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100 días

Publicado: Domingo, 18 de noviembre de 2018  |  9:22 am
Gustavo Duncan

La tasa de desaprobación de Duque es la más alta de cualquier otro presidente en sus primeros 100 días de gobierno.

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Es posible incluso que los tecnócratas que comisionó para diseñar e implementar las políticas públicas de los más diversos temas de gobierno estén haciendo, a manera general, una buena tarea y en el mediano plazo comiencen a verse resultados y mejoras. Sin embargo, los resultados de las encuestas son contundentes. La tasa de desaprobación de Duque es la más alta de cualquier otro presidente en sus primeros 100 días de gobierno.

Realmente, ¿algún mandatario lo puede hacer tan mal en tan poco tiempo y hay algo de injusticia en los resultados de la encuesta? El asunto es que al presidente en sus primeros 100 días no lo miden por los resultados de su gestión sino por su capacidad de ofrecerle un rumbo al país y de convencer a la opinión de que ese rumbo es necesario pese a los costos que pueda tener y, además, que es posible de alcanzar. En eso Duque ha sido francamente deficiente, por no usar adjetivos más duros.

Casi todos los analistas coinciden en que Duque no ha logrado, o quizá no se le ha ocurrido, venderle al país el gran tema de su gobierno. El problema pareciera ser en realidad que tiene demasiados temas en mente pero no es capaz de convertirlos en un discurso concreto que nos unifique y le dé sentido al liderazgo presidencial.

No es un asunto caprichoso hacerlo, sin ese liderazgo el gobierno puede terminar siendo un montón de ruedas sueltas con resultados variopintos. Más aún, muchos de los esfuerzos de ministerios o agencias puntuales que estén bien enfocadas pueden irse al traste si el presidente no ofrece su respaldo ante la clase política y la opinión pública. Para liderar las iniciativas de sus subalternos y encauzarlas en una obra de gobierno está el presidente.

En el caso del ministro Alberto Carrasquilla se aprecia en toda su magnitud el problema de liderazgo de Duque. Ante el escándalo de los bonos del agua y la propuesta de una medida tan impopular como gravar con el IVA los alimentos de la canasta familiar, el Presidente a duras penas salió a los medios a defender a su ministro y a convencer al país de la necesidad de nuevos impuestos.

No hay excusa para Duque porque tenía suficiente margen de maniobra para defender a Carrasquilla: la suma que su ministro ganó era ridícula en comparación con lo que se perdió en manos de los políticos de los municipios, donde estuvo la verdadera corrupción de este episodio. 

También está obligado a explicar que el Estado está raspando la olla, que se necesita hacerle un juicio al gobierno anterior por dejar las finanzas en rojos y desbordar la mermelada, que no hay espacio para incrementar los impuestos a las empresas formales y que hoy como nunca Colombia necesita formalizar su economía. 

Eso solo por mencionar lo general del problema estructural de la economía. Pero sin eso la opinión no entiende cuál es el sentido y la necesidad de la reforma tributaria y/o la Ley de Financiamiento que propone el Ministerio de Hacienda. Y esa es una tarea indelegable que le corresponde al Presidente.

Quizá el problema arranque de una realidad, que Duque finalmente no es el jefe político de la bancada de gobierno y que Uribe, en últimas, es quien tiene la jefatura natural del actual mandato.

Aun así, Duque está obligado a construir un mínimo de liderazgo propio y utilizar el respaldo de Uribe ante la opinión y la clase política para dar forma a su gobierno. Le quedan 4 años menos 100 días para hacerlo.

Gustavo Duncan | El País

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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