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Pacificación

Publicado: Domingo, 27 de noviembre de 2016  |  12:36 am
Gustavo Duncan

Tan poco preparado se muestra el gobierno que no existe todavía ninguna hipótesis medianamente creíble acerca de quiénes son los victimarios, cuáles son los móviles de los crímenes y hasta qué punto tienen como objetivo copar los espacios que dejen las Farc.

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Las muertes de líderes sociales, de policías y de civiles recuerdan algo que se sabía de antemano, el fin de las Farc es el paso más grande dado para finalizar el conflicto pero no es el fin definitivo. Y aunque la violencia se haya reducido a niveles desconocidos para los colombianos menores de 40 años aún hay tareas pendientes para una verdadera pacificación. La tarea se facilitará en el momento que las Farc dejen las armas porque no habrá excusas para que la Fuerza Pública despliegue toda su capacidad contra las Bacrim, el ELN y el resto de organizaciones armadas.

Lo preocupante es que hasta ahora no pareciera que desde el gobierno se esté liderando alguna iniciativa para someter a estas organizaciones. Como tampoco pareciera haber un plan concreto, sujeto a debate público, para garantizar la protección de las potenciales víctimas en la coyuntura actual. Las Farc, quienes deberían ser las más interesadas, parecieran estar más preocupadas en conformar un gobierno de transición que en exigir un plan efectivo para la protección de sus excombatientes y sus bases políticas. La costumbre de pensar en objetivos maximalistas no les deja ver lo urgente.

Tan poco preparado se muestra el gobierno que no existe todavía ninguna hipótesis medianamente creíble acerca de quiénes son los victimarios, cuáles son los móviles de los crímenes y hasta qué punto tienen como objetivo copar los espacios que dejen las Farc. El gobierno pareciera conformarse con la idea simplista que se trata de fuerzas oscuras que están en contra de la paz. Estas acusaciones, así sean útiles para propósitos políticos de corto plazo, son música para los oídos de los verdaderos asesinos porque su culpa se diluye en acusaciones genéricas.

No solo el gobierno, sino la sociedad colombiana en general, están obligados a identificar con nombre propio las fuerzas que están detrás de tantos asesinatos. Es la única manera de evitar que los crímenes continúen ocurriendo con plena impunidad.

¿Qué se sabe hasta ahora? El asesinato de policías y civiles es obra de Bacrines y del ELN. En este caso no debería haber problemas para neutralizarlos. En el corto plazo el plan obvio debería ser una ofensiva de guerra total, aprovechando la liberación de fuerzas que significa la desmovilización de las Farc, para evitar que las Bacrím y el ELN se apropien de los territorios de esta guerrilla.

En el caso de los asesinatos de líderes sociales la cuestión es más complicada. No son necesarios grandes ejércitos paramilitares para cometer estos asesinatos. Basta contratar un sicario de tantos disponibles. Por consiguiente, la cuestión no es neutralizar a quienes podrían cometer directamente los asesinatos sino persuadir a los autores intelectuales.

De la poca información recolectada se pueden deducir dos móviles recurrentes. Por un lado, los económicos y políticos. Propietarios de tierras despojadas, empresarios criminales y políticos corruptos encuentran en los líderes sociales un obstáculo para sus intereses. Por otro lado, la venganza. Es duro decirlo pero muchos de esos líderes trabajaban de la mano de la guerrilla en las regiones. Sin la protección de las Farc aparecen quienes quieren ajustar cuentas. No es una justificación de los asesinatos. Es una advertencia que el estado debe dejar claro que cualquier agravio del pasado debe resolverse mediante las instituciones pactadas en el acuerdo de paz.

Gustavo Duncan / El País / @gusduncan

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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