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El pulso de hoy

Publicado: Domingo, 26 de agosto de 2018  |  8:36 am
Gustavo Duncan

La democracia reconoce que los líderes políticos son proclives a la ambición, la codicia y la corrupción, pero en vez de pretender reprimirlos lo que hace es crear un sistema de pesos y contrapesos que los obliga a moderarse y contenerse en sus comportamientos.

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La democracia reconoce que los líderes políticos son proclives a la ambición, la codicia y la corrupción, pero en vez de pretender reprimirlos lo que hace es crear un sistema de pesos y contrapesos que los obliga a moderarse y contenerse en sus comportamientos. Se trata, sobre todo, de evitar idealizar las virtudes de la condición humana y de buscar mecanismos de transacción que domestiquen las ansias por concentrar poder y riqueza, así como pasarse por la faja las leyes.

Sin embargo, la democracia también tiene sus defectos. Los líderes políticos pueden domesticar sus aspiraciones narcisistas por monopolizar el poder y la riqueza, pero pueden aprender a transar entre ellos para repartirse el presupuesto y los cargos del Estado sin mayor control y respeto por las leyes. 

Este ha sido uno de los grandes problemas de la democracia colombiana: ha podido evitar proyectos autoritarios al tiempo que tiene, cada vez más, graves falencias para evitar que la clase política, de todos los niveles, llegue a acuerdos que se traducen en enormes dosis de corrupción.

En ese sentido, la reciente elección del Contralor lanzó buenas señales sobre un intento por cambiar la cultura de arreglos y reparticiones de la democracia colombiana. El candidato que se pensaba era el favorito del uribismo, José Félix Lafourie, no salió electo. En su lugar fue elegido Carlos Felipe Córdoba quien, aunque era también apoyado por el uribismo, en realidad ganó el pulso por el respaldo de otros partidos como la U y Cambio Radical.

Al margen de las cualidades de los dos candidatos para el cargo en cuestión, buenas o malas como argumentaron muchos en los medios, la derrota de Lafourie muestra que el Gobierno de Duque no cedió ante las presiones de la clase política. Perdió el pulso por el nombramiento, pero ganó el pulso de la mermelada.

La lógica de lo ocurrido es simple. Los partidos de la clase política tradicional distintos al Centro Democrático están dispuestos a trabajar con el gobierno de Duque. A diferencia de los partidos de izquierda, no tienen grandes diferencias ideológicas con el nuevo Presidente y estas diferencias, si las hay, pueden ser fácilmente negociadas con fórmulas intermedias o, y he aquí el problema, mediante repartición de contratos y puestos públicos, es decir mediante mermelada.

La costumbre en estos últimos años era que se optara más por la mermelada que por negociaciones ideológicas. La consecuencia del desequilibrio fue que se desbordó la corrupción y se incrementaron los costos de las campañas porque los políticos que disponían del presupuesto, y los cargos públicos, podían hacer clientelismo y tener más chance de ser elegidos. En un círculo vicioso corrupción y clientelismo se alimentaban mutuamente.

Duque, al parecer, quiere poner freno a la mermelada para alcanzar acuerdos de gobierno con el Congreso. Lo que no tiene muy contentos a los miembros de la clase política tradicional. Por eso decidieron entrar a sabotear al Gobierno. La elección del Contralor es solo una batalla para doblegar la voluntad de no repartir mermelada.

¿Podrá Duque mantenerse firme cuando se discutan temas más sensibles como, por ejemplo, los cambios al acuerdo de paz? La ironía es que sería una buena señal que la clase política se mantuviera firme. Sería la señal de que no hubo mermelada y que el uribismo duro no pudo imponer su versión revanchista de los acuerdos.

Gustavo Duncan | El País | @gusduncan

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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