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De frente

Publicado: Lunes, 06 de noviembre de 2017  |  9:03 am
Gustavo Duncan

El país no ve a sus dirigentes y empresarios al mismo nivel de victimarios que los jefes de las Farc. La mayoría de ellos son extremadamente corruptos.

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Con la postulación de ‘Timochenko’ como candidato presidencial las Farc se van de frente, sin hacer antes escala en la justicia transicional, a competir en la democracia. Sería ingenuo pretender que el proceso con las Farc fuera a conducir a su exclusión de la vida política pero esta decisión tiene fuertes implicaciones en las posibilidades de reconciliación del país.

Participar en la competencia política en primera persona, con la garantía de mínimo diez curules en el Congreso, lanza un mensaje inequívoco: los jefes de las Farc sienten que no es necesario responder por todo el dolor causado a sus víctimas antes de ser aceptados como contrincantes legítimos para los altos cargos del estado. La victimización no fue cualquier cosa. Decenas de miles de asesinatos y secuestros, más de trescientas masacres, el reclutamiento sistemático de niños, etc., son un dossier que deja sin aliento a cualquier observador imparcial.

Para tantas víctimas esta decisión es un mensaje que el arrepentimiento dista de ser sincero. Ni siquiera fue suficiente para calmar sus ambiciones políticas y que la verdad y la reparación serán una agenda paralela a su participación activa en la vida pública. Ante esa actitud no es de extrañar el profundo rechazo que causan las Farc en muchos sectores y, de paso, los problemas de legitimidad que le generan al proceso de paz.

La lógica de haber tomado la opción de participar inmediatamente en política responde a la visión que tienen los jefes de las Farc sobre la responsabilidad de las élites y del resto de actores del conflicto. El punto es que si la dirigencia puede seguir haciendo política y los grandes empresarios pueden seguir haciendo negocios sin antes ir a la JEP, ellos sienten que pueden perfectamente hacer política en las mismas condiciones.

Desconocen dos hechos. El primero que el Estado colombiano, con todos sus defectos y fallas para administrar justicia, ha venido haciendo un proceso de verdad y reparación impresionante. En lo simbólico ha pedido perdón público por todo tipo de víctimas y en lo económico las ha reparado. Incluso fue capaz de investigar y condenar a centenares de políticos y miembros de la fuerza pública por sus vínculos con los paramilitares.

El segundo es que el Estado es una organización muy compleja en que muchas de las decisiones tomadas por algunos de sus miembros no corresponden a las directrices y a la voluntad del grueso de la clase dirigente. Mientras que prácticas como el secuestro y el reclutamiento de niños fueron avalados y promovidos por los jefes de las Farc, no puede decirse que la formación de escuadrones de la muerte o el asesinato de civiles haya sido una decisión institucional, aun suponiendo que algún presidente haya dado órdenes bajo cuerda al respecto. Son dos tipos de responsabilidades distintas, una en que en una hay una decisión deliberada sobre toda la organización y otra en lo que se cuestiona es la falta de voluntad para evitar actos repudiables.

Por eso, el país no ve a sus dirigentes y empresarios al mismo nivel de victimarios que los jefes de las Farc. La mayoría de ellos son extremadamente corruptos, eso el país lo sabe bastante bien y se refleja en la imagen desfavorable que se gastan, pero de allí a ser vistos como culpables de delitos de lesa humanidad hay mucho trecho.

Ojalá la arrogancia de las Farc no impida el ya deteriorado camino a la reconciliación.

Gustavo Duncan | El País | @gusduncan

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.