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Con los crespos hechos

Publicado: Domingo, 07 de enero de 2018  |  1:25 am
Gustavo García Vélez

Ortega y Gasset decía que: “El pasado no está ahí y no se ha tomado el trabajo de pasar para que lo ignoremos, sino para que lo integremos”. Diríamos que sí, siempre y cuando lo que se sepa de ese pasado sea auténtico. Pero también criticó a aquellos que son “mancos del ala futurista y con hipertrofia de antaños”.

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Alguna vez me tocó presenciar un espectáculo muy triste: una señora, de las familias más tradicionales, esculcando en la vitrina donde un médico tiene las muestras de remedios que los laboratorios les regalan a los galenos, trataba de encontrar la droga que necesitaba. Con sus dientes desportillados ya por una caries irreversible, la señora, que aún guardaba restos de una belleza que fue, hacía lo posible por mantener su dignidad. Para despedirse ofreció invitar al médico a comer mecato y tamales cartagüeños. Una manera muy original de pagar. Originalmente elegante.

Para un escritor en ciernes, esa escena está que ni pintada para narrar, con la metáfora que exigen las técnicas de la buena literatura, la alegoría de lo que ha sido Cartago en los últimos 100 años: una época de pobreza vergonzante. De pobreza material... pero también intelectual. Y para uno, que aunque no ejerce la profesión de abogado litigante, sí tiene toda la formación académica que esa disciplina requiere, las pruebas de este aserto hay que mostrarlas. En Derecho, lo que no está probado no existe.

Veamos. Aquí siempre nos han vendido el cuento de la ciudad blasonada por “mi amo” el Rey Felipe Dos. Toda la vida hemos escuchado aquello de “las doce familias selectas” enviadas por “mi otro amo”, Felipe Tres, para poblar la ciudad. Alguna señora habló una vez de “Los Cien Varones Ilustres” de Cartago y eso se ha repetido hasta la náusea, sin beneficio de inventario. De esos cuentos ha vivido esta ciudad, por varias generaciones. Y con ese placer artificial se auto-satisfacen, hasta llegar al estremecimiento, todos aquellos a quienes, en privado, tal vez les haya parecido una inconsecuencia, un insulto -y hasta un tremendo error-... haber declarado y logrado nuestra independencia de España.

¿Hasta qué punto es cierto todo eso que se presenta como la “historia oficial” de Cartago? Investigando, se llega a la conclusión de que, como en los cuentos de hadas, esas sólo han sido las leyendas de unas mentes calenturientas. Y que lo repitan los que se creen los herederos de esa “grandeza”…pues vaya y venga. Al fin y al cabo, cada cual es dueño de girar cheques “chimbos” a su propia cuenta sin fondos. Pero que lo acepten -y hasta lo escriban como prueba de verdad- aquellos que ni por un lado ni por el otro descienden de las tales “doce familias”, es ya el colmo de la desinformación y del afán por trepar en la escala social, como micos sin evolucionar, haciendo piruetas... en los árboles “genealógicos” ajenos.

El historiador Juan Friede, recientemente fallecido y considerado como uno de los mejores profesionales de esa difícil disciplina, dijo en la página 290 de su libro “Historia de la antigua ciudad de Cartago”, publicado en 1963, esto: “(…) ESCUDO DE ARMAS.- De acuerdo con lo que informa Flórez de Ocaris, Cartago recibió en 1565 un escudo de armas, compuesto de un sol y tres coronas imperiales. Campo y Rivas ofrece la misma noticia, dando los siguientes detalles: ´dióle por armas un escudo con el sol, tres coronas imperiales y sus fajas en campo encarnado`.

Lázaro María Girón, en su ´Heráldica Colombiana`, publicada en Bogotá en 1883, comunica que el escudo de armas fue concedido a la ciudad como premio por su heroica resistencia contra un ataque de los indios chocoes. Elías del Páramo, en ´Heráldica Nacional`, describe así el escudo de armas de Cartago: ´está compuesto de un sol y tres coronas imperiales. El sol en la parte alta, o jefe del escudo; y en la parte baja, tres coronas imperiales, dos de ellas en la misma línea y la otra debajo, en el centro`. Tales noticias fueron publicadas en el boletín de ´Historias y antigüedades`, volumen 26. En el mismo boletín del año 1906 se encuentra la siguiente carta, dirigida por don Elías del Páramo al doctor Pedro María Ibáñez, secretario de la Academia Colombiana de Historia: ´Tengo el gusto de remitir a usted copias de las reales cédulas por las cuales los reyes de España concedieron armas a los conquistadores Gonzalo Jiménez de Quesada y a don Jorge Robledo; a las provincias del Nuevo Reino de Granada, sus ciudades y villas; a las ciudades de Antioquia, Cali, Cartagena, Cartago, Popayán y Pasto. Todas estas cédulas se encuentran originales en el legajo #74 del archivo de la Real Academia de Historia de Madrid”.

Y dice Juan Friede: “Aprovechando mi estadía en Madrid, me preocupé de indagar en el archivo de la Real Academia sobre el escudo de Cartago. El legajo 74 al que se refiere la carta citada, no puede ser otro que el de la ´Colección Muñoz`, donde ciertamente existen acuarelas con reproducciones de escudos de armas de muchas ciudades americanas y, entre ellas, varias relativas a la actual Colombia. Sin embargo, no existe el escudo de Cartago en este volumen” (el subrayado es nuestro).

Tres años después de publicado este libro, el Concejo de Cartago aprobó, el 20 de junio de 1966, por Acuerdo #117, el “Escudo de Armas de Cartago”, tomando como base lo que se sabía por aquellas cartas que menciona Friede y diciendo que: “Por causas no establecidas con suficiente claridad, no hay en los archivos oficiales de Cartago la Cédula Real correspondiente” y que: “A falta de la Cédula Real, cuyo hallazgo parece imposible, debe echarse mano de otros medios legales para darle carácter oficial al escudo de Cartago y una forma definitiva distinta de la suiza que ha venido usándose, que armonice con la verdad histórica”.

Con razón, nuestro historiador autóctono y vernáculo, Hernando Palomino Vélez, en su obra “Historia Inédita de Cartago”, Tomo I recientemente aparecido, dice en la página 136 que buscó en archivos de muchas ciudades colombianas, que mandó cartas a España, que leyó cientos de páginas, que se gastó ocho largos años de su vida buscando la bendita “Cédula Real”…y por ninguna parte la encontró.

Juan Friede, en la página 289 de su obra citada, anota además que: “(…) La noticia aportada por Campo y Rivas de que Felipe III envió desde España doce familias selectas a poblar la ciudad, hay que tomarla con reserva, pues no indica fechas ni nombres y no era común que los reyes se preocuparan de tales iniciativas (…)”

¿Y de “Los Cien Varones Ilustres” qué nos dice la historia de Colombia? Excepto las figuras del doctor José Francisco Pereira Martínez y del Maestro Pedro Morales Pino, los otros 98 ni se asoman por esas páginas. Serían ilustres aquí, en la parroquia, pero sus actuaciones pasaron por la historia nacional “sin romperla, ni mancharla”. El Oidor Don Manuel Antonio del Campo y Rivas, quien vivió hace más de doscientos años, ha sido el más alto burócrata que hemos tenido hasta ahora. Y, a propósito, fue él quien relató con todo detalle el milagro de la aparición de La Virgen de La Pobreza en un lienzo, historia que, curiosamente, es muy parecida a la de La Virgen de Guadalupe de México, donde él vivió “luengos años” y de La Virgen de Chiquinquirá. Hasta el nombre de la indiecita favorecida con la visión mariana en Cartago (donde hoy está Pereira), es el mismo de aquella a la que se le apareció la patrona de Colombia en aquel pueblo boyacense: “Mariana Ramos”. Solo que allá... era “española”.

Ortega y Gasset decía que: “El pasado no está ahí y no se ha tomado el trabajo de pasar para que lo ignoremos, sino para que lo integremos”. Diríamos que sí, siempre y cuando lo que se sepa de ese pasado sea auténtico. Pero también criticó a aquellos que son “mancos del ala futurista y con hipertrofia de antaños”.

Como en la fracasada visita de un virrey (otro cuento, del que tampoco hay constancias escritas de “semejante noticia”), aquí nos hemos quedado casi siempre “con los crespos hechos, la peluca puesta y la casa virgen del virreal olor”. Tenemos la esperanza de que “eso” cambie. Ya soplan vientos nuevos. Y atrás se van a quedar los que se volvieron ciegos de tanto mirar atardeceres.

(Artículo publicado con el título “100 años de pobreza vergonzante” por “El Mariscal” de Cartago, edición agosto de 1990, en los 450 años de la ciudad. Hará parte del libro “¡Que venga un virrey!”, con otros cien artículos del autor, quien nació, fue bautizado, se crió y reside en Cartago. Además, puede probar ancestro cartagüeñísimo (lo ha escarbado hasta 1561) por la rama de su bisabuela materna. Tiene, pues, toda la autoridad para decir lo que dice. Como por ejemplo: que nuestra ciudad es la mamá del centro-occidente colombiano y que por eso sí fue influyente en la colonia y primeros años de la república, pero que ahora tiene que asociarse con los otros 17 municipios norteños... si quiere recuperar ese liderazgo perdido. Pasaron ya 27 años de publicado este comentario y, a pesar de la larga lista de alcaldes presos por corruptos que demuestran que las cosas no solo no han cambiado, sino que han empeorado, la esperanza continúa vigente. ¿Será que, al menos, sí se cumplirá aquí aquel otro mito, el del Ave Fénix... que renació de sus cenizas? )

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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