Martes, 22 de mayo de 2018
Temas de hoy
  • Homicidio
  • Accidente de tránsito
  • Desayunos escolares
  • Redes sociales
  • Política


Nuestros municipios norteños

Publicado: Domingo, 13 de mayo de 2018  |  9:20 am
Gustavo García Vélez

¿Por qué hay municipios norteños con nombres que nada tienen que ver con nosotros? Es el caso de Obando, al que le quitaron su antiguo de San José del Naranjo. O de Ulloa, que lleva el apellido de un caleño. El Cairo, Argelia, Alcalá y Versalles también deberían cambiarlos.

Comparte

Aunque no existe ordenanza o decreto departamentales que así lo hayan determinado, tradicionalmente se ha considerado -y aceptado- que el Norte del Valle está integrado por los 18 municipios de esta parte del Valle del Cauca. Esta división tiene bases históricas, socio-económicas, culturales y hasta geográficas.

Por ejemplo: antes de la llegada de los conquistadores españoles, todo este territorio estaba habitado por la tribu indígena de los quimbayas, diferentes hasta en el dialecto a los calimas del centro. Y en la época de la colonia, del río “La Paila” hacia el norte era jurisdicción de la Real Audiencia de Santa Fe, mientras que desde allí al sur, hizo parte de la de Quito.

Con la colonización antioqueña, fueron fundados todos los municipios de ladera en las dos cordilleras, fenómeno sociológico que cambió profundamente la identidad cultural existente y las relaciones socio-económicas, porque la base fundamental de la economía -hasta hace pocos años- fue el cultivo del café en esos pueblos cordilleranos. El Cairo, Argelia, El Águila, Sevilla, Caicedonia, Versalles, El Dovio, Alcalá y Ulloa son la prueba.

Y ese arribo paisa incluyó también a los municipios del valle geográfico del río Cauca, que sienten hoy el muy fuerte influjo de esa cultura antioqueña. Tal es el caso de Cartago, Ansermanuevo, Obando, La Victoria, Toro, La Unión y Roldanillo. Aunque Zarzal y Bolívar, en plena frontera entre el norte y el centro de este departamento, mantienen aún un fuerte sentimiento del que se llamó el Cauca Grande, cuentan sin embargo con importantes presencias de los que llegaron... y siguen llegando.

Esta inmigración de gentes con costumbres -inclusive deje- diferentes, ha llevado a la clase dirigente del Valle del Cauca (“la odiosa oligarquía caleña”, como la ha denominado el escritor tulueño Álvarez Gardeazábal) a mirar siempre por encima del hombro a nuestro norte. No es gratuita la afirmación ya atávica de que este departamento solo llega hasta Tuluá. Y los conatos de creación aquí de un nuevo departamento (que se dieron cuando un nuevo gobernador ignoraba a las gentes norteñas en los nombramientos del gabinete) se repetían casi cada cuatro años. Hoy a casi nadie le interesa ya... quien calienta esa silla en la gobernación.

Ni que decir de la actividad política. Somos visitados por esos caleños solo en épocas electorales, pero lo más inexplicable -y lastimoso- es que por acá les aparecen acólitos sumisos, que tratan inútilmente de enseñarles lo que somos. A ellos nunca les hemos interesado más que como votos y a eso llegan, marcando pendejos como si fueran vacas. Y jalando de la pretina a los que muestran alguna resistencia, prometiéndoles lo que nunca cumplen.

Yo milité en el movimiento de Luis Carlos Galán, creyendo que era algo nuevo inclusive para este departamento. Precisamente, Nuevo Liberalismo se llamó esa disidencia. Pero resultó que los dirigentes eran todos del sur del Valle del Cauca, con el mismo detestable comportamiento de los de otras agrupaciones políticas. Alguna vez nos notificaron visita en época de conseguir votos y, cuando les preguntamos que a qué venían si nunca habían traducido las ideas galanistas a las realidades propias del departamento, nos citaron en una conocida fuente de soda de Cartago. “Al frente de la alcaldía” decía el mensaje... como si los cartagüeños no supiéramos en donde quedaba ese tradicional sitio de nuestras tertulias diarias.  

Y cuando los obligamos a llegar a nuestra sede, todos -comenzando por las mujeres y el comité de juventudes- les cantamos la tabla. Esa fue la causa de nuestro retiro de ese movimiento y la decisión de crear otro autóctono, nuestro, al que llamamos precisamente Nortevallecaucano, para el que promovimos un decálogo que tenía como primer punto la creación de nuestra Provincia. Decidimos “morir de pie”, dejando esa constancia y sin casar pelea pública con ellos, inscribiendo nuestras propias listas para la asamblea y el concejo de Cartago... quince días antes de las elecciones, sin tiempo ni recursos para la campaña.

Esta rebeldía es compartida por gentes de nuestra generación en todos los municipios norteños, pero en cada elección se dejan “jalar de la pretina”... y hasta allí les dura la culequera. Hace años escribí un artículo para un periódico local, que titulé “La vaca sentada” y en ese texto los invité a conformar un centro de estudios con el mismo nombre, sin estatutos, ni actas de la sesión anterior, ni nada de esas leguleyadas.

Miren el mapa de este departamento y me darán la razón de que parece una res echada: el ojo es Cartago; la oreja, Alcalá y Ulloa; Buenaventura, la pezuña; y Cali, las tetas... y “partes aledañas”. Nunca recibí respuesta positiva, pero vuelvo a proponer hoy la creación de esa institución que enarbole la bandera de nuestra propia identidad, sin distingos de partidos políticos, para que no sigan viajando a la capital del departamento... a mamar en esa lejana ubre como cansados bueyes -toros castrados- de la politiquería norteña.

Para terminar: ¿por qué hay municipios norteños con nombres que nada, pero que nada tienen qué ver con nosotros? Es el caso, por ejemplo, de Obando, al que inexplicablemente le quitaron su antiguo y hermoso de San José del Naranjo. O de Ulloa, que lleva el apellido de un caleño que tenía tierras por esos lares y, por ser íntimo amigo del general Reyes (el presidente de la república que creó el Valle del Cauca), obtuvo de él que se le recordara con el suyo.

El Cairo fue rebautizado con ese extranjero nombre por un párroco de Versalles, al que pertenecía como corregimiento. Alcalá se llamaba San Sebastián de la Balsa, o Furatena. Argelia y Versalles también deberían cambiar los suyos por otros, más auténticos... y ojalá que recuerden la herencia quimbaya. Y a Cartago lo bautizó Robledo sin el “San Jorge de” que algunos tontos desinformados le agregan.

La única relación posible del porqué se le dio el nombre de Obando a uno de nuestros municipios, es el escrito del historiador José Manuel Restrepo en su Diario el 28 de junio de 1851, hablando del asesinato del ciudadano conservador cartagüeño Juan Pinto (padre del general José Antonio quien, años después, encabezó los macheteros godos que masacraron por la espalda liberales en la última de las batallas de Santa Bárbara, en las goteras de Cartago) y su yerno Ángel Morales en Cartago, el 19 de junio de 1851. El citado denunció que: “Los conservadores dicen que el crimen se mandó a ejecutar desde Bogotá en venganza porque fue el señor Pinto quien entregó a Salvador Córdoba en 1841 a los ejércitos de Mosquera y dicen también que Obando preguntaba por qué continuaban vivos estos señores”.

Resulta que el hermano de José María Córdoba fue arrestado en una finca ubicada en “San José del Naranjo” (¿Las Arditas, que fue propiedad de los Morales?), cuando viajaba hacia Pasto a entrevistarse con su jefe, José María Obando, que encabezaba “La Guerra de los Supremos”, el primero de los enfrentamientos civiles que sufrió la naciente república. Salvador fue fusilado en Cartago... y enterrado sin reconocerle siquiera su grado de militar. Y estos actos narrados por Restrepo no merecen recordarse precisamente... en el nombre de un municipio de los nuestros.

Coletilla: Este fin de semana estará Álvarez Gardeazábal participando en la tertulia de pentacartagüeños, que cotidianamente se reúnen para “botar corriente”. El escritor es ejemplo de rebeldía con causa, porque siempre ha hecho lo que su conciencia le dicta -lo que le ha dado la gana-, sin pedirle permiso a nadie, creo que ni siquiera a sus padres. Y ha volado muy alto porque... cóndores así no nacen todos los días. Sería conveniente que los bomberos parquearan cerca un vehículo extintor, porque de seguro habrá las chispas de siempre de Juan Carlos Pérez Buitrago y no quedará títere con cabeza. Y hasta una ambulancia: tengo el temor de que Gardeazábal y Darío Delgado Arango tendrán su agarrón... para decidir quién paga la cuenta. Bienvenido a mi ciudad, Tavo.

Gustavo García Vélez | CiudadRegion.com

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

Anuncio
Anuncio