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Gran Reforma Territorial

Publicado: Domingo, 08 de abril de 2018  |  8:07 am
Gustavo García Vélez

Con buen porcentaje de regalías, cada Provincia solucionaría necesidades: un acueducto para varios municipios; un hospital provincial de tercer nivel; una universidad pública para todos sus jóvenes; maquinarias con que construir vías veredales para sacar productos del campo y estimular el turismo rural.

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Dos de mis mejores amigos, los abogados cartagüeñísimos Darío Delgado Arango (requetegodo) y Guillermo Suárez Moriones (liberal tirando a social-demócrata), me entregaron sendos recortes del mismo artículo “Bogotá, ciudad región” que, con el antetítulo Reforma Territorial, fue escrito por el ex ministro y ex alcalde de Bogotá, doctor Jaime Castro y publicado en el diario El Tiempo el pasado domingo.

No sé si tuvieron ese detalle conmigo porque esta columna aparece, los domingos de cada semana, en la página web “ciudadregion.com” (también en “cartagonoticias.com”); o porque han sido testigos de mi insistencia en el tema del ordenamiento territorial desde hace más de 30 años, pero lo cierto es que me incitaron con ese gesto a reiterar conceptos que ya he expresado, en este o en otros medios de comunicación, sobre la necesidad de cambiarle la imagen a nuestra Colombia porque, con su actual mapa político-administrativo, parece una señora sesentona y jamona, que luce un ridículo vestidito de primera comunión... de diez tallas menos.

Lo primero que hay que decir, es que la noción de ciudad-región no figura por ninguna parte en nuestra Constitución Nacional como mecanismo para unir municipios (existen Área Metropolitana, Distrito y otros) y, por lo tanto, es por ahora solo una mera denominación académica. Y que se refiere, exclusivamente, a la posibilidad de que grandes metrópolis se asocien con sus vecinos pequeños para formar una entidad administrativa que facilite la solución a problemas comunes.

En el caso de Colombia (y el ex ministro las menciona taxativamente), fuera de Bogotá ese marco normativo solo podría aplicarse a Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Cartagena y Cúcuta. Y pare de contar. Es así, porque en todas estas metrópolis prácticamente en el andén de enfrente, al terminar el área urbana en cada una de ellas, comienza otro municipio. Son los ejemplos de Medellín, con Envigado, Itagüí y Bello. O de Barranquilla, con Soledad. Y Bucaramanga y las otras dos, con los municipios de sus inmediatos entornos.

La vocación de Cartago no es hoy la de metrópoli. Su población no alcanza para ameritar esa condición. La misión -el destino manifiesto- es ejercer el liderazgo que proviene de ser la que dio origen a todos los municipios de esta parte del país, porque su otrora inmenso territorio abarcaba ese espacio geográfico, desde Zarzal a Chinchiná. Por eso la he denominado “La Mamá del centro-occidente colombiano”.

Es por lo menos una estupidez (el diccionario define a este sustantivo como torpeza, falta de inteligencia... pero también tontería), creer que nuestra ciudad puede ser el eje de una figura del tipo al que alude el columnista. ¿Cómo podríamos armar una ciudad región con Versalles, Sevilla, Caicedonia o El Cairo, cuyos cascos urbanos quedan a kilómetros de nosotros? Quien todavía crea lo contrario... oyó cantar el gallo y no supo en dónde. O le falta el dedo índice de la mano derecha -o lo tiene dañado, torcido- y por eso no puede señalar el camino correcto.

Después de examinar las condiciones propias de Bogotá -y de lamentarse porque hasta el día de hoy ha sido imposible avanzar en el tema- el doctor Castro dice que: “(...) Intereses políticos han logrado imponer su punto de vista, porque las instancias decisorias en la materia -Gobierno Nacional, Congreso y partidos- olvidaron el tema territorial (...)”. Yo agregaría que también los candidatos a la presidencia de la República. No conozco ninguna propuesta al respecto.

Y termina su sesudo comentario manifestando categóricamente que: “Corresponde al nuevo gobierno y al nuevo Congreso promover y hacer esa gran reforma territorial. ¿Tendrá que hacerla una asamblea constituyente o el pueblo mediante referendo?

Yo también termino -por hoy- reiterando la propuesta de que esa reforma debe hacerse empezando por la reaparición institucional de las antiguas Provincias. Si se trata de “construir” una nueva Colombia, el primer piso tiene que ser la suma de esas entidades territoriales, cuya aparición obligatoria -inicialmente como meras unidades administrativas dentro de los actuales departamentos-, solo necesita de un simple proyecto de ley que modifique el actual Código de Régimen Departamental.

Entregándoles un buen porcentaje de los recursos de las regalías, cada Provincia lograría solucionar sus necesidades intermunicipales, tales como un acueducto para varios municipios; hospital provincial de tercer nivel; universidad pública que albergue el futuro de los jóvenes provincianos; combos de maquinarias para construir las carreteras veredales que se necesitan para sacar los productos agropecuarios de los campos a las ciudades y estimular el turismo rural, tan de moda. Hoy, la corrupción se los roba... porque se entregan a un solo municipio.

Las Regiones vendrían después -serían el segundo piso- una vez fragüen las Provincias. Y para la aparición de Regiones bien constituidas sí se necesita una reforma constitucional, porque la actual Carta Política ordena que ellas se conformarán con dos o más departamentos, se supone que completos. Habría que agregarle: “o parte de ellos”. Hay que aceptar que los tiempos son otros y que las migraciones cambiaron (para bien) las identidades culturales y las relaciones socio-económicas dentro de cada departamento. Nuestro ejemplo es la prueba, con una capital distante... y distinta. Y con muchas más semejanzas con el Eje Cafetero. Pero pululan las mismas situaciones por toda Colombia: el Magdalena medio, el sur de Bolívar, el occidente de Norte de Santander, el Urabá antioqueño, el norte del Cauca, el sur del Chocó, el norte del Tolima, etc., etc., etc.

Con la unión entre Provincias y/o departamentos pequeños, que no son provinciables (casos Quindío, Atlántico y otros), deberían constituirse esas Regiones; siempre, pero que siempre, consultando a los ciudadanos, porque somos todos -y no solo los tecnócratas con descrestadores cursos vacacionales de dos semanas en el extranjero y, luego, detrás de un escritorio- quienes decidiríamos a cuál Provincia y a cuál Región queremos pertenecer.

Y el colofón, el broche de oro, sería convertir a las Provincias en círculos para la elección de los representantes a la Cámara. Todos los provincianos nos pondríamos de pie, incluyendo a los miles, millones que viven en esas metrópolis... buscando el futuro que no tienen en sus municipios y que regresarían a ellos, reversando la migración que los ha desocupado. Y a las Regiones, volverlas circunscripciones para la escogencia de los senadores. Esa es la participación que todos -y no solo el partido de las farc- estamos reclamando en el pos-conflicto.

Coletilla 1: Otro gran amigo, el ingeniero civil Gabriel Gómez Jaramillo, cumple muy bien con mi encargo (lo nombré “jefe de suministros”) y me facilitó la lectura de la novela “El fuego invisible”, con la que un español oriundo de la Comunidad Valenciana -Javier Sierra- se ganó el Premio Planeta a finales del año pasado. Este autor sostiene allí que hay una inspiración que reciben mentes predestinadas -básica, aunque no exclusivamente, los poetas como Lord Byron o músicos como Mozart- proveniente de una fuerza universal y que, en la mayoría de las veces, tienen grandísimas dificultades para cristalizarla, porque hay otra energía, esta vez negativa y hasta maligna, que lucha por impedir que las nuevas ideas triunfen. Yo no soy poeta ni, mucho menos, músico. Por el contrario, soy “sordo” para la poesía, si no tiene la rima de García Lorca o de los clásicos del Siglo de Oro en España, por ejemplo. Pero esa novela... me dejó pensando. ¿Será que sí? (Y, a propósito de Gabriel, vuelve a sonar su nombre como un excelente candidato a la alcaldía de Cartago. Me consta que no le falta el dedo índice de la mano derecha, el de señalar caminos... y que no es bipolar. Ni autista.)

Coletilla 2: Darío y Guillermo tienen tertulia diaria, con puyas amigables. Militan en partidos contrarios, que se enfrentaron en “Santa Bárbara”, en las goteras de Cartago, en 1862 y 1885. Perdieron los antioqueños: primero los godos; y luego liberales, con 500 muertos. Darío me dijo que su abuelo combatió en esta. Le pregunté que cuántos cachiporros se había cargado y me contestó con seriedad fingida, que es su característica -y con el bastón alzado: el que no lo conozca le come cuento y pelea con él- que su antepasado no era un matón. “Y entonces a qué fue a esa batalla... ¿a jugar tute”?, le interpelé sonriendo. Y Guillermo añadió, a las carcajadas, que seguramente la calavera que mantenía el papá de Darío en su escritorio... fue el cráneo de algún liberal muerto en ese lance. Vea pues. Este es el clima amable que tenemos que atemperar en el pos-conflicto. (Luego de esos combates, los antioqueños entraron “por las buenas” y fundaron todos los pueblos de ambas cordilleras que rodean a Cartago, cambiándole su identidad cultural. Hasta el Arango de Darío es paisa... aunque a veces como que todavía le pica).

Gustavo García Vélez | CiudadRegion

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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