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Pared de diplomas

Publicado: Domingo, 02 de diciembre de 2018  |  8:23 am
Gustavo García Vélez

Hay que ver las hojas de vida con varias páginas que reparten como promoción de “viernes negro”. Esa estafa se ha elevado a los más altos estratos de la administración pública (la privada es más rigurosa). Hasta en España se dan casos de esos engaños.

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Alguna vez fui invitado por unos vecinos a visitar su casa. Nunca lo habían hecho, por lo que colegí que algo nuevo habían comprado (hay gente así) y pudo más en mí la curiosidad que el total desinterés por entablar diálogo con esa familia, cuya única conversación era: “tonces que, ole, bien o pa´qué”. No obstante se las daban, se creían lo mejorcito de la cuadra... sin exhibir por ninguna parte el porqué. Decidí entonces aceptarles esa reunión, toqué el timbre del que oí un extraño ding-dong que no figuraba en mi memoria auditiva y me abrieron su puerta con una zalamería que me pareció sospechosa. O al menos muy confianzuda.  

Entré tratando de orientarme con la distribución clásica de las casas de entonces: primero la sala, luego las  habitaciones en el ala izquierda, más allá el comedor con lavamanos anexo y al fondo la cocina. Cómo cambian las cosas: hoy la cocina y el comedor quedan juntos a la entrada, la sala a un lado y apenas dos habitaciones... donde el arquitecto calculó que cabían. Mi destino fue la sala, porque la confianza no llegaba hasta la cocina para chismosear y no era ya hora de comida. Señalaron mi sitio y yo, que siempre he sido tímido, obedecí de inmediato.

Allí comenzó mi tortura sicológica, resultado de practicar maneras diferentes a las de los anfitriones -llegados de un poblado recién fundado-, aprendidas de mi mamá, a quien a veces le brotaban hasta por los poros los modales del Cartago antiguo, heredados de su tatarabuela materna. (Mi papá no tenía ese ancestro: su padre era antioqueño y su madre caldense, nacido en Pereira y criado en el Quindío. Sin embargo, siempre practicó aquello de que “al país donde fueres... has lo que vieres” y el deje de los cartagüeños raizales -caucanos que llamaban- le parecía música celestial. Tal vez ese talante de mi mamá lo obligaba a esto. Fue militante del partido conservador, pero no godo... creo que por lo mismo: ella era liberal. Y ambos sentían desdén por las novelerías, lo que les evitó el mal gusto. Por eso nunca fueron engreídos).

Miré en dónde podía sentarme: los sillones rodeaban una descomunal mesa de centro, que era la base de un completo zoológico con enormes porcelanas. Intenté por el oriente, pero el pico puntiagudo de una garza me indicó el peligro que para mi posible descendencia podía representar el paso por allí. Por el occidente, un caballo encabritado me produjo taquicardia leve. Yendo hacia el norte, sentí las astas de un toro de lidia en mi trasero, que fue suficiente para desechar esa parte de la brújula. Decidí entonces, con resignación cristiana, quedarme en el sur, que al fin y al cabo es el sitio destinado para los que no tenemos las ostentaciones de esa familia.

Para tranquilizarme, opté por encender un humilde pielroja... pero el grito de una de las mujeres me paralizó. “Nooo, cómo se le ocurre, aquí solo fumamos ´marboro`”. Y me ofrecieron uno, con un cenicero de cristal de roca. Aparentando con mis gestos ser hombre de mundo, lo acepté y esparcí el humo por la sala, como haciendo un exorcismo de cacique arahuaco que me salvara de esa jartera, a la que me metí por pendejo. Con displicencia, miré hacia un lado y ví una biblioteca (con casi todos los libros todavía envueltos en el empaque de plástico, cual la moda de Turbay Ayala) y noté -con una sonrisa más que irónica, sarcástica- que estaban forrados de color azul furioso... que hacía juego con el de los muebles.  

Al voltear mi cabeza, noté con sospecha lo que sería el motivo de esa invitación: toda una pared cubierta con una completa batería de sus diplomas de bachiller con fotografías de la docena de hijos e hijas, que eran como el escudo de armas de esa familia. Me pregunté quiénes habrían sido los profesores de esas lumbreras porque... perdieron miserablemente su tiempo. Ninguno de estos fulanos daba pie con bola. Al preguntar cómo se llamaban, cantaron toda una retahíla, una sarta de nombres más rebuscados que los Brayan, Estíven o Yónatan de hoy.

Como para coronar sus exquisitas atenciones, me preguntaron que quería beber y contesté que un aguardientico. Y otro “cómo se le ocurre” salió de sus bocas: me ofrecieron un licor al que calificaron como “güisqui”. Con los antecedentes vistos, les pregunté si sería noruego, porque escocés no era: “ni modo, cómo se le ocurre, nosotros somos originales”. Y tenían razón: muuuyyy originales... pero no auténticos. Para variar, también me brindaron vino finlandés (¿cómo lograrían los sembrados de vid en ese frío?), brandy hindú y “coñá” brasilero. Sacando a flote mi infinita y tradicional modestia, les sugerí: “con un vaso de agua es suficiente, gracias”. Se miraron con asombros... alzando los hombros. Intentando masticar una cosa que me entregaron para despedirme y que nunca supe que manjar era -ni de dónde lo importaron-, me despedí agradeciéndoles tan agradable velada. “Aprendí mucho”... y fue verdad.

Hoy, esa moda de los diplomados se regó por todas partes y cualquier perico de los palotes también exhibe -como un trofeo- todos los que ha conseguido, en los fines de semana, dictados por unos avivatos que explotan los complejos de estos arribistas. Hay que ver las hojas de vida con varias páginas que reparten como promoción de “viernes negro”. Esa estafa se ha elevado a los altos estratos de la administración pública (la privada es más rigurosa). Hasta en España se dan casos de engaños en las verdaderas capacidades de los funcionarios públicos.

.Gustavo García Vélez | CiudadRegion

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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