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La falacia del "No"

Publicado: Domingo, 07 de agosto de 2016  |  9:14 am
Alfonso Cuéllar

No hay evidencia que ya firmado el acuerdo con las FARC, una nueva negociación lo mejore. Incluso puede ser peor el remedio que la enfermedad.

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Una de las razones de la victoria de Donald Trump en las primarias republicanas fue la percepción del electorado de que el empresario era un gran negociador. Trump -quien alimenta a diario esa versión de ser el maestro del “arte de los negocios”- renegó y reniega, de los acuerdos de libre comercio firmados por Estados Unidos con otros países.

De ser elegido presidente, Trump ha prometido renegociarlos con términos más favorables para los estadounidenses. Dice que sus antecesores asignaron negociadores mediocres y que él en el cambio, nombrará a los mejores de los mejores. Alardea que él sí será capaz de hacerse respetar y que gracias a sus poderes de persuasión y encanto, la contraparte cederá y cederá. Llámese China, México, Canadá, Japón, Corea del Sur o el país qué se le atraviese.

En el mundo de Trump, las negociaciones ocurren en un vacío, donde la coyuntura, el pasado y el contexto son detalles insignificantes. Es el mundo del suma cero: yo gano, tú pierdes. Esa filosofía sirve para juegos como parqués, no tanto para negociaciones complejas de comercio internacional. Ni tampoco para diálogos de paz con grupos armados ilegales. Esos acuerdos buscan construir -sea para abrir nuevos mercados- o eliminar un obstáculo al progreso, como la violencia terrorista.

Sólo Trump -y algunos de sus más fervientes seguidores- se creen el cuento de que podrá imponer su voluntad a otros gobiernos. Aun con un mandato popular. Así no funciona el mundo. Poco le ha servido al Reino Unido el resultado del Brexit en sus conversaciones con la Unión Europea. Sus contrapartes (Alemania, Francia) han endurecido sus posiciones. Va a ser peor el remedio que la enfermedad.

Temo que nos podría pasar lo mismo si triunfa la tesis de “Sí a la paz, votando No al plebiscito”. El sustento de esa premisa es que “otros” podrían lograr un mejor acuerdo con las FARC. Qué le han faltado “pantalones” a la delegación del gobierno. Que un “no contundente”, generaría un alud de concesiones por parte de la guerrilla. El problema con ese argumento es que no hay evidencia alguna de que eso vaya a ocurrir. La historia reciente de “otros” negociando con las FARC no es alentadora.

En 1984 se convino un cese al fuego bilateral con esa guerrilla. Los titulares de la época hablaban de paz y eso que para muchos colombianos, “Tirofijo” y sus muchachos eran unos desconocidos. Era una farsa: en su séptima conferencia en 1982 las FARC habían añadido la sigla EP -Ejército Popular-, una señal inequívoca de su decisión de combinar todas las formas de lucha. En otras palabras, el diálogo con el gobierno de Belisario Betancur era parte de una estrategia para incrementar la guerra.

En el Caguán (1999-2002) la negociación fue peor. La guerrilla aprovechó los 42.000 kilómetros cuadrados de la zona de distención para hacer y deshacer. Y la agenda común acordada entre las partes incluía temas tan trascendentales como la estructura económica y social y las fuerzas militares (dos asuntos que no están en lo anunciado en La Habana).

La administración de Álvaro Uribe tampoco se mostró muy ducha en el arte de negociar con las FARC. Alegando “razones de Estado”, liberó en 2007 a alias Rodrigo Granda -quien había sido capturado años antes en Venezuela a un gran costo-. Pensaba que con ese gesto se lograría que las FARC regresaran a Ingrid Betancourt. No la devolvieron. Y hoy Granda vive tranquilamente en La Habana como miembro de la delegación de la guerrilla.

Se ha vuelto común comparar el castigo que recibieron los paramilitares (5-8 años de cárcel) frente a lo que se propone para las FARC (5-8 años de restricción a la libertad a los principales responsables). Se omite un hecho clave: la propuesta inicial del gobierno de Uribe en el 2003 contemplaba penas alternativas a la prisión. El garrote llegaría después, gracias al Congreso y la Corte Constitucional.

En fin, es difícil negociar; más aún con asesinos y secuestradores. Cualquier concesión es inherentemente inmoral, pero necesaria si lo que se busca es que los antagonistas dejen de matar y renuncien a la violencia. Ese es el quid del asunto. Por primera vez las FARC han aceptado concentrarse, desmovilizarse y desarmarse con verificación internacional. No perdamos esa oportunidad.

La victoria del “No” en el plebiscito aplazaría indefinidamente ese desenlace. Con el riesgo de que las FARC exijan renegociar todos los otros capítulos, incluyendo la barbaridad de una Asamblea Constituyente.

Llevamos cuatro años en un limbo por las conversaciones con la guerrilla. Prolongar esa incertidumbre por unos meses bajo el supuesto de que ahora sí las FARC aceptarán todo lo que queramos es aventurado. Es tumbar las piezas del tablero. Como Trump.

Alfonso Cuéllar / Revista Semana
En Twitter: @Fonzi65

 

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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