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La marcha del 1° de abril y la defensa de la cleptocracia

Publicado: Miércoles, 29 de marzo de 2017  |  11:58 pm
Elmer Montaña

“Lo que relumbra nació para el instante presente; pero lo auténtico no queda perdido para la posteridad”. Goethe.

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Colombia ya no es un país de cafres, es un país de corruptos y de la peor calaña. En otros países los corruptos tienen ciertos límites, al menos no alardean en público de sus punibles indelicadezas y cuando son sorprendidos tienen el decoro de mostrarse compungidos y avergonzados, aunque en el fondo les importe un bledo.

Pero los corruptos colombianos son de otra estirpe, tienen el convencimiento que apoderarse de los ajeno, sobornar, cohechar, prevaricar, son verbos blandos que cualquier persona realiza si se presenta la ocasión y que el delito paga, porque no están obligados a devolver el botín que hacen con  los dineros públicos, así tengan que someterse eventualmente a la justicia,  que en todo caso los tratará con dulzura.

En Colombia, a  diferencia de las leyes, la corrupción no discrimina por razones de raza, etnia, religión, política o ideología. Los corruptos colombianos nacen en cuna de oro, pero también en una choza humilde, los hay incultos y con una gran preparación académica, no son pocos los evangélicos, católicos, negros, blancos, indios, mestizos y rubios de ojos claros y asilados en Miami, y la mayoría superan las barreras ideológicas y políticas que los distancian como liberales, conservadores, de izquierda o de derecha, para unirse bajo la bandera de la corrupción.

Pero los corruptos también son felices, porque la justicia y la ley los protege.   Mientras en otros países cometen la salvajada imperdonable de fusilar a los funcionarios corrompidos, azotarlos, cortarles alguna extremidad o simplemente enviarlos a la cárcel para que purguen largas condenas, en Colombia los bandidos de cuello blanco tienen claro que los cortos brazos de la justicia no pueden abarcarlos a todos y que los pocos que caen debido a la mala suerte, maldita mala suerte que se anda metiendo en todo, serán sometidos a procesos plenos de garantías, beneficios y rebajas de penas, -hasta por la venida del Papa-, y luego enviados a los calabozos de sus mansiones y fincas de recreo, donde el único riesgo que corren es morir de felicidad o cirrosis.

Los corruptos también son felices porque la sociedad los trata con cariño y consideración y jamás pierden el reconocimiento social  que les otorga el pedigrí, el abolengo o los títulos académicos. Sin importar que se hayan robado o malversado la plata del agua, la salud, la educación, las vías, o hayan derrochado subsidios o entregado prebendas a cambio de votos  etc., estos delincuentes seguirán siendo para usted doctores o doctoras, ministros o  presidentes, aunque no estén en ejercicio de sus funciones.

La corrupción en Colombia se ejerce como cualquier profesión, por eso no mancha las hojas de vida, ni los antecedentes de estos “profesionales”, por el contrario los enaltece y les confiere el mérito de ser tratados con honores. Los torcidos colombianos crecen a imagen y semejanza de otros torcidos que les sirven de inspiración y ejemplo.

Los corruptos se han multiplicado de manera incontrolada, al extremo de que ya no podemos hablar de ellos en singular sino en plural, como cuando nos referimos a ciertas plagas;  nadie dice, por ejemplo tengo un piojo sino tengo piojos o tengo liendres o el perro tiene pulgas no una pulga.  Hoy se habla de hordas de corruptos que crecen y anidan en todos campos de la vida social, en tal proporción que llevan a pensar que no se hacen sino que nacen, como si el ADN de los colombianos hubiera sufrido una perversa mutación y todos estuviéramos en riesgo de procrear un infecto de corrupción.

Los corruptos ganaron la batalla sin haber disparado un solo tiro. Fue suficiente que los líderes representativos de la corrupción la defendieran con ahínco y que la justicia se mostrara temerosa, dubitativa y venal para para que el pueblo entendiera que era inútil luchar contra ellos.

Por eso resulta lógico que convoquen a una marcha donde desfilarán victoriosos, presagiando el destino del país, como ocurrió con la marcha de las antorchas que rindió honores a Hitler y anunció el triunfo del fascismo.

El 1 de abril será una fecha que quedará marcada en historia del país. Su importancia no radicará en el número de marchantes, sino en que, por primera vez,  los antivalores de la corrupción serán defendidos públicamente, ante la faz del mundo.

La posteridad que juzga a los pueblos de manera inclemente, por el comportamiento que tuvieron, dirá que fuimos complacientes con la corrupción y que permitimos que ondearan sus estandartes e intentaran cambiar la escala de valores del colectivo social, para sentar las bases de una verdadera cleptocracia, donde sea legítimo el pillaje y la impunidad no sea selectiva, como ahora, sino total y válida para todos los deshonestos.

A quienes se lanzarán a las calles con entusiasmo, tras el brillo mortecino del espectáculo montado por los más destacados representantes de la podredumbre política, hay que decirles que van tras el flautista de Hamelín, rumbo al precipicio, y no al paraíso como les prometieron.

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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