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Buscando tatarabuelos

Publicado: Domingo, 08 de octubre de 2017  |  12:09 am
Gustavo García Vélez

Claro que hay gente a la que parece que los hubieran arrancado de un palo de guayaba... o que descienden de “la hija de nadie”, porque califican como una pendejada, una perdedera de tiempo esto de buscar a los antepasados.

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Doña Lucy Murgueitio de Montoya (la primera y única mujer en llegar a la presidencia del concejo de Cartago y pionera de la conversión de la artesanía del bordado cartagüeño en empresa comercial) y el ingeniero Darío Sanín Ángel (ex gerente de nuestras Empresas Municipales y ex secretario de obras públicas del Valle del Cauca) han decidido entregar próximamente a la opinión pública las investigaciones que, por años, han hecho sobre sus ancestros.

Y he recordado sus anteriores misiones en pro de la ciudad en la que nacieron ellos y sus antepasados, para destacar que no han sido, precisamente, personas de bajo perfil que se dedican a escarbar archivos viejos. Por el contrario, entregaron a la comunidad su fuerte vocación de servicio público, destacándose entre el grueso de los habitantes de Cartago por su aporte al mejor estar de todos.

Este hecho de recordar de dónde venimos, me parece que ya es una constante y me atrevo a decir que universal. Así se puede entender la rebelión de Cataluña en España, que no es otra cosa que la confirmación del muy antiguo adagio de que “la sangre jala”. Claro que hay gente a la que parece que los hubieran arrancado de un palo de guayaba... o que descienden de “la hija de nadie”, porque califican como una pendejada, una perdedera de tiempo esto de buscar a los antepasados.

Por experiencia propia, puedo decir que sí se necesita cierta sensibilidad para esta labor, que no es solo la curiosidad intelectual de saber quiénes fueron nuestros bisabuelos y tatarabuelos (y de allí para atrás, hasta donde haya archivos), sino que obra también en nuestro espíritu una inmensa ternura por ellos una vez los encontramos entre viejos -por décadas y hasta centurias- papeles que, a no dudarlo, permanecieron vírgenes desde el mismo día en que fueron escritos esos nacimientos y esos matrimonios con, casi siempre, hermosa caligrafía.

Y digo que esto de recordar a nuestros antepasados es ya una constante universal, porque desde la caída del muro de Berlín y la desbaratada de la Unión Soviética, lo que quedó en firme fue el concepto de tribu. Díganlo sino la desaparición de Yugoeslavia y Checoeslovaquia, que parecían “pegadas con babas” y que fueron, por eso mismo, repartidas entre las diferentes etnias que las conformaron. Lo mismo que la renacida vocación autonómica de muchos grupos humanos, constituidos en repúblicas. Los casos de los kurdos, de los vascos y otras “tribus”, asentadas en varios Estados diferentes, por obra y gracia de las malas redistribuciones de sus territorios -realizadas casi siempre desde los escritorios de tecnócratas ignorantes de esas realidades centenarias- son hechos notorios que no necesitan probarse.

Esas pendejadas de que somos “ciudadanos del mundo” y que “no soy de aquí, ni soy de allá”, no son más que eso: babosadas de tontos aspirantes a consagrarse como los poetas panfletarios de la época. En América Latina se dieron, sobre todo en la década de los 70, esas manifestaciones, que ya nos producen el fastidio propio de las frases de cajón sin soporte en la realidad.

Pero volviendo a nuestros dos personajes cartagüeños (cartagüeñísimos, “pentacartagüeños”, empleando la palabra que me inventé hace años para los que lo somos no solo de nacimiento, bautizo, crianza y residencia, sino también por ancestro), hay que decir que, en ambos, se dio esa mezcla entre caucanos y paisas, como así se denominaron a los antiguos habitantes de los Estados Soberanos de Cauca y Antioquia, cuando no existían los actuales departamentos. Doña Lucy es viuda de un paisa de Jericó y prima de algunos de los Marulanda que llegaron a la vecina Pereira. Y Darío desciende de los Ángel, paisas también. El Sanín es de origen cartagüeño y así parece ser aceptado en Antioquia, porque no figuró entre los doscientos apellidos paisas  publicados -uno por semana y en página entera- por el diario El Colombiano de Medellín, hace años.

Y estoy seguro de que, en el caso de Doña Lucy como también en el de Darío, su interés no ha sido el de restregarles a sus conciudadanos sus ancestros (porque con sus actuaciones públicas no necesitan de eso para ser “gente”), sino que es su aporte a un proceso que debe continuar y ojalá con fuerza, con toda berraquera: la afirmación de nuestra propia identidad, que pareciera haberse perdido por la avalancha de foráneos que ya habitan nuestra ciudad y que no la conocen ni por el forro... y menos, por lo que ha tenido adentro, bien adentro. 

(Y... vea pues: resulta que algunos de los antepasados de nuestros dos personajes tienen relación de parentesco con otros de los míos. Esa es la posibilidad en la búsqueda de nuestros ancestros, porque se van cruzando unos con otros. Todos tenemos cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, treinta y dos trastatarabuelos uno, sesenta y cuatro trastatarabuelos dos -como así los denominan algunos genealogistas- y así sucesivamente, por lo que es apenas lógico que, en algún momento de las centenarias historias familiares, estas se encuentren.

Doña Lucy sabe por dónde. Lo que no he podido encontrar es cómo, porque no aparece el registro de nacimiento, ni el testamento de una antepasada cartagüeña mía de finales del siglo 18, que pudo haber sido bautizada en otra ciudad y morir de repente sin testar, pero que siempre -en más de veinte documentos, como los bautizos de los once hijos que tuvo en sus dos matrimonios “católicos, apostólicos y romanos”-que también figuran en el Archivo Histórico de Cartago-, al igual que su participación como madrina o testigo en otros bautizos y matrimonios, además de su registro de defunción, de los cuales conservo las respectivas constancias firmadas por la directora de esa institución, guardiana de nuestras tradiciones... porque esto es probando y sin inventarse pendejadas mentirosas- en todos aparece con sus dos apellidos y con el tratamiento de “Doña”, como se estilaba para algunas mujeres -no todas- en la época de la Colonia, cosa que desapareció cuando nos convertimos en República.

Y, hombre Darío: ni se te ocurra mencionar a Inés de Guetaira entre tus ancestros Ángel, como lo hizo una señora de Pereira, de “mucho dedo parado” y quien, sin saberlo, como “mucho chuzo” -tal cual dice una amiga mía en los casos en que se pretende descrestar- la nombra como su antepasada, lo que me produjo la carcajada propia al ver semejante caricatura. Ella, muy “pinchada” con sus ancestros, mostrando lo que, de saberlo... hubiera ocultado. Y lo difundió en folletos muy bien impresos en fino papel, repartidos profusamente y que son promoción comercial de su hacienda por “Cerritos”, convertida en hotel rural. Te lo digo yo, que tuve trastatarabuelas uno Ángel Gutiérrez, hermanas entre sí y casadas con dos hermanos Arcila Benjumea, antepasadas de mi padre, Marco Antonio García Arcila. Claro que de rama muy distinta a la de “misiá” Inés. Y “empronto” entrego también al respetable público -y hasta al inepto vulgo- mi escrito de más de treinta y cinco páginas, que he titulado “Buscando el Mitocondrio” y que es el registro muy bien documentado de ese mi octavo de ancestro cartagüeño, pero siempre vía mitocondrial, o sea, solo con base en apellidos de las madres.)

Se puede buscar en la página familysearch en internet todo el contenido del Archivo Histórico de Cartago, en su Fondo Parroquial: bautizos, matrimonios y defunciones, desde finales del siglo 17. Y sin temor de que -como dicen algunos- de pronto aparezca la “tatarapu”... o el bisabuelo cura. También los de muchos municipios de Colombia, inclusive del exterior. Hasta Gardeazábal ya se metió allí, a escarbar en sus ancestros tulueños. Así nos lo contó en uno de sus escritos que siempre me envía, por el que me enteré de que ya no lo van a “enterrar parado” en el cementerio laico de Circasia. Dizque lo negriaron, lo “irradiaron” como se dice en la masonería. Pero él, que es siempre “tan discreto”, aprovechó una invitación que le hizo una de las tantas logias pereiranas -esa proliferación de estas entidades allá es un buen tema para analizar- y con su cantaleta, leta, letal, les cantó la tabla. Lo que no sé es si, al salir, se restregó los zapatos, o esas “sandalias de cabuya”... que se  llaman alpargatas, en el tapete de la entrada.

A propósito: que bueno sería que en nuestro Archivo Histórico ofrecieran el servicio de un computador para los usuarios que quieran consultarlo en internet, porque ya es muy difícil mirar allí mismo los centenarios libros que están bajo su cuidado. Es que no todos tienen uno de esos aparatos en su casa, ni el servicio de internet; o, al venir de otra ciudad, lo requieren. Y me parece irrespetuoso sugerirles que por ahí... alquilen uno.    

Gustavo García Vélez | CiudadRegion

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.