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La bestia enjaulada

Publicado: Domingo, 11 de febrero de 2018  |  1:16 am
Alejandro Samper

Esta semana, en la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) de Medellín, se emitió un recatado código de vestuario para mujeres con el fin de evitar posibles abusos o acosos.

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Mi hija, de 4 años, me dejó patidifuso con algo que me dijo hace ya un tiempo. Tras recogerla en el jardín infantil y preguntarle quiénes eran sus amiguitos, quise confirmar la identidad de uno de ellos. Le dije que si Esteban era el niño negro. “¿Negro? No papá, él tenía una camiseta azul”.

Me entró una confusión de vergüenza y alegría. Vergüenza de - yo tan progresista, tan tolerante, tan de mente abierta - escucharme identificar a alguien por el color de su piel. Y alegría porque en la educación de mi hija no existen las razas sino las personas.

La anécdota la traigo a colación por los recientes hechos que cuestionan las normas de cómo nos han educado y de lo que antes era tolerable y ahora no. Situaciones que antes eran coqueteo ahora son acoso sexual; la etiqueta hoy es un manual de opresión; expresarse de alguien por el color de piel es racismo.

Esta semana, en la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) de Medellín, se emitió un recatado código de vestuario para mujeres con el fin de evitar posibles abusos o acosos. No usar minifaldas, escotes, prendas ajustadas o tacones. La norma - emitida con apremio y sin mayor análisis, como lo manifestó el rector del plantel, Julio Jairo Ceballos Sepúlveda - salió como respuesta a un video en el que un estudiante le levantaba la falda a una compañera. O sea, las reglas buscaron defender al agresor y no a la víctima.

El escándalo no se hizo esperar y voces a favor y en contra surgieron. Los que alegan que las mostronas se buscan eso, que se les insinúen, que las manoseen, que las acosen. Y los que dicen que cada quien tienen derecho a vestirse y ponerse lo que le venga en gana sin que otra persona no pueda controlar sus impulsos y la agreda u ofenda.

Lo cierto es que ambas partes tienen razón. Cada una busca proteger a esa bestia interna que todos llevamos por dentro y que llamamos moral. Y la llamo “bestia” porque así es como la veo: como una criatura enjaulada a la que contenemos con nuestros prejuicios y a la que alimentamos con nuestras debilidades y estereotipos. Ahí está el tipo que morbosea a la modelo de una revista, pero que le prohíbe a su esposa arreglarse y que si por él fuera la mandaría a la calle usando hiyab “para que no se la miren”. O la mujer que se monta en el tren #MeToo, pero vuelve mierda con sus comentarios a otras en las redes sociales y se siente mal si en la oficina no se fijaron en su nuevo y sexy look.

Y no es culpa de ninguna parte. La responsabilidad le cae a la formación que tuvimos y que parece está cambiando gracias a la conciencia que se está generando entorno a temas como el machismo, la igualdad de género o la discriminación.

Entiendo el propósito de la UPB al sacar ese código de vestimenta. Quienes lo emitieron lo hicieron con buenas intenciones, pero con los sesgos de antaño para mantener a la bestia enjaulada. En vez de educar y entender al animal moral, le ponen más barrotes para evitar que caiga en tentación. Es decir: a la bestia le gustan las tetas y el culo, pero en vez de enseñarle a controlarse y no mandar la garra para lastimar, prefieren ocultarlas. Taparlas. Censurarlas. Condenarlas.

Porque convertirlas en pecado fue, por mucho tiempo, la manera más fácil de ocultar el sexo y amarrar la bestia. Hoy, sin el temor a Dios, la controlan con los prejuicios que rondan por las redes sociales.

Reconozco que los barrotes de la jaula que contiene a mi moral son débiles. Entonces esta sale y comete imprudencias, como decir “niño negro”. Pero la esperanza para este animal está en las nuevas generaciones, como mi hija, que tienen su bestia más educada y, de paso, enseñan a la mía.

Alejandro Samper | Diario La Patria

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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