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Reguetón: pura basura

Publicado: Sábado, 21 de octubre de 2017  |  11:48 pm
Gustavo García Vélez

Hay un bambuco, del que me acordé para este escrito y que en una de sus estrofas dice: “Cuando oigo a un güevón cantando / de eso que llaman moderno / siento que me están mentando / la que aquí nombrar no puedo”.

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Con una verdadera andanada -como una carga de profundidad que un buque de guerra lanza contra un submarino- se dejaron venir en los últimos días los cantantes de música colombiana Totó “La Mompoxina” y Carlos Vives (y también Oñate, el vallenato) en contra de lo que se conoce como “reguetón”.

La crítica (con la que estoy en un todo de acuerdo) es la consecuencia lógica no solo de los excesos en que han incurrido los que están dedicados a ese ritmo, cuyas música y letra son de una estupidez que mueve a la caricatura. Hace algunos meses, un ciudadano español de casi noventa años difundió un video realizado por él, en el que “enseña” como fabricar un reguetón: en una organeta marcó dos o tres compases elementales -sonsonetes llaman a eso- y en un  tablero escribió varias columnas de palabras escogidas al azar, que iba mezclando de cualquier manera, una tras otra. Luego aparece con otras dos ancianas moviéndose de modo ridículo, imitando las contorsiones de los cantantes reguetoneros. Por último, aparece en una piscina sentado en un cisne de plástico, cuyo largo cuello sale entre las piernas del español de marras.

Y decía que no solo es la estupidez de esa “música” (si es que puede dársele ese calificativo), sino que la vulgaridad la invadió. Hay que oir lo que canta el colombiano Maluma y que produjo ya la reacción adversa -aunque las ventas se dispararon-, para darse cuenta de qué es lo que ha tratado de imponerse entre los jóvenes en sus preferencias musicales, que va haciendo juego con esa otra tendencia de mal gusto, como son los tatuajes.

Me parece que la reacción de los colombianos arriba nombrados, que son emblema de la música autóctona de esta parte del mundo, es la lógica defensa no solo del buen gusto, de las buenas maneras, sino de nuestras raíces, de nuestras tradiciones. Porque el tal reguetón es de origen gringo y parece ser que han querido arroparlo con la influencia del “regué” jamaiquino, del cual solo tiene las letras de su nombre, porque este ritmo caribeño sí que es otra cosa.

Los latinos somos así: copiones. Por ejemplo, yo nunca entendí -ni siquiera en la rebeldía de mi adolescencia- eso de “rock en español”. Este ritmo es también de esencia gringa, una mezcla de la música negra con otras europeas, traídas por los “padre peregrinos”, como se autocalificaron los primeros colonizadores de Norteamérica, que llegaron huyendo de las guerras religiosas en Inglaterra. Por eso, creo que hablar de rock en español, es como decir tango noruego o cumbia china o samba paquistaní... o cueca de Turmequistán.

Pero, continuando con esta “pose” de crítico musical, creo que hay otra moda que nos incomoda ya a muchos: la tal “música del despecho”, que no es otra cosa que la herencia del narcotráfico... pura música de traquetos pobres. Qué simpleza de letras, con el mismo sonsonete y pésimamente cantadas. (Qué otra cosa se puede esperar, con semejante “producto”). Y hay que oir a algunas mujeres cantar esas canciones. Se las saben todas. Recuerdo con preocupación lo que dijo Ortega y Gasset: que son las mujeres las que escogen el tipo de hombre que se impone en cada época.

Hay un bambuco, del que me acordé para este escrito y que en una de sus estrofas dice: “Cuando oigo a un  güevón cantando / de eso que llaman moderno / siento que me están mentando / la que aquí nombrar no puedo”.

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Otra cosa -una verdadera delicia no solo para el oído, sino para el espíritu- fue la conmemoración de los 50 años de actividad musical del contador público Libardo Antonio Guerrero Ortiz, en la sala “Hernando Hoyos” del Conservatorio de Música “Pedro Morales Pino” de Cartago, algo así como el sanctasanctórum de esta institución, que guarda la memoria del padre de la música colombiana.

Con auténticas melodías de nuestro país, especialmente de la región andina, oímos todos los que colmamos ese recinto este viernes el rasgar de las cuerdas de la bandola interpretada por Libardo y las guitarras del Dueto Sortilegio, además de la maravillosa voz del maestro Rodolfo Tobón. Por mi incurable timidez no le pedí en público a este excelente intérprete paisa que nos cantara “Las Acacias”, popularizada por el Dueto de Antaño y canción que es casi un himno en la familia de mi padre. Pero sí tuve la oportunidad de felicitarlo y de decirle “Cuál Ramón Carrasquilla”, porque su voz tiene los matices de uno de los integrantes de ese dueto antioqueño -la primera voz-... pero mejorados.

Coletilla.- En un programa transmitido recientemente por la Emisora “Remigio Antonio Cañarte” de Pereira (la grabación me la facilitó un amigo cartagüeño), el historiador Emilio Gutiérrez Díaz aseveró dos cosas: la primera: que el 9 de septiembre de 1863, apenas una semana después de la fundación de esa ciudad, cuya misa fue celebrada precisamente por el cura Cañarte, este llevó allá la imagen de la Virgen de La Pobreza, que se venera en Cartago desde comienzos del siglo 17. Aunque Remigio Antonio pertenecía a la élite cartagüeña -el último Alférez Real de esta ciudad, Don Joan Joseph Ruiz De Salamando y Franco Nieto, fue su tío abuelo- me parece como bien difícil que las autoridades eclesiásticas se lo hubieran permitido, teniendo en cuenta que no había allá todavía en donde resguardar la imagen. Ni siquiera había templo. Y la segunda: que el pintor español Joaquín Jaime Santibáñez pintó una copia para la hoy catedral de Pereira. Este señor era hijo de español, pero él era criollo, nacido en Cartago en pleno Parque de Bolívar.  

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.