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¿Sirvió tanta guerra?

Publicado: Domingo, 25 de septiembre de 2016  |  1:20 am
Gustavo Duncan

La perversión del sistema político alcanzó niveles desconocidos cuando el dinero y la violencia de las drogas alcanzaron a contaminar al menos una tercera parte del congreso e innumerables gobiernos locales.

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Ahora que las Farc van a entrar a participar en la política corriente del país es válida la pregunta si tanta guerra sirvió para algún propósito transformador de la sociedad, en particular aquellos relacionados con las causas de justicia social y apertura política que argumentan las Farc como justificación de su lucha. Es decir, si luego de tanta sangre, dolor y odio, la guerra contribuyó a que el sistema político fuera más incluyente y pluralista y a que la sociedad fuera menos desigual y hubiera menos pobreza.

La respuesta es decepcionante porque las Farc no solo están en el punto de partida, haciendo política dentro de las instituciones regulares de la democracia, sino que la apertura política que experimentó el sistema se hizo ya hace dos décadas y media. Entonces las Farc se rehusaron a desmovilizarse aduciendo que persistían los atributos excluyentes y oligárquicos de la democracia colombiana.

Peor aún, la guerra atizada por las Farc si para algo sirvió fue para pervertir el espíritu de las reformas de entonces. La guerrilla se convirtió en una máquina de explotación del clientelismo al agregar la variable de la violencia en las transacciones entre políticos y clientelas. Quien en la comunidad no obedeciera en su decisión de voto podía ser severamente castigado.

Además, el secuestro indiscriminado en las sociedades regionales propició una reacción implacable en forma de grupos paramilitares. Luego, lo que era pura reacción se convirtió en un proyecto de autoridad local basado en el control del narcotráfico y demás economías criminales. Fue así que la guerrilla obligó a los narcotraficantes colombianos a ejercer como autoridad local si no querían verse sometidos por un actor que los iba a despojar de sus fortunas.

La perversión del sistema político alcanzó niveles desconocidos cuando el dinero y la violencia de las drogas alcanzaron a contaminar al menos una tercera parte del congreso e innumerables gobiernos locales. En vez de una apertura política el país se encontró que a la corrupción y al clientelismo se le sumaba el crimen y la violencia.

Tampoco la lucha guerrillera sirvió para mejorar las condiciones de vida de los más pobres en Colombia. En el campo la concentración de la tierra se agudizó a medida que el conflicto se intensificaba. Los inversionistas y empresarios que hubieran podido llevar recursos para modernizar la producción agrícola y revertir la expansión del latifundio ganadero salieron espantados por tantos riesgos y falta de garantías. No ocurrió ni redistribución ni modernización. A su vez, el estado se vio obligado a destinar numerosos recursos al gasto militar mientras que la corrupción se comía una tajada importante de las inversiones sociales. La guerra impuso sus prioridades, la lucha contra la pobreza y la corrupción podía esperar.

De los acuerdos lo único positivo para los campesinos fue la repartición de tres millones de hectáreas que poco contribuirán a resolver su situación y el compromiso de la actualización del catastro rural, una de las mayores necesidades de política pública, que igual se debía haber hecho sin las negociaciones de La Habana.

El hecho que se tenga la convicción de votar por el SÍ en el plebiscito no quita que la sociedad civil deba exigirle a las Farc que reconozcan su responsabilidad en prolongar un conflicto sin ninguna razón política que justificara tantas víctimas.

Gustavo Duncan  / El País

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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