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Postconflicto o la protección de los DD:HH y el DIH

Publicado: Domingo, 10 de julio de 2016  |  12:41 am
Carlos Alberto Bermúdez Cardona

Por tales motivos de nuevo aprovechemos la oportunidad que la historia nos da para seguir insistiendo en que no existe un acuerdo perfecto; y que el camino que resta por recorrer comenzó cuando se acordó que la espada se cambiaría por la pluma.

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Hace ya unos días terminé de leer el libro de la premio nobel de literatura 2015, Svetlana Alexiévich. - La guerra no tiene rostro de mujer - en el que, magistralmente, recoge crueles testimonios durante la segunda guerra mundial en la que participaron casi un millón, de ellas, combatiendo en las filas del Ejército Rojo.

Allí narra la forma de como aprendieron a odiar y matar; primero defendiendo su tierra y luego arrasando sin piedad la del enemigo, los nazis.

Expresa con claridad esa lucha contra sus miedos, sus pesadillas en ese sufrimiento en el campo de batalla que olía a sangre, excremento y putrefacción; para al final de cada día quedar acompañadas, en soledad, de dolor en el alma y en el cuerpo, añorando poder volver a ver un ser querido; que podría estar a metros o a cientos de kilómetros, seguramente, pasando por las mismas penas o aún peores.

Difícil para las sobrevivientes, las pocas, recordar las múltiples formas de violencia a la que estuvieron sometidas y como si fuera poco; esa eterna angustia cuando cada segundo enfrentaban con absoluta impotencia a la muerte cada día.

Muchas de ellas, aún menores de edad, exigieron ir al frente de batalla - consientes, algunas, que marchaban hacia una enorme carnicería humana – lo hacían por amor a la patria y/o en busca de venganza por sus padres, hermanos o esposos caídos o desaparecidos.

Para entenderlas, recordemos que ese régimen dictatorial de Stalin, estaba estructurado alrededor del culto a la personalidad, donde hábilmente y mediante un elaborado adoctrinamiento; el individuo y la propiedad privada no tenía cabida en ese gobierno totalitario. Un solo hombre a través de una elaborada manipulación propagandística quitaba y ponía, vidas, a su antojo.

Era una minoría, elite, que manejaba caprichosamente con canticos – himno con alto contenido ideológico que resguardaba a todos los que combatían - esa enorme masa amorfa que obedecía sin objetar absolutamente nada. Como borregos caminando al sacrificio.

Decenas de años después, la autora, recoge esos testimonios, y es allí, donde se percata que para muchas de ellas, la guerra nunca había terminado y que esas cicatrices sicológicas y físicas eran el resultado de esa enorme máquina de muerte creada por el hombre; la guerra. ¿El fin justifica los medios?

Hoy a diario, ya sin sorpresa, observamos como un sector de la población incluye todos los estratos con mayor aceptación entre los medio-alto y alto – aprovecho para sentar mi voz de protesta por aquellos que de manera despectiva acuñaron la frase: “nada es peor que ser pobre y Uribista” - insisten en reinventar, con odios personales, una guerra que con seguridad desconocen el horror de padecerla en carne propia y allí se incluye a la familia.

Contrario al sentir de millones de víctimas y desplazados y sus familias que han visto de cerca la pesadilla del conflicto armado en el país; que valientemente insisten que el camino de comienza con el sincero perdón. ¿Para qué seguir bañando con sangre de inocentes la patria? Si solo es para la satisfacción de un puñado de ególatras.

Será que algún día entenderemos que el problema no se resuelve si insistimos en solo mirar como castigamos, con saña, a los victimarios llámense las FARC, posiblemente el ELN, paramilitares y Organismos del Estado.

¿Por qué no medirlos a todos con la vara de la justicia transicional y la justicia restaurativa? ¿Por qué no hacer esa justicia en momentos tan excepcionales?

¿Qué puede pesar más en la balanza de la justicia el costo humanitario de la PAZ.

O el mal llamado costo de algún tipo de impunidad? Todos ponen y todos ganan.

Recordemos que después del 23 del pasado junio la reconciliación nacional va de la mano de la desmovilización, el desarme, y la reintegración de los grupos armados que estén interesados máxime cuando media la multimencionada Justicia Transicional; de la que hasta Uribe y su séquito se beneficiaría.

Por qué no colocamos en el lugar que se merecen las víctimas, que lo perdieron todo, y a quienes les sobreviven en grado no solo de consanguinidad como: vecinos, amigos, viudas, padres, hijos, nietos y bisnietos de un conflicto que lleva décadas.

Insistimos que hasta antes del pasado 23 de junio, no había una salida clara para terminar con el sufrimiento, el dolor de las familias de centenares de víctimas, desplazados y desaparecidos.

Conflicto que más allá de las masacres, desaparición forzada y desplazamientos; como en todas las guerras ha dejado secuelas físicas y sicológicas en la población afectada directa e indirectamente.

Por tales motivos de nuevo aprovechemos la oportunidad que la historia nos dá para seguir insistiendo en que no existe un acuerdo perfecto; y que el camino que resta por recorrer comenzó cuando se acordó que la espada se cambiaría por la pluma.

Hoy frente al tema de la dejación de las armas y la participación en política; sigue cobrando trascendental importancia la herramienta jurídica que habla de la justicia transicional y la restaurativa, como garantía para avanzar, con paso firme, hacia el postconflicto. Amanecerá y veremos.

Carlos Alberto Bermúdez Cardona

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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