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¿Dónde están los líderes?

Publicado: Domingo, 23 de septiembre de 2018  |  9:26 am
Gustavo García Vélez

Esto de ir en contravía de lo que deciden los tribunales -aunque sea ilegal-, no es garantía para ejercer una permanente lucha por desenmascarar entuertos. Y esa puede ser la razón para que lo que llaman “las fuerzas vivas de Cartago”... parezcan como muertas. O al menos, desaparecidas.

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A finales de la década de 1970, se produjo en Cartago un muy fuerte movimiento cívico -un verdadero terremoto-, que sacudió hasta los cimientos de la administración pública. Fue la consecuencia de la alcaldada de un advenedizo que vendió los ejidos del municipio. El famoso escándalo de los “lotes a peso” alcanzó a ser noticia nacional y hasta en el programa de humor de Hebert Castro se refirieron a ese tema en varias oportunidades.

Por esa época, siendo todavía veinteañero, yo no tenía ni idea de quiénes eran los concejales (lo mismo que hoy me sucede) y a duras penas conocía el nombre del alcalde ya nombrado. Pero esa noticia me sacó de mi indiferencia -puso a flote mi cartagüeñismo del cual, en ese entonces, todavía no sabía que tan enterradas estaban sus raíces en su pasado- y participé activamente, desde la primera reunión, en la conformación y posterior desarrollo de la que se denominó “Junta Cívica Pro Defensa de los Intereses de Cartago”, que fue liderada por dos mujeres de las de mostrar en nuestra ciudad. Y fueron los medios de comunicación locales los principales soportes, pues semanalmente difundían profusamente los boletines de prensa que expedíamos. Ese fue como mi entrenamiento para las posteriores labores en pro de mi ciudad

Las denuncias tuvieron eco en los órganos de fiscalización, tanta que la opinión pública pidió que también preguntáramos por los destinos de los dineros que se pagaban por la “estampilla pro-palacio”, que se cobraba dizque para tener con qué construir un edificio moderno para la alcaldía, que funcionaba en una vetusta edificación del Parque de Bolívar. Esas investigaciones llevaron a la cárcel al entonces tesorero del municipio. Pero todo ese esfuerzo le fue entregado después en bandeja a uno de los dos politiqueros liberales que se disputaban los votos, haciendo una lista conjunta para el concejo... mezclados con los calanchines de ese fulano. Hasta ahí llegó la culequera.

Y hace apenas una década, con la escandalosa alza del predial de hasta el 400% en muchos casos -dizque para actualizar el catastro municipal-, también la ciudadanía se rebotó y se efectuaron marchas por las calles de la ciudad, protestando por esa situación a todas luces ilegal, pues las normas en ese respecto no permitían (ni lo autorizan aún) elevar ese cobro por encima de la capacidad de pago de los usuarios. Se envió un derecho de petición -con casi 11 mil firmas- al presidente de la república y su ministro de hacienda, haciendo uso de lo consagrado en las leyes, para que ellos aplazaran por un año la vigencia de esa actualización catastral.

Pero, qué raro, ese derecho de petición lo contestó el secretario de la presidencia, otro fulano que hoy está sindicado de cometer varios delitos, muy amigo de la actual gobernadora del departamento y en ese entonces senadora, quien es todavía la madrina del alcalde que autorizó ese despojo al bolsillo de los cartagüeños quien, a propósito, también está sindicado de otros tantos torcidos. Dada esa rebelión, mi nombre apareció en una lista anónima que amenazó con la muerte a quienes participábamos de la protesta. Por ese hecho, fui convocado a un dizque consejo de seguridad, con la participación de los comandantes de la policía y del batallón, junto con los otros que figuraban en ese pasquín.

El alcalde no contestó a mi pregunta, hecha con toda firmeza, con mi más dura mirada y delante de los comandantes de las fuerzas armadas en nuestra ciudad, allí testigos: ¿cómo sabe usted que el que aparece en esa lista, sin el segundo apellido, soy yo? Porque la citación para esta reunión me la hizo por escrito usted. Y con mi nombre y primer apellido hay por lo menos otro ciudadano, muy conocido. Miró para otro lado. Mi esquema de seguridad fue el de enviarme, cada ocho días, un agente de la policía... para que le firmara una constancia (tal vez de que todavía estaba yo vivo). Y cuando me dijo alguna vez que no me encontró en mi residencia, le contesté: agente, cómprese una camándula... y rece por mí. Nunca volvió.

En mi condición de firmante de ese derecho, apelé la decisión supuestamente de la presidencia de la república (el ministro de hacienda nunca contestó) ante el Tribunal de Buga -por la categoría de los destinatarios- y, también qué raro, la decisión fue sentenciar la legalidad de que la respuesta hubiera sido de un funcionario subalterno del presidente. Me había presentado previamente ante esa dependencia y el asesor del magistrado ponente me mostró con sigilo el expediente, en el que no había todavía ni siquiera el borrador de ninguna providencia al respecto. Pero que raro, casi al otro día salió el pronunciamiento... con fecha anterior a la de mi visita. Pedí revisión ante la Corte Constitucional, pero (qué raro) lo que dijo el tribunal fue confirmado. Y qué raro, el alcalde se dio cuenta de eso... antes que el peticionario. La “mano negra” funcionó a la perfección y los medios de comunicación nos cerraron sus puertas: la mermelada oficial los untó. 

Lógicamente, esto de ir en contravía de lo que deciden los tribunales -aunque sea ilegal-, no es garantía para ejercer una permanente lucha por desenmascarar entuertos. (Por eso no litigo, esta justicia está podrida hace muchos años). Y esa puede ser la razón para que lo que llaman “las fuerzas vivas de Cartago”... parezcan como  muertas. O al menos, desaparecidas. Y si a eso se le suma la todavía injerencia del narcotráfico, las cosas se ponen del color de las hormigas. Solamente queda en Cartago una persona que sigue en la brega, sin importarle que lo puedan sacar del camino: Raúl Antonio Parra Viveros quien, con “La Hoja de Parra” que pone a circular semanalmente, dispara sus dardos, que son verdades... sin que nadie lo respalde públicamente. Y ya esos medios de comunicación también le tiraron la puerta en la cara.

Pero esta apatía obligada se repite también a nivel nacional. Dígalo sino la crisis de uno de los dos partidos que edificaron a Colombia. El liberalismo se está enfrentando a su posible desaparición de la escena política nacional, no obstante que en la semana que pasó una lista de ex ministros y militantes reconocidos decidieron, como protesta, renunciar a esa afiliación. La respuesta fue casi inmediata: se las aceptaron, despidiéndolos de manera destemplada, casi insultante. Colocaron una tela en la entrada de la sede del partido con el letrero “Hasta aquí llega el 8.000” o algo así, como si todos los renunciantes fueran -o hubieran sido- samperistas. Feo eso.

La dirección nacional no ha reconocido la crisis (no obstante la bajísima votación de su candidato a la presidencia) y no ha querido convocar a un convención nacional, que sería el comienzo para sanar al enfermo. Están prefiriendo que fallezca... por inanición ideológica. Esta sería una excelente oportunidad para un nuevo liderazgo, como por ejemplo, el del ex ministro Guillermo Rivera quien, a pesar de su en veces excesiva seriedad -o tal vez por eso mismo- podría ser la imagen del nuevo Partido Liberal Colombiano.

Coletilla 1: Por fin se acabó el tal “Desafío” por Caracol-TV y no se sabe quienes son más estúpidos: si los participantes... o los que veían ese bodrio. Lo reemplazó “Yo me llamo”, para ver el parecido de cada concursante con algún conocido cantante. Pero, aunque la voz sea igual, es eliminado si físicamente no se parece. Ridículo. Y en RCN-TV hay otro concurso, esta vez de baile... en el que brillan por su ausencia los ritmos autóctonos de Colombia: el bambuco, la cumbia, el currulao. Puro reguetón y las tales danzas urbanas. Mamón. Bueno, al menos no son apologías del crimen, como las repetidas series acerca del narcotráfico.

Coletilla 2: El vallenato solo fue aceptado por las élites en la década de 1970, aún en su tierra de origen: Valledupar. Y hoy, la llamada música popular está entrando al gusto de esas mismas clases sociales de la mano de los nuevos cantantes, como Jessi Uribe quien, con su tema “Dulce Pecado”, se oye por todas partes. Es que ya es muy distinta a los mismos sonsonetes sin melodía, ni letra ni voz, tipo Alarido Gómez, Luis Alberto Bobada, Yo ni lo oyera (Yoni Mamera) o el Chirrido Negro. Otra nueva voz y estilo es el mejicano Cristian Nodal. Es que ambos son... otra cosa, distinta del monumento al mal gusto de los traquetos pobres.

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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