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Meriendas de la miseria

Publicado: Lunes, 14 de agosto de 2017  |  12:02 am
Alejandro Samper

Un bocado de carne -que parece masticado- con medio plátano y un trocito de yuca. Esto, más que calmar el hambre, es una patada en el estómago a estos pequeños.

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La indignación de los colombianos es tan efímera como la efervescencia de una sal de frutas. Hace un año, a finales de marzo, el país conoció las imágenes del miserable almuerzo escolar que les daban a los niños en una escuela de Aguachica, Cesar. Eran unas hilachas de pollo y un pedazo de plátano, que supuestamente hacían parte de la dieta balanceada propuesta por el Programa de Alimentación Escolar (PAE). ¡Y Colombia se rebotó!

Detrás de esto se supo que existían las mafias de la alimentación escolar y que los 1,6 billones de pesos que el Gobierno Nacional, a través del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), destinaba para garantizar la buena alimentación de los menores de edad más vulnerables, se desviaban para el bolsillo de unos contratistas. O, en el peor de los casos, apoyar políticos.

Recuerdo que se armaron campañas en las redes sociales; los noticieros y periódicos investigaron y denunciaron más casos. Recuerdo que la entonces ministra de Educación, Gina Parody, con la otrora directora del ICBF, Cristina Plazas, prometieron que una situación así no volvería a pasar. Que fueron a esas escuelas de la Costa Atlántica y otras en el resto del país, donde se reunieron con los proveedores del servicio, los profesores y las directivas del colegio con el fin de poner todo en orden. Recuerdo que a algunos responsables de semejante atrocidad quedaron en evidencia… pero pasado el tiempo, el río de la corrupción retornó a su cauce.

Ida Gina, por presiones de los cristianos más moralistas e inquisidores; e ida Cristina, por pisar callos y porque el ICBF, más que ayudar a los niños y a las familias, es un fortín político, las ratas hicieron su fiesta y regresaron las meriendas de la miseria.

Esta semana se conocieron nuevas denuncias, y las fotos de esos mal llamados alimentos dan vergüenza (las pueden ver aquí: http:bit.ly/2vFnKS8). Una galleta de soda con un trozo de papaya. Cinco gajos de mandarina, medio banano y medio vaso de leche rendido con agua. Un bocado de carne -que parece masticado- con medio plátano y un trocito de yuca. Esto, más que calmar el hambre, es una patada en el estómago a estos pequeños.

Y si no son las “nutritivas migajas”, son las demoras en los contratos. Como sucede en Caldas. Los ires y venires entre la Secretaría de Educación y la Fundación Nutrir ya son tema de cada inicio de semestre y, mientras acomodan cifras y cobertura, los niños pueden pasar semanas aguantando hambre. Paula Andrea Valencia, directora ejecutiva de Nutrir y a quien conozco de nuestros tiempos en la universidad, asegura que el compromiso con los colegios es total, pero, si saben que este rollo es de cada seis meses, ¿por qué no prever estos contratiempos? Aquí no hay corrupción, hay desidia.

Dicen que no hay pan duro, que duro es un día sin pan. Y si a eso se le suma la corrupción y la falta de planeación, a la gazuza de tener el estómago vacío se suma el desaliento que deja el pensar que esta situación no parece tener solución. También da náusea ver a esos políticos que se presentan como redentores y que usan este drama para lanzar su campaña y prometer contratos. Se vienen las elecciones y el hambre es una de las muchas terribles estrategias que existen para ganar votos.

Duro futuro el que le espera a Colombia, criando niños muertos de hambre y engordando políticos angurrientos.

Alejandro Samper | Diario La Patria

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.