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Un líder eficiente

Publicado: Domingo, 16 de octubre de 2016  |  9:09 am
Gustavo García Vélez

La noticia no me sorprende, pero sí debo decir que me extraña y me alegra que, por fin, en Bogotá sepan que existe un municipio que se llama Cartago y que produce líderes -pocos, muy pocos, hay que reconocerlo- y no solo “patrones” de la mafia criolla, o alcaldes que salen de su despacho… directamente para la “guandoca”.

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Monseñor Jairo Uribe Jaramillo ha sido escogido como uno de los 28 finalistas del premio “Mejores Líderes de Colombia”, que es una iniciativa conjunta de la revista “Semana” y la fundación “Liderazgo y Democracia”, apoyados por la empresa “Telefónica”. En  la edición de la semana que pasó aparece con los otros finalistas, entre ellos todo el combo de negociadores del gobierno en La Habana, al que cuentan como uno de los 28. La ceremonia de premiación de los 10 líderes será el 1° de noviembre.

La noticia no me sorprende -porque conozco su obra- pero sí debo decir que me extraña y me alegra que, por fin, en Bogotá sepan que existe un municipio que se llama Cartago, con casi 500 años en la historia de Colombia y que produce líderes -pocos, muy pocos, hay que reconocerlo- y no solo “patrones” de la mafia criolla, o alcaldes que salen de su despacho… directamente para la “guandoca”. (Pero en Bogotá, la Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría -todas las “ías”- siguen sin querer saber nada de estos procesos penales. Y los reos, muy orondos, “felices de la pelota”).

Conocen tan poco de nosotros, que apenas ahora reconocen la titánica labor de Monseñor Uribe Jaramillo al frente de la Corporación Diocesana Pro-Comunidad Cristiana que, en 43 años, ha construido 48 barrios y más de 27.000 viviendas y 30.000 mejoramientos de las mismas que, inclusive, trascienden las fronteras de la diócesis (cuya jurisdicción son 16 de los 18 municipios de este Norte del Valle), accediendo a programas de beneficio social en todo el departamento del Valle del Cauca y hasta en los vecinos Quindío, Risaralda y Chocó.

Durante todo este tiempo, Monseñor Jairo ha estado al frente de esta benemérita institución y, gracias a su gestión, Cartago no cuenta con tugurios de las dimensiones que tienen otras ciudades colombianas. La construcción de viviendas ha tenido también el acompañamiento por medio de programas complementarios de capacitación y promoción social. Monseñor Uribe es, pues, un gerente del carajo. Los resultados lo confirman. De la misma manera que los tres obispos que ha tenido la diócesis también lo han confirmado, en todas  las acepciones de este vocablo.

Para mí es, también, el mejor sacerdote que he conocido, porque sigue el mandato del evangelio (Lucas 11, 47-54): “Ay de vosotros, juristas, que os habéis quedado con la llave del saber: vosotros que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar (…)”. Esos que interpretan de manera complicada y dura la ley divina, que no facilitan el acceso de la gente sencilla a la sabiduría del libro, han cegado ese paso. Esos intérpretes sofisticados o rigoristas del cristianismo que, lejos de traducir al lenguaje y comprensión del pueblo el evangelio, lo convierten en una religión y moral inasequibles y odiosas.

Confieso que los dos últimos párrafos son una copia textual de lo escrito por el jesuita Rafael de Andrés. Y, ya se lo he dicho al propio Monseñor Uribe, él debería agregarle a su antefirma las letras S.J. Es que parece jesuita, es un sacerdote “polo a tierra” que, en sus homilías, establece un contacto rápido con los feligreses, por la claridad y sencillez de su lenguaje. Se nota que prepara sus homilías, lo que denota un profundo respeto por sus oyentes. Cuando siento la necesidad de asistir a misa (por alguna fecha especial de un santo de mi devoción, o la salud de un pariente o amigo, o el aniversario de mis padres, por ejemplo), busco una en la que él sea el oficiante. Y reconozco que siempre me deja pensando.

Pero él no se limita a esas ayudas espirituales sino que, como Íñigo de Loyola, sale a los barrios a llevar auxilios materiales. Sigue el mandato del fundador de la Compañía de Jesús, de quien se cuenta que en un viaje a Roma, observó a unos sacerdotes encerrados en unas celdas, castigándose con latigazos en la espalda. Les increpó: “Qué es esto, para la calle, con la gente”.

Al releer hasta aquí lo escrito, pienso que me quedó medio “ladrilludo” este comentario (como discurso de alcalde ineficaz), cosa que siempre trato de evitar. Me imagino a Monseñor diciendo: “Vea pues. Este no solo se nos volvió santurrón… sino lambón”. Porque él es así, su buen humor es ya proverbial y no sé porqué quedó haciendo malacara en la foto de “Semana”. ¿Alguna compañía desagradable entre los otros escogidos? Por eso, no quiero -ni tengo porqué- dejar pasar esta ocasión para terminar este escrito con mi talante burletero (palabra muy paisa, que no  aparece en el diccionario); o con ese tradicional humor negro que tenemos los cartagüeños en nuestro ancestro.

Porque quiero recordar que el Congreso de la República ya se le había adelantado a los promotores de esta selección, al otorgarle a Monseñor Jairo Uribe Jaramillo la condecoración “Caballero de la Democracia”. Y como en inglés esta palabra se traduce como “sir”, decidí desde ese momento llamarlo en público con toda solemnidad -venia y hasta doblada de rodilla incluidas- “Sir John Jairo”. Hasta pensé colocarle ese título a este artículo. Su ancestro paisa resiste este nombre, tan popular hasta hace unos años, cuando fue reemplazado por los Brayan, Estíven, Yonatan, Yonfredi y Richard. Y ese John, como el sir… es muy inglés.

Además, si a Rod Stuart le acaban de otorgar el mismo título, con el príncipe inglés dándole en el hombro el tradicional toque con una espada… pues creo que por aquí esa ceremonia sería pegando un planazo en la espalda con un machete de 32 pulgadas. Y recuerdo que hace muchos años un médico amigo, ya fallecido, me decía “su alteza”, por mis 1.90 metros. “Tonces”, yo sí podría ejecutar ese rito y repartir títulos de sir, a diestra y siniestra.

No tengo ya espacio para contar todas las veces en las que él, con ese mismo cariñoso trato… también se ha burlado del suscrito. Solo una y, como anécdota, para mí inolvidable. Es esta: un periódico local publicó un artículo mío de carácter histórico, acerca del terreno en donde estuvo Cartago y después fue fundada Pereira. Ese escrito ya había salido en “La Tarde” el 30 de agosto de 2013, en página entera abriendo la edición extraordinaria y de colección por los 150 años de esa ciudad, uno de cuyos ejemplares está enterrado -con libros, fotos y documentos- en el centro de la Plaza de Bolívar de Pereira, debajo de una placa que será rota dentro de 50 años. En el periódico cartagüeño salió con foto mía, medio arrodillado (no puedo estar de cuclillas) al pie de esa misma placa, porque está a ras del piso.

Nuestro personaje le dijo a un amigo común, levantándose de su escritorio y en voz alta, como para que también lo oyeran las otras personas que esperaban audiencia con él: “Ve, ole. Gustavo García Vélez arrodillado en la calle… y al pie de una alcantarilla. Qué es esto”. Sobra decir que, con tamaña “boletiada” (me cogió de destrabe, me la montó, como dicen los muchachos de hoy)… salí casi corriendo de su despacho, pero a las carcajadas.

Que Dios lo siga bendiciendo cada día y siempre, apreciado Monseñor Jairo Uribe Jaramillo. Y que su liderazgo sea el instrumento poderoso de cambio, que tanto necesitamos los cartagüeños.

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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