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Fiesta de la luz

Publicado: Domingo, 03 de diciembre de 2017  |  1:16 am
Gustavo García Vélez

Lo curioso de este famoso debate es que el que perdió -o sea el italiano Tomás de Aquino- fue declarado posteriormente santo, mientras que el ganador -esto es, el inglés Juan Duns Escoto- apenas recibió el título de “Doctor Sutil”.

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El 8 de Diciembre de 1854, el Papa Pío Noveno -o Pionono, como se lo conoce popularmente- definió el dogma de la Inmaculada Concepción de María, rodeado de 54 cardenales, 42 arzobispos y 98 obispos, venidos de todo el mundo y ante una multitud de 50 mil personas, que inundó literalmente la Basílica de San Pedro, en Roma.

Con este acto, el Pontífice zanjó definitivamente, al menos dentro del catolicismo, las diferencias que se venían dando en su seno sobre tan delicado y controvertido tema, hasta el punto de que, un santo tan conocido y acatado -pues hasta Doctor de la Iglesia fue designado, como lo es Santo Tomás de Aquino- en el siglo 13 alcanzó a manifestar sus dudas al respecto. Fue vencido en ese debate teológico por Juan Duns Escoto, su tradicional adversario, quien esgrimió las 3 famosas tesis por las cuales la Iglesia Católica comenzó, desde entonces, a aceptar que la Madre de Jesús había nacido sin el pecado original, con el que el resto de los mortales todos venimos al mundo, por culpa de Misiá Eva, la mujer de Don Adán. Esas 3 plenas pruebas de Duns Escoto son las que, (1ª) si a Dios le conviene hacer algo, (2ª) lo puede hacer y, en este caso, (3ª) lo hizo: permitir que Santa Ana concibiera a su hija María de manera inmaculada.

Lo curioso de este famoso debate es que el que perdió -o sea el italiano Tomás de Aquino- fue declarado posteriormente santo, mientras que el ganador -esto es, el inglés Juan Duns Escoto- apenas recibió el título de “Doctor Sutil”.

Sin embargo, 2 siglos después, en 1439 y dentro del Concilio de Basilea, se volvió a revivir el combate al interior del catolicismo entre los defensores y los adversarios de esa inmaculada concepción de María. Se dio nuevamente en el Concilio de Trento, que sesionó desde 1545 y hasta el año de 1563. Inclusive un clérigo de apellido tan tenebroso como Juan de Torquemada, tal vez pariente de aquel que inventó la Inquisición para asar vivos a los que dudaran de la fe oficial de la Iglesia Católica, atacó la creencia de la inmaculada concepción. ¡Quien lo creyera!

Pero lo cierto es que desde mucho antes, tanto así como el siglo V, ya se celebraba en Jerusalén la fiesta de la concepción sin mancha de María, y se conocen datos históricos comprobados de que, en España, se conmemora desde el siglo VII, tal vez como consecuencia del Concilio de Letrán, que en el año 649 y bajo el pontificado de Martín I, le dijo sí a este dogma, cosa que al pueblo le encantó tanto, que salieron todos con faroles y antorchas y hubo fiesta, que se volvió una tradición. Y es por ésto, por lo que es desde hace 1.500 años un sentimiento compartido, ya que todo el mundo, inclusive el no católico, recibe con regocijo esta fecha como una FIESTA DE LA LUZ, comienzo de la navidad, en la que la Madre María da a luz a su Hijo Jesús, que es la luz.

En Cartago, todo indica que este alumbrado decembrino será uno de los mejores que se hayan visto por aquí. Yo por ejemplo, no recuerdo que a nuestra Iglesia Matriz, la de San Jorge (o de “Don” Jorge, porque en el Concilio Vaticano Segundo dizque lo bajaron del santoral), la hayan iluminado alguna vez por estas fechas, como sí lo fue hace muchos años ya la Catedral. Y, según me contó ayer el obispo, esta idea fue acogida desde septiembre de manera entusiasta y sin reservas por él mismo, teniendo en cuenta el momento de oscuridad que se vivía, con los sucesos de Estados Unidos y el proceso de paz en Colombia.

Creo que todos estamos de acuerdo en que el momento psicológico especial que vivimos todos, que es de oscuridad, es muy propicio para iniciar esta FIESTA DE LA LUZ, este alumbramiento que puede, que debe ser, el parto de una nueva esperanza.

Agradezcamos todos pues, a quienes colaboraron con la administración municipal de Cartago y con el señor obispo, para hacer realidad este alumbrado, que nos debe poner alegres, y ese es su mérito para mirar con optimismo el futuro.

Y, cómo no, perdonar a los pomposos -y pomposas- directores y gerentes de varias y muy boyantes entidades, que se rasgaron las vestiduras con el criterio populachero e hipócrita de que el costo de este alumbrado, que es un regalo para todos los 150 mil cartagüeños, debería emplearse en repartirle mercados a algunas familias, como si ellos nos hubieran dado el ejemplo durante los largos años en que han pelechado -y de qué manera- al frente de esas entidades.

Muchas otras consideraciones se podrían hacer sobre el significado de la luz, que se origina en el fuego; como por ejemplo, el mito de aquel héroe griego Prometeo, que les dio ese fuego a los humanos, sin el consentimiento de los dioses y por ello fue torturado por ellos, encadenándolo a una roca donde las águilas le devoraban las entrañas. O las creencias de la religión de los Persas, con su dualismo (maniqueísmo, dicen otros) entre la luz y la oscuridad, ambas con sus respectivos dioses. O las palabras expresadas por el poeta alemán Goethe, cuando en el momento de su muerte pidió “luz, más luz”.

Como católico creo, con el señor obispo de Cartago, que los templos marcan el sitio de las ceremonias, las novenas y las panderetas en esta época de Navidad, que es un regalo del cristianismo a todo el mundo, pues hasta los japoneses la celebran. Por eso, que bonito que desde hoy sus fachadas irradien luz.

(El anterior escrito es un resumen del que fue leído por su autor en la Emisora Ondas del Valle hace ya 16 años -el 7 de diciembre de 2001- en su espacio habitual, pero en las horas del mediodía. En ese año, hubo el mejor alumbrado que ha tenido Cartago, porque se iluminaron las fachadas de todos los templos y en el Parque de Bolívar también hubo muchas luces multicolores, colocadas con un diseño de muy buen gusto, al igual que en las plazuelas o plazoletas de Guadalupe -“Pedro Morales Pino”- y San Francisco -“Santander”-. Otras consideraciones se podrían hacer con respecto al tema de esta columna. Como por ejemplo: después de la Revolución Francesa, que se fue con toda en contra de los dogmas religiosos, apareció la reacción de las monarquías europeas destronadas por Napoleón Bonaparte, en lo que se llamó “La Santa Alianza” que recuperó, no solo los tronos, sino las creencias. En este sentido, se podría decir que el papado de Pionono -que duró 32 años- estuvo en esa línea, al establecer los dogmas de la Inmaculada Concepción y la infalibilidad del Papa, además de la publicación del “Syllabus”, o sea, la lista de las ideas y de los libros que las contenían y que él consideró deberían prohibirse. Esto último iba en contra de lo que consideraba “peligros” de la Modernidad, como el pensamiento liberal y el racionalismo; la libertad de culto, de pensamiento, de imprenta y de conciencia; la separación entre Iglesia y Estado. Es decir, el oscurantismo total en contra del Estado laico. Cosas que, hay que decirlo, alejaron más a los grupos protestantes y les dieron argumentos a energúmenos... como el anterior Procurador de Colombia, de cuyo nombre afortunadamente ya casi nadie se acuerda. )

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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