquiera la expresión “cambio climático”. Tal vez el encajonamiento del Quindío entre la cordillera Central y lo que el Instituto “Agustín Codazzi” llama serranía Santa Bárbara -límite con el Valle del Cauca- siempre ha producido allí esos fenómenos meteorológicos, que se han extremado en los últimos años.

Dijo Juan Friede en “Los Quimbayas balo la dominación española” (1963, Banco de la República, pág. 13), refiriéndose a lo que hoy es el Norte del Valle, que: “(…) Desde las orillas del Cauca, hasta aproximadamente los 1.200 metros sobre el nivel del mar, las temperaturas son altas (con un promedio mayor de 24 grados), incluso más altas que las del mismo nivel en otros sectores del valle, debido a que en este lugar se aproximan las cordilleras Central y Occidental (…)”. ¿Será por eso que en Cartago no llueve… mientras en Dosquebradas y el centro del Valle del Cauca no escampa?

Ni que decir de lo que nos cuentan los medios de comunicación de otras partes de nuestro país y que son causas y consecuencias de este despelote del clima. Por ejemplo: en la selva amazónica los nativos cobran míseros $200 mil por talar un árbol centenario, del que ni siquiera se aprovecha toda la madera. Y las toneladas de peces muertos en Cartagena por la falta de oxígeno en el mar. Y etc., etc., etc.,… mil etcéteras.

Todo esto está produciendo ya, afortunadamente, una reacción de los humanos sensibles. En Pacho (Cundinamarca) hay un sitio en el que, por años, sus propietarios casi que han domesticado colibríes y es ya tan conocido que recibe inclusive visitas de turistas extranjeros. Y en el mismo Quindío -en Calarcá- existe un hotel que entre sus ofertas turísticas tiene la del observatorio de muchas especies de aves.

Y en Cartago, Don Carlos Palau Marín, fiel y consecuente con su vocación de Maestro, nos está proponiendo a su manera (siempre sutil, discreto y elegante, hasta en sus ademanes y el tono y la modulación de su voz) que nos preocupemos más por la naturaleza. Para ello, tiene expuesta en la Casa del Virrey una hermosa muestra de fotografías de algunas aves pequeñas que todavía se ven en nuestro entorno y que arriman al comedero que él tiene para ellas en su casa. Qué hermoso este gesto de Don Carlos, quien todavía nos está enseñando, tal cual lo hiciera conmigo en el bachillerato de su colegio, el Liceo Cartago.

La invitación es, pues, a mirar su exposición de esas imágenes que él mismo captó con sus cámaras fotográficas -hobby que practica hace muchos años-, como constancia de lo que todavía tenemos y debemos conservar: nuestras aves, que ya no encuentran sustento en el Norte del Valle por la invasión de los cultivos de caña de azúcar, que arrasaron con los árboles; y por las quemas desapareció la microfauna del subsuelo, de la que se alimentaban esos pajaritos.

Y también es su constancia -en todas las acepciones de este vocablo-, que confirma su vocación de Maestro. De “enseñador”, como a mí me gusta decir. Gracias, Don Carlos, por no cansarse y -menos- “jubilarse”.

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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