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Minería ilegal: el horror

Publicado: Sábado, 31 de diciembre de 2016  |  9:30 pm
Umberto Senegal

El Sima tiene identificados 6.330 puntos donde se saca oro de aluvión. Hay 95.000 hectáreas estropeadas por tan descontrolada extracción. Chocó, 40.780 hectáreas.

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Cómo se estremecen de pavor nuestro paisaje colombiano con su flora, su fauna y todas sus próvidas manifestaciones de vida; y la poesía, la espiritualidad y belleza inherentes a ellas, perennemente magnánimas para con el ser humano en estos territorios de luminosidades y fragancias que en Hojas de hierba habrían persuadido a Whitman para ampliar su poema Salut au monde! e incluirnos, con nuestra gente y sus esperanzas: “Veo los vastos océanos/veo las cimas de las montañas, veo las sierras de los Andes,/que se extienden allá a lo lejos”.

Cómo se llenan de heridas subterráneas por efectos de la descontrolada minería ilícita, sobre la cual todavía tenemos tiempo para asumir puntos de vista críticos y acusadores, indagando y compartiendo detalles de la misma. En ocho años de gobierno uribiano, la superficie intervenida pasó de 1,13 millones a 8,53 millones de hectáreas. Las tituladas en páramos, se duplicaron.

Tal expresidente concedió los títulos, aunque una reforma al Código Minero prohibía la explotación en dichos lugares. Autorizó dadivosas exenciones tributarias a las multinacionales. Hoy por hoy, miles de dragas y retroexcavadoras depredan nuestra Colombia, en particular desde la ciénaga de Ayapel, (Córdoba) hasta el margen occidental del río Nechi, (bajo Cauca antioqueño).

El Sima tiene identificados 6.330 puntos donde se saca oro de aluvión. Hay 95.000 hectáreas estropeadas por tan descontrolada extracción. Chocó, 40.780 hectáreas. Antioquia, 35.581. Bolívar 8.629 y Córdoba 5.291. Estos lugares tienen los mayores niveles de daño. “Hay al menos otras 100.000 hectáreas impactadas en esos departamentos y otros como Nariño, Cauca, Valle, Caquetá y Guainía. Casi 200.000. Más de tres veces el desierto de La Tatacoa, el más grande del país.

Y 40.000 hectáreas más que la extensión total de Bogotá, arrasadas y seriamente deterioradas, señala Jhon Torres Martínez en su informe Nuevos desiertos avanzan detrás de la fiebre del oro (17 de diciembre de 2015). Hermano Walt, maestro de escuela y poeta perseguido, tendrías pesadillas si te dijéramos que en Colombia, en uno de los ecosistemas más variados del país, Chocó, “el suelo se ve amarillo y blanco porque las palas mecánicas, y también el mercurio y el cianuro que se usan para separar el oro de otros minerales, borran las capas superiores del suelo.

Las pozas de mercurio y cianuro se van filtrando poco a poco hacia las fuentes hídricas subterráneas, cuando no van directamente a los imponentes ríos chocoanos, impotentes ante el avance de la nueva fiebre del Dorado”. No encontrarías dónde incluir estos renglones, escritos por reporteros de un diario colombiano, quienes recorrieron seis regiones para documentarse sobre dicho tema. Imágenes captadas desde drones y helicópteros te desengañarían del género humano. Reescribirías tus cantos.

Nos regalarías las semillas espirituales de tus Hojas de hierba para sembrarlas en la tierra, el corazón, los sueños o las pesadillas de algunos hombres. Posiblemente en las memorias de especies animales y de flora asesinadas por la carencia de adecuadas normas mineras. O por la ambición de reductos guerrilleros. Por el poder de bandas criminales y todo tipo de intereses en el lucrativo negocio.

Con la potencia de sus motores de succión, absorben el lecho de los ríos llevando hasta las tolvas instaladas en los planchones, no solo el material del fondo sino succionando del suelo sus plantas, peces y ecosistemas subacuáticos esenciales para su reproducción.

Umberto Senegal | Umberto Senegal

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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