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Capturen al periodista

Publicado: Sábado, 26 de agosto de 2017  |  10:49 pm

El mejor líder es el que más personal vincule, atrás quedaron los dirigentes barriales que sudaban la camiseta al sol y al agua, desapareció del léxico político la palabra voluntario y nació así la nueva forma de comprar votos.

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La noticia corrió como un auténtico terremoto entre el gremio periodístico: varios comunicadores habían sido detenidos por la Fiscalía General cumpliendo órdenes de captura relacionadas con irregularidades en algunos contratos con la administración del anterior Alcalde.

A partir de ese momento todo fue confusión y preguntas: ¿cuántos son?, ¿quiénes son?, ¿cuáles son los delitos? Preguntas sin respuesta o con soluciones parciales, muchas veces erradas en ese momento matinal. A la especulación se sumó una ola de solidaridad entre el gremio, un gesto natural entre colegas de cualquier profesión, pero que adquirió particulares matices cuando algunos se atrevieron a decir que la noticia debía tratarse de manera cuidadosa.

La orden, impartida desde Bogotá y cumplida por una Fiscal local, llevó a un montaje de película para la captura. Por ejemplo, dos de ellos, en pleno ejercicio de su labor en una emisora, fueron literalmente rodeados por un comando integrado por numerosos agentes de la Fiscalía. Un operativo al que apenas cabe calificar como “espectacular”, término que sin sonrojo se usa en el gremio para otras situaciones, pero que en este parecía el preludio de un nuevo show de la Justicia. Ojalá en este caso no se dé otro inhumano ejemplo de los falsos positivos judiciales que la Fiscalía ha repetido en el pasado.

Las imputaciones, que abarcan cuatro delitos –contratación sin cumplimiento de los requisitos legales, peculado por apropiación, falsedad ideológica y/o material en documento público y privado, y asociación para cometer delitos contra la administración pública– evidencian la seriedad de las acusaciones. Solo el tiempo y la labor de la Justicia podrán definir la verdad de lo que se imputa, por ahora los seis detenidos se presumen inocentes.

Pero vale la ocasión para reflexionar sobre el ejercicio periodístico en contextos tan hostiles como los presentes en una ciudad como Pereira. Quedan varios pensamientos que revolotean, en medio de conversaciones informales y en la constatación de una realidad que parece salirse de cauce.

Uno primero, de urgencia y doloroso, es la inclinación gremial para acudir al ocultamiento de la información o, por lo menos, darle tratamiento preferencial a la noticia que involucra a los colegas. ¿Es sano?, ¿pertinente?, ¿democrático? Cualquiera ajeno al gremio periodístico responderá de inmediato que no a todo lo preguntado. Pero en este caso lo humano, la amistad de años o décadas, parece imponerse a cualquier otro comportamiento y la tendencia entre muchos es a matizar, favorecer o simplemente ocultar.

Otro punto de reflexión es sobre los malos pagos a los periodistas, ya no solo los de provincia, también en Bogotá se viven épocas de desnutrida remuneración salarial y pésimas condiciones laborales, con jefes arbitrarios y acosadores. Acá, en Risaralda, el panorama ya es de llorar. De hecho, pocos ganan un salario fijo mensual. La mayoría de ellos deben rebuscarse mediante la venta de publicidad o haciendo piruetas de todo tipo. De hecho, no faltó el director de noticias que obligaba a una entidad estatal para que pagara el salario a uno de sus periodistas, mediante el chantaje abierto o solapado. Eso por no hablar de los periodistas extorsionadores de políticos o de empresarios, aquellos que cobran por cada nota hecha o, incluso, piden pagos por no hacer pública información que perjudique a los involucrados.

Este desamparo laboral es fácil demostrarlo –por ejemplo– mediante el crecimiento desmedido de las Oficinas de Comunicaciones de la Gobernación o de las Alcaldías. Un conocedor del asunto –jefe en algún momento de uno de estos despachos– asegura que hace treinta años la oficina de prensa gubernamental la constituía solo un periodista. Hoy, entre las Oficinas de Comunicaciones de la Gobernación y la correspondiente a la Alcaldía de Pereira, pueden sumar unos 80 funcionarios –la gran mayoría de ellos bajo la frágil figura del contratista, no pocas veces recomendado por un padrino político–. Por supuesto, este es el sueño de varios periodistas, seducidos por pagos que suelen ser el doble de los devengados en los medios informativos. A ello se añade la puerta giratoria entre sector público/medios de comunicación, en una dinámica que pone en duda la imparcialidad e independencia.

Por último, intranquiliza este panorama en cuanto afecta el correcto devenir del ejercicio periodístico. Malos salarios, inestabilidad laboral, ambiente político en extremo corrupto y una relativización de los valores fundantes del periodismo –de hecho, estos son objeto de burla en los foros– terminan por pintar un cuadro de absoluta pauperización del Periodismo, esa profesión que antes se proclamaba guardián de la democracia, pero que hoy para muchos es solo un escampadero o un trampolín para obtener jugosas ganancias en el corto plazo y a cualquier costo.

Por todo esto, quizá, hacer verdadero Periodismo, con independencia y apego a los valores originales de la profesión, debería ser una opción que contara con el apoyo irrestricto de la ciudadanía y financiadores desinteresados, pues lo que está en juego es el ejercicio democrático de los contrapoderes y el verdadero periodismo ha sabido ejercerlo en el pasado para iluminar así las épocas oscuras de la República, como la actual de esta Colombia que pareciera no tener rumbo fijo.

Escrito por : Tras la Cola de la Rata

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.