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Misas a peso

Publicado: Domingo, 03 de junio de 2018  |  9:30 am
Gustavo García Vélez

Los escaños -las bancas del templo- debieron ser llevadas al parque principal, que en ese entonces no se llamaba “De Bolívar”, para que sirvieran de banquillos de los reos, como sucedió cuando José María Córdoba ejecutó al abuelo de Isaacs, 21 años antes, en Majagual.

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Alguna vez pensé que la Catedral de Nuestra Señora del Carmen tenía un significado distinto al meramente eclesiástico. Creí que se trataba de un artístico martirologio de ladrillo, cemento y cal, que recordaba la muerte del paisa Salvador Córdoba, el hermano de José María, a manos del caucano Tomás Cipriano de Mosquera, alias “Mascachochas”.

Hacía esta relación poniendo a funcionar febrilmente la imaginación y asociando el ancestro del padre Botero por el lado paterno y su comportamiento social que, según fama, era animado por el desquite permanente. Dizque a veces primaba más en él su vocación de picapleitos... que la de dulce pastor de almas.

Estaba equivocado yo al creer que, en el mismo lugar del martirio de Salvador, se había levantado esa mole como una constancia histórica, a la manera de los obeliscos egipcios. Bobo que es uno. Queda encargado el doctor Orlandor Estrepoja Ramillo para encontrar los huesos de Salvador.

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Me cuenta mi mamá, en esta ola de anécdotas “padreboterianas” desatadas por la iconoclasia de don Jesús Ernesto Aulestia, que el padre Botero cobraba las misas. Es decir, la entrada a ellas. El que no entregara la limosna, inmisericordemente era levantado por el párroco (con un grito desde el púlpito o un empujón jupiterino) delante de toda la feligresía…y obligado a oírla de pies.

Alguna vez mi mamá no llevó la sencilla. Al abrir la escarcela -que nombre antiguo tan bello- para alistar la limosna, se dio cuenta de que sólo tenía un billete de diez pesos (diez pesos de aquella época). María Josefa que, desde que nació, está acostumbrada a ser generosa y desprendida -virtud que aprendió en la infancia y juventud salmeleña, porque todo lo que abarcaban sus ojos era de propiedad privada de mi abuelo-, se decidió por la limosna de diez pesos (además, porque Vélez no es un apellido, sino una enfermedad llamada “carácter fuerte” y un encontrón de un Vélez con un Botero no presagiaba nada bueno, sobre todo... si ambos tenían faldas).

Llegó el padre Botero con la ponchera y, al ver el billete, le relampaguearon los ojitos paisas, pero se contuvo franciscanamente y le dijo a mi mamá: “No tengo sencilla”. Ella le contestó: “No se preocupe por eso, padre. Quédese con la devuelta”. Por esa altiva reacción, él decidió entregarle inmediatamente nueve pesos y la limosna usual era de diez centavos. “Misas a peso” de aquella época... cuando todavía los lotes del municipio no se vendían “a peso”.

(Artículo publicado en el semanario “La Voz del Norte”, el sábado 21 de marzo de 1987, poco después de conocerse un escrito de don Jesús Ernesto Aulestia en el que dijo que el padre Botero no había sido el impulsor de la construcción del templo de Nuestra Señora del Carmen, sino una Junta Cívica encabezada por él, por don Jesús Ernesto. Este artículo contenía otros dos temas, que han sido eliminados para evitar más extensión con esta glosa, que precisa el primer asunto con investigaciones posteriores. Como el abogado Orlando Restrepo Jaramillo ordena escribir su nombre a la manera “nadaísta”, o sea, en minúsculas y pegado (orlandorestrepojaramillo), uno como que queda autorizado para partirlo por donde quiera. De allí el “Estrepoja Ramillo” que aparece. En 1979 ó 1980, un alcalde encargado que ni siquiera era de Cartago, con apellidos Domínguez Peña, de Buga, “vendió” los ejidos del municipio “a peso” entre los validos del cacique de turno. Eso causó una reacción cívica muy fuerte y se creó la denominada “Junta Pro-Defensa de los Intereses de Cartago”, que hizo historia. Desafortunadamente, en las elecciones siguientes, varios de sus integrantes -que no todos-, le “vendieron” ese trabajo y esa lucha a un cacique politiquero local. Lo cambiaron por un renglón en la lista para el concejo municipal, en lugar de sacar las propias. Se ha dicho que al hermano del general José María Córdoba, Salvador, lo fusilaron en lo que es conocido a nivel nacional como “El escaño de Cartago”. En las “Memorias Histórico-Políticas” del general Joaquín Posada Gutiérrez, contemporáneo de esos hechos, se menciona esta ejecución. Y en el Archivo Histórico de Cartago -Fondo Parroquial del Templo de San Jorge, Serie  Defunciones- está la relación completa de los ajusticiados, sepultados el 8 de julio de 1841 aunque la ejecución parece que fue en la tarde del día anterior. Pero no aparecen allí con sus grados -hasta allá llegó la ignominia-, lo que sí está en el libro mencionado. Fueron ellos: coronel Salvador Córdova; capitán Bibiano Robledo; Juan De la Cruz González; José María Ayala; doctor Manuel Antonio Jaramillo, cuñado de Córdoba; doctor Manuel Camacho, joven que no era militar; teniente José Antonio Castrellón. Y dice el general Posada Gutiérrez en su libro -por información recibida del coronel Ramón Espina, jefe del estado mayor del autor de la orden de ese fusilamiento, Tomás Cipriano de Mosquera, alias “Mascachochas”, presentes ambos en Cartago ese día-, que: “(…) El capitán Bibiano Robledo, descendiente del conquistador de Antioquia, fue en efecto una de las víctimas: la descarga que consumó el sacrificio pasó sobre su cabeza sin herirle; gritó ¡perdón!, y la muchedumbre que llenaba la plaza repitió conmovida el grito de ¡perdón, perdón! El oficial que mandaba la escolta, en cumplimiento de su deber, dio a los tiradores de reserva la voz de ¡fuego! y todo quedó terminado. El sacerdote que prodigaba a las víctimas los auxilios de esa religión consoladora, augusta y santa, que nos legaron nuestros padres, y que hoy es moda escarnecer y título de merecimiento vilipendiar, se desmayó, lo que hizo más conmovedor el terrible incidente (…)”. Mosquera se había encerrado en una casa, oyó el alboroto de la plaza y no hizo nada, aunque después manifestó que él hubiera perdonado a Robledo, porque era un subalterno de poca o ninguna influencia. Pero lo que no se ha dicho y el autor de este escrito encontró en el Archivo Histórico de Cartago, es que el 19 de julio -doce días después- hubo más fusilados, cuyos nombres, también sin títulos, aparecen entre las defunciones que conserva esa institución: José Ignacio Rengifo Palacios, Ignacio Ayala, de Cartagena; Marcos Samarra; José Piquimán; y Juan Bautista Galindo. El autor de este artículo sostiene que ese terrible hecho -en cumplimiento de una orden “ejemplarizante” y para meter miedo -, no pudo haber sido ejecutado en un rincón de la ciudad, como lo era -y lo es- el Templo de El Carmen, sino en plena plaza principal. La misma relación del general Posada dice que “la muchedumbre que llenaba la plaza” y que Mosquera oyó “el alboroto de la plaza”. Los escaños -o sea, las bancas del templo- debieron ser llevadas al parque principal, que en ese entonces no se llamaba todavía “De Bolívar”, para que sirvieran de banquillos de los reos, como sucedió cuando José María Córdoba hizo ejecutar al abuelo de Jorge Isaacs, 21 años antes, en Majagual. Vea pues: por eso dice el autor al comienzo de este artículo que él creía que la hoy Catedral de Nuestra Señora del Carmen de Cartago era, además, “un artístico martirologio de ladrillo, cemento y cal, que recordaba la muerte del paisa Salvador Córdoba a manos del caucano Tomás Cipriano de Mosquera, alias ´Mascachochas`”. Y a propósito: ¿dónde están los huesos de Salvador? Que pena: salió más larga esta glosa... que el artículo original de 1987.)

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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