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Dos anécdotas

Publicado: Domingo, 04 de febrero de 2018  |  12:12 am
Gustavo Duncan

Dos anécdotas, narradas de manera casual por sus protagonistas, dan una idea de la organización de la economía colombiana y sus repercusiones políticas.

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Dos anécdotas, narradas de manera casual por sus protagonistas, dan una idea de la organización de la economía colombiana y sus repercusiones políticas.

La primera anécdota es de un industrial de tamaño considerable que encuentra que sus productos compiten con mercancías ofrecidas a un precio menor del que él paga por la materia prima para su fabricación. No se trata de reducir los costos de producción para ser competitivos sino que a través del lavado los contrabandistas pueden ofrecer sus mercancías a pérdida. Al final de cuentas los narcos pagan la diferencia.

Junto a otros industriales, también de gran tamaño, se han acercado al gobierno para buscar una solución. La respuesta obtenida no da motivos para ser optimistas. Es posible endurecer las leyes pero desde el propio gobierno dudan que pueda haber resultados en el corto plazo debido a la corrupción en las agencias estatales, la peligrosidad de algunos actores y a la cantidad de mercancía en movimiento.

La segunda anécdota es de un sacerdote, conocido nacionalmente. En un vuelo a Europa la persona que iba al lado suyo le habló. Era muy creyente y veía en el sacerdote no solo un alivio moral sino una suerte de confesor. Le hizo entender, sin ser explícito, que traía de contrabando contenedores de China. De alguna manera pedía su absolución por las trampas que hacía al importar las mercancías o quizá era solo que no se atrevía a mentir. Pero lo verdaderamente sorprendente fue el dato que dio sobre el precio del dólar con que manejaban sus operaciones: ¡$1.800, mil por debajo del precio de mercado!

A simple vista el problema puede interpretarse como el de unos delincuentes muy peligrosos y ricos que ponen en jaque a sectores importantes de la industria y el comercio legal. Pero el asunto es mucho más complejo que eso por la cantidad de gente involucrada en la comercialización de las mercancías que financian el lavado y el contrabando y, del mismo modo, por la cantidad de gente que consume mercancías a bajos precios en esos mercados.

En el fondo, se trata de una decisión política de la sociedad en que se escoge un negocio ilegal como eje articulador del trabajo y del consumo de una parte considerable de la población en contra de la existencia de una industria y un comercio formal. 

Son formas de producción excluyentes. El resultado, además de una economía subterránea y un empleo informal disparados, es la proliferación de una clase política y de un cuerpo de funcionarios públicos que vende protección a los empresarios ilegales, pues si el Estado interviniera de acuerdo a la ley su negocio no podría funcionar. En otras palabras, que la sociedad haya optado por la informalidad tiene como costo mayor corrupción pública.

Ahora bien, el hecho que tanta gente esté involucrada tiene fuertes implicaciones en el planteamiento de una solución. La pura represión policial no es suficiente por la magnitud misma del problema. Lo que se espera de los líderes nacionales es el planteamiento de acuerdos y procesos paulatinos de transformación hacia la legalidad de todo el sector del comercio informal que se sustenta en las rentas del narcotráfico.

Es una desgracia que exista narcotráfico, pero es una desgracia peor que exista una economía anexa al narcotráfico que impide el desarrollo de sectores productivos en la legalidad que son cruciales para la modernización económica del país.

Gustavo Duncan | El País.com.co

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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