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Enredados

Publicado: Domingo, 17 de julio de 2016  |  9:14 am
Gustavo Gómez Córdoba

Nadie puede desconocer la utilidad de las redes sociales como medios de comunicación, y lo pequeño que han hecho a un mundo que ya no tiene cómo encogerse más.

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No está mal ver el mundo a través de las redes sociales. Lo que está mal es creer que el mundo cabe en las redes sociales. Es como pretender meter el Mediterráneo en una jarra de limonada. Las redes nos han brindado la posibilidad de ‘escucharnos’, aunque tal vez la frase apropiada es que las redes nos han brindado la posibilidad de insultarnos.

Una cualquiera de esas universidades gringas que se la pasan haciendo estudios inútiles debería emprender la tarea de medir la trascendencia de los mensajes en las redes. Les ahorro millones de dólares: los positivos y con algún tono constructivo, se desvanecen en minutos; los mensajes negativos, en los que se ataca o critica con dureza, son exitosos y nunca desaparecen.

Nadie puede desconocer la utilidad de las redes sociales como medios de comunicación, y lo pequeño que han hecho a un mundo que ya no tiene cómo encogerse más. Pero las redes son, además, validadoras de calumnias y exaltadoras de conductas grotescas. Una especie de inmensa cloaca cuyo pútrido aroma ya no sentimos, porque nos hemos acostumbrado bien a la fetidez.

Punto positivo es que suelen invitar a la concisión, evitando que se conviertan en exhibiciones individuales de peroratas aburridas. En ellas, hay que ir al grano, por lo general con gracia o mordacidad, herramientas valiosas en un mundo de espacios que, aunque no existen en la realidad, tienen límites muy precisos.

Pero su mayor virtud se convierte, entonces, en su talón de Aquiles. ¿O cuánta gente conoce usted que se exprese naturalmente con la agudeza propia de un aforismo? Las redes, siendo nada diferente a un segmentado reflejo de quien las usa, revelan esas carencias con parcelaciones que hacen aún más evidente la pobreza de conceptos y el recurso de la ofensa.

¿Por qué quiere la gente estar en las redes? Para existir existiendo. Para ser escuchada y tenida en cuenta. Los que gozan de algún tipo de representación (políticos, periodistas, escritores, funcionarios), para asegurarse de llegar a todos los niveles de la sociedad. Los que no cuentan con esa exhibición pública, precisamente para lograrla y descollar en el rebaño.

Unos y otros sucumben a las herramientas de las redes, que, por lo general, legitiman escenarios y posibilidades de los que desconfiaríamos en la vida real: fotos trucadas, enlaces a páginas con documentos sin respaldo, citas que no salieron de la boca de quienes se presentan como sus autores y encuestas exprés carentes de metodología.

Son divertimentos, se dirá, y todos en algún momento hemos recurrido a ellos. Sí, pero no son inofensivos, porque las redes ofrecen una posibilidad de eco en la que todo lo negativo que se dice se tiene por válido, gracias al fenómeno que describiera el repugnante Joseph Goebbels, infame ministro de propaganda de Hitler: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

Lo increíble de las redes es que logran otra aterradora proeza: una verdad que allí se repite mil veces comienza a cansar a la gente, que termina dudando de ella o incluso contradiciéndola solo por el placer de brillar con una posición disidente. Como pensaría un pez atrapado por las redes del pescador: la sin salida.

***

Ultimátum. Continúa la humanidad en el oscurantismo, sometida a quienes imponen un dios, el que sea, a punta de sangre y terror. La ciencia y la tecnología no logran disimular que seguimos siendo unas bestias recién salidas de la cueva. ¡Cuál civilización!

Gustavo Gómez Córdoba / El País

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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