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Que siga hablando

Publicado: Domingo, 18 de febrero de 2018  |  12:09 am
Gustavo García Vélez

En mi artículo “Que hable Ortega”, publicado hace algunas semanas en esta misma página web, transcribí algunas de sus frases en obras como “La Redención de las Provincias” y “La Rebelión de las masas”. Hoy van estas otras, que dan una idea de su pensamiento... pero sobre todo de su talante.

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El libro número 226 de la Biblioteca Edaf de Madrid (1998), fue dedicado a algunos escritos del filósofo español Don José Ortega y Gasset en su colección El Espectador, publicada de 1916 a 1934 y en ocho volúmenes. Él mantuvo otra colección, “La Revista de Occidente”, que fue de consulta obligada no solo en España y Europa, sino en Latinoamérica. En 1936 se exilia en Argentina y semejante inteligencia le tiene que desocupar España al facho de Franco.

Enrique Caballero Escovar, en la columna que mantuvo en el diario “El Tiempo”, dijo hace muchos años que el presidente Eduardo Santos le encomendó la tarea de convencer a Ortega de residir en Colombia y que este, al preguntar cuál era la altura de Bogotá, contestó: “No, gracias”. Lo hubieran llevado a Medellín. Si a control remoto influyó tanto en la dirigencia liberal de las décadas de los 20, 30 y 40 del siglo XX... imaginémonos lo que se hubiera logrado con su permanencia entre nosotros.

En el prólogo, José Luis Molinuevo dice que: “(...) Quien la lea encontrará al intelectual puro que practica su doble misión: oponerse y seducir; al ensayista brillante que lleva a cabo la tarea de su tiempo: salvar la circunstancia; al catedrático de “metafísica” que no necesita mencionarla a cada paso para reclamar una vergonzante y postiza solidez sistemática a su pensamiento; al filósofo, en suma, para quien la vida y la filosofía misma son un género literario, es decir, textos vitales (...)”.

Precisamente, por esa actitud de Ortega de no estar pontificando como filósofo (tipo Kant y los demás, especialmente alemanes) y recurrir a los medios de comunicación de su época para exponer su pensamiento -antes que ordenarlo en cansones mamotretos-, tal vez fue por la que el colombiano Rafael Gutiérrez Girardot lo trató, muy injustamente, de “casi filósofo y casi sociólogo”. En todo el mundo, al contrario, Ortega y Gasset es reconocido por su tesis de “Yo soy yo, pero también mis circunstancias”, queriendo decir con esta definición suya del eterno “yo”, buscado por todos los filósofos en todos los tiempos, que estamos incompletos si no incluimos a nuestro entorno, a nuestra circunstancia, en la realidad total que nos describe y define a cada uno.

España atravesaba una profunda crisis en esa época. Y dice el prologuista mencionado que: “Ortega no ha abandonado su proyecto de formación de la opinión pública. Pero, así como antes se ha dirigido en los manifiestos políticos a su generación, como levadura de ilustración, ahora, sin abandonarlos, quiere dirigirse a esa otra juventud de provincias, inquieta en medio del adocenamiento y que no se resigna a una existencia vegetativa (...)”. Y, efectivamente, Ortega también es reconocido en su patria como el intelectual que más contribuyó a formar esa opinión pública, claro que con todo el rigor alemán aprendido allá cuando estaba culminando sus estudios. Y fue una tarea nada fácil, dada la tradicional superficialidad de los españoles.

En Madrid está la sede de la fundación que lleva su nombre y guarda la memoria de sus enseñanzas; y existe un premio internacional de periodismo (no para comentaristas públicos, columnistas, otra rama de la comunicación social, parecida pero diferente) que también lo recuerda a él, un escritor de exquisito manejo de nuestro idioma, con la ironía fina que siempre lo caracterizó y por eso, creo yo, es tan fácil de leer y entender, todo lo contrario a sus colegas filósofos. Por eso no comprendo el porqué en mi bachillerato nunca me lo dieron a conocer y solo lo leí en la universidad. Alguna vez iré a la Fundación Ortega y Gasset... y me quitaré el sombrero.

En mi artículo “Que hable Ortega”, publicado hace algunas semanas en esta misma página web, transcribí algunas de sus frases en obras como “La Redención de las Provincias” y “La Rebelión de las masas”. Quiero ahora extractar de la edición arriba mencionada estas otras, que dan una idea del pensamiento de nuestro filósofo castizo... pero sobre todo de su talante. Son estas:

“(...) Yo pertenezco modestamente a ese gremio de los incautos descifradores de enigmas, cuyos máximos representantes han sido siempre los cuadradores del círculo y los cazadores de esfinges (...)”. Volver cuadrado un círculo es una labor referida a las cosas que son imposibles... como también atrapar fantasmas. A la “perdedera de tiempo”, como definen los “prácticos” la faena de búsqueda de la verdad, en la que están inmersos todos los auténticos intelectuales.

Y esta otra: “(...) Basta que una minoría resuelta se haga dueña del poder público para poder afirmar que la vida política en ese país atraviesa una etapa de gravísima anormalidad (...) No hay salud política cuando el Gobierno no gobierna con la adhesión activa de las mayorías sociales. Tal vez por esto la política me parece siempre una faena de segunda clase (...)”. Ortega había hecho política electoral y alcanzó a ser elegido como miembro del parlamento español, pero renunció a esa actividad como consecuencia de lo que realmente pensaba de ella, que se siente en esta frase.

“(...) La democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y en las costumbres es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad (...)”. Es el criterio de una persona que no olvida las enseñanzas de sus mayores, hasta en cosas que para otros parecen baladíes, como las buenas maneras, la cortesía. La patanería y la vulgaridad se han apoderado de las costumbres, en aras de una supuesta democracia. Hasta el arte se ha vuelto a veces panfletario, al servicio de causas tildadas de democráticas.

Esta otra frase hay que leerla con cuidado, masticando y hasta digiriendo cada palabra, para encontrarle su real y valedero significado: “(...) Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo (...)”. Que todos somos iguales ante la ley es para nosotros un dogma que no se negocia, pero hay algunos que además quieren ser tratados con privilegios. Por eso me parece que, en la Constitución de 1991, a este país lo volvieron una suma de ghettos: que ley para cada una de las tribus indígenas; que ley para los afro descendientes, que ya le suman a su definición otras palabras, como una cantaleta (palenqueros, raizales... y demás yerbas); que ley para los que tienen gustos sexuales nada ortodoxos -aunque ya científicamente aceptados- pero los quieren exhibir como un reto (el l.g.b.t.i. ya casi acaba con el alfabeto, creo que le añadieron otra letra; y la “i”... no sé si significa incestuosos o impotentes).

Habría que pensar si falta una ley para los que tienen los ojos de color gris acerado, como mi tía Marcelina... y para los que medimos 1.90. Y esa irreverencia -casi insolencia- con la que algunos tratan a los mayores -muchas veces mejores, en todo sentido- no es más que un grotesco plebeyismo. Mi papá decía que ese “hola” con el que algunos lo saludaban... no era un trato adecuado. (El “tan igualado” que decían las abuelas, refleja este criterio de Ortega y Gasset). Democracia sí, claro. Pero... ¿no tanta?  

Para terminar esta otra, que es como una estocada hasta la empuñadura, con premio de dos orejas y rabo: “(...) Ahora, por lo visto, vuelven muchos hombres a sentir nostalgia del rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aún de ovejas. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída. Por eso, en muchos pueblos de Europa andan buscando un pastor y un mastín  (...) El odio al liberalismo no procede de otra fuente. Porque el liberalismo, antes que una cuestión de más o menos en política, es una idea radical sobre la vida: es creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino (...)”. Esos partidos políticos con “patrón” nos causan asco a quienes tenemos este talante liberal, porque parecen dirigidos por un mastín, un perro rabioso; y sus militantes no pasan de ser unas pobres ovejas. Eso eran las agrupaciones fachistas en Europa, con Mussolini y Hitler a la cabeza.

Y el “calumnien, calumnien, que de la calumnia algo queda”, lema de Hitler en su libro, lo siguen usando hoy los fachos criollos en las tales redes sociales que, a propósito, tienen también como mansas, obedientes y tontas ovejas... a las celu-bobas, esas adictas maniáticas de esos buenos inventos, pero que estas no solo usan, sino que abusan de ellos, desprestigiándolos.

Gustavo García Vélez | CiudadRegion

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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