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Pedro Morales Pino

Publicado: Domingo, 14 de agosto de 2016  |  9:55 am
Gustavo García Vélez

El Maestro Morales Pino no es uno de esos ídolos de barro, que a veces algunas comunidades producen para llenar los vacíos de su propia intrascendencia, de su evidente mediocridad.

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A pulso, a puro pulso y sin alcanzar nunca en vida las dignidades y la tranquilidad económica a las que tuvo todo el derecho, en razón a lo que logró con su inteligencia, señaladora y abridora de caminos, Pedro Morales Pino es el cartagüeño que más fama -de la buena- le ha dado a nuestra ciudad y, qué paradoja, ausentándose de ella, lo que confirma la sentencia de que “nadie es profeta en su tierra”.

Ignoro cuántas veces regresó a Cartago o si aquí en vida fue objeto de los homenajes y las manifestaciones de aprecio y cariño que las ciudades les rinden a sus mejores hijos. Desconozco si sus descendientes encontraron por acá el lugar adecuado y digno para los méritos del apellido al que él le dio lustre en toda la república.

Lo que sí sabemos todos es que el Maestro Pedro Morales Pino no es uno de esos ídolos de barro, que a veces algunas comunidades producen para llenar los vacíos de su propia intrascendencia, de su evidente mediocridad. Él no necesitó de apellidos rimbombantes, ni de abolengos para llegar a ser. Por eso creo que nadie le pudo preguntar de quién descendía, sino… de quién ascendía.

Yo me imagino la tremenda dificultad que en esta ciudad, que estuvo adormecida, como narcotizada con el cuento de las 13 familias nobles enviadas por un rey español dizque para darle prestigio a esta fundación; que se mantuvo por décadas y hasta centurias como apendejada, rindiéndole culto a unos valores que aquí nunca se dieron, porque jamás a nadie en Cartago le fue otorgado título de nobleza; yo me imagino, digo, la dificultad, la saliva que tuvieron que tragar para reconocerle a Morales Pino su grandeza. A él, que además era mestizo, tirando a mulato y de contera liberal, en la época de la hegemonía conservadora, que fue en la que le tocó vivir. Sufrir, diría yo.

El 4 de marzo de 1926 murió en Bogotá y su entierro fue costeado por el gobierno nacional, el mismo que le negó en vida la tranquilidad para vivir mejor y producir más y lo único que logró fue que el presidente de la República, Carlos E. Restrepo, se quitara el sombrero para saludar su cadáver, como si de ese gesto comieran sus cuatro hijos.

Estos aspectos tan íntimos y por eso tan humanos de su vida, estos “milagros”, es lo que me interesa resaltar en este comentario, porque de su obra ya los que saben más han dicho bastante, confirmando su fama nacional e internacional.

En Guatemala, de donde era su esposa Francisca Llerena, ya viudo le tocó sufrir un asolador terremoto y hay una anécdota bien simpática: tenía un loro que a las cinco de la tarde le decía “Pedro, Pedro la sopa p´al loro”. Pues el día del sismo, a cada sacudida de la tierra, el pobre loro caía al suelo y gritaba “mierda”.

El presidente de ese país era Manuel Estrada Cabrera, el mismo de la obra del premio nobel de literatura Miguel Ángel Asturias, “El señor presidente” y un cuñado de Morales Pino, de nombre Julio Llerena, fue su ministro de comunicaciones.

El Maestro fue tan popular en Bogotá como los Strauss en Viena y su vals “Ana Elisa” era de obligada ejecución en todas las bodas en la capital. Para mí su pasillo “Leonilde”, que es de su primera época, merece más las puestas de pie, un poco cursis, que algunos cartagüeños fatutos practican cuando escuchan el bambuco “Cuatro Preguntas”, obra de su tercera época en los actos públicos y debería ser el himno íntimo, que no oficial, de nuestra ciudad, porque sus notas parecen reflejar el espíritu de Cartago: lento y como meditabundo a veces, pero resuelto y “arrancador”… cuando toca. Mejor dicho: entre el murmullo y el tono altivo y fuerte.

En los meses febrero y marzo de 2013 y 2014 se celebraron los aniversarios de su nacimiento y fallecimiento en los Festivales de Música Andina Colombiana, que lograron una excelente participación de muy buenos exponentes de esa tradición musical. Desafortunadamente, el tercer festival no se pudo convocar, por imprevistos enfrentamientos entre sus iniciales promotores con un coordinador aparecido a última hora. Lástima que esta propuesta, que pretendió proyectar una imagen amable de Cartago, se haya opacado.

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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