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Se creen dueños

Publicado: Domingo, 25 de marzo de 2018  |  9:02 am
Gustavo García Vélez

Hay que denunciar lo que está ocurriendo recientemente en nuestro país: quienes tienen bajo su custodia y archivo los documentos que contienen estas informaciones, entorpecen la investigación de los que aspiran a saber de sus antepasados.

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Los humanos tenemos 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos, 32 trastatarabuelos... y así sucesivamente, siempre doblando las cantidades. (Otros hablan de abuelo uno, abuelo dos, tres, etc. Pero si existen las palabras mencionadas no veo el porqué no se utilicen. Otra cosa es el papá del trastatarabuelo, que tendría más de seis sílabas y, por eso, les añaden los numerales 1, 2,...). Algunas personas escudriñan archivos para encontrar estos ancestros y esa es ya una profesión respetada en varios países, como Argentina y España. Se llama genealogía.

Quienes se dedican a esta actividad ayudan a interesados en saber de sus antepasados que, en realidad, no son muchos. (En Colombia existen asociaciones de estos especialistas, como en Antioquia y el sur-occidente. Don César Tamayo, de Medellín, encontró toda mi línea Vélez, desde el primero que llegó a Antioquia: Don Juan Vélez de Rivero, de Mazqüerras, en Cantabria, España). Pero la mayoría de los humanos no cree que tenga árbol genealógico... sino que tal vez los arrancaron de un palo de aguacate. O que descienden de la hija de nadie. Oyen de este tema como quien escucha llover.

El interés se ha multiplicado en los últimos diez años. En mi caso, desde que salió una información el miércoles 19, 03, 2008 en “El Espectador”, según la cual científicos europeos han comprobado que mediante el gen llamado “mitocondria” y que solamente se hereda de la madre, se puede establecer que la humanidad (7 mil millones de personas) se distribuye en 36 familias “mitocondriales”, que descienden de unas cuantas “Evas”. La explicación es esta: una vez fecundado el óvulo, el espermatozoide bota afuera su “colita”, en la que está la mitocondria del padre. En el óvulo, entonces, solo actúa la mitocondria de la madre.

Dice el artículo: “En los últimos años, los genetistas han confirmado lo que las religiones cristianas han creído por fe hace más de dos siglos: que existió una mujer de la que todos descendemos. Eva es el nombre bíblico de esa mujer. “Eva mitocondrial”, la han rebautizado los científicos y para la mayoría de ellos quedan pocas dudas de que todos los seres humanos llevan en sus células una muestra del material genético de esta mujer, que vivió en el continente africano hace aproximadamente 200.000 años y cuyos descendientes se fueron a caminar por el mundo dando origen a los distintos grupos humanos”.

“(…) Así, todos nosotros tenemos relativamente intacto un segmento genético que heredamos de nuestra madre, quien lo recibió de su madre, quien a su vez lo recibió de la suya, en una cadena sin mayores alteraciones que nos conecta a todos con los primeros homos sapiens africanos”.

El artículo menciona a diferentes empresas que ya prestan el servicio de leer el ADN mitocondrial de cualquier cliente y descubrir a cuál de esos clanes pertenece y de cual madre ancestral desciende. Cuenta que en un programa de la BBC, el campeón olímpico de remo Matthew Pinsent se enteró de que era descendiente directo de Catherine Howard, una de las siete esposas de Enrique VIII y que por sus venas corría sangre de Guillermo el Conquistador. No sé si el científico colombiano Emilio Yunes, genetista de fama internacional y fallecido el viernes pasado, alcanzó a ofrecer también estas ayudas.

Pues bien, me pareció que podía ser esta una buena excusa para investigar, escudriñar, escarbar en los archivos y encontrar a mis antepasados. (Y, quien quita, que entre ellos esté alguno de los ochenta caciques quimbayas... o un marqués de Cantabria o de Extremadura, en España, de donde llegaron los Vélez y los De la Yuste. Uno no sabe). En el Archivo Histórico de Cartago  me atendieron muy bien -hasta tinto me daban- durante todo el tiempo que duró la búsqueda de mi ancestro cartagüeño, del que hasta ese entonces solamente conocía el de mi bisabuela materna. Hoy me puedo remontar hasta 1560... con las respectivas certificaciones firmadas y selladas por la directora, doña Betty Valencia Villegas. Uno no puede inventarse pendejadas. Además, tengo formación de abogado y en derecho lo que no está probado, no existe.

Recuerdo una serie gringa de televisión de hace años -“Raíces”-, en la que su personaje central, un afro-descendiente llamado Kunta Kinte, decidió buscar en África sus antepasados. Este programa reforzó el orgullo de los integrantes de la raza negra en Estados Unidos. El próximo fin de semana -jueves y viernes santos- una cadena de televisión de nuestro país presentará no sé si un resumen o la continuación de esa telenovela.

Pero hay que denunciar lo que está ocurriendo recientemente en nuestro país: quienes tienen bajo su custodia y archivo los documentos que contienen estas informaciones, entorpecen la investigación de los que aspiran a saber de sus antepasados. Ejemplos al canto: el arzobispo de Popayán -en donde reposan archivos que se refieren a Cartago y debieran de estar en nuestra ciudad-, no contesta los requerimientos que se le hacen para conocer cómo puede accederse a ellos. Es mi caso personal, pues nunca recibí siquiera acuso de recibo a mi petición en ese sentido. No le solicité que me los enviara, sino información de los requisitos exigidos para poder leerlos y copiarlos. Y no valió la intermediación de un colega de ese prelado, muy monseñor de la Iglesia Católica también: ni a él le contestó.

Y el actual obispo de nuestra diócesis -que se presenta como presidente de la “Academia de Historia Eclesiástica”... si es que tal cosa existe- tampoco es que lo haga mal: nunca contestó una solicitud, hecha hace más de tres años, en la que le referí la pésima atención prestada en la parroquia de Obando y la muy regular custodia de los vetustos archivos de la que fuera, antes de la creación de ese municipio, la segunda parroquia en importancia de Cartago después de la del templo matriz, San Jorge (o “don” Jorge, porque lo sacaron del santoral en el Concilio Vaticano II). Esos archivos hacen parte de la historia eclesiástica de nuestra ciudad... y ni así.

Los mormones, por obra y gracia de unos inexplicables acuerdos con algunos obispos y párrocos, microfilmaron los archivos parroquiales de varios municipios del país -entre ellos los de Cartago-, pero el acceso a su página en internet ha sido bloqueado y ni siquiera a los que han llenado todos los formularios que allí aparecen les entregan la nueva clave para poder conocer esa información.

Pero “la tapa de la olla” la tienen los propios despachos parroquiales católicos. En Marinilla y Rionegro ya les dicen a los potenciales usuarios de esos archivos que en tres meses les entregan la información, cuando el tiempo máximo que se demoraron en otros (por preguntas telefónicas  mías) fue de ocho días, caso Sonsón. Ni siquiera presentando personalmente el día, mes y año precisos de bautizos y matrimonios acceden a facilitar esas certificaciones, como le sucedió a mi primo Hernán, quien aprovechó un viaje a Rionegro por asuntos de su profesión de abogado, para preguntar por nuestros tatarabuelos Anselmo García y Mateo Arango, nacidos allá.  

El acceso a estos registros no puede ser entorpecido por quienes se creen los dueños de esos archivos. Las autoridades deben tomar cartas en este asunto -por eso mismo: porque son documentos públicos- pues lo que está ocurriendo es un verdadero insulto a los usuarios. ¿O tendremos que pedirlos con derecho de petición... y hasta tutela?

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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