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Tatayamba: pura “paja”

Publicado: Sábado, 02 de septiembre de 2017  |  11:19 pm
Gustavo García Vélez

Solo falta que ahora nos digan que guasá y feisbú son palabras quimbayas y que el verdadero nombre de Yamba era Tuiterio de quien, a propósito, añaden que fue uno de los guerreros más poderosos de la “olla” de los quimbayas. ¿Qué echaban en esa “olla”? ¿Carne de españoles?

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En el Canto Cuarto de su obra “Elegías de Varones Ilustres de Indias”, el cronista de la conquista española más aceptado, por lo acertado de sus escritos, Don Juan de Castellanos, dijo lo siguiente:

A la parte caminan del oriente

donde su voluntad les aconseja

y el Capitán Miguel Muñoz con gente

al río que llamaron De La Vieja,

por una con quien dieron de repente

llena de espesas rugas la pelleja,

pero con tantas joyas su persona

como si fuera moza fanfarrona.

 

No porque la pintó natura fea,

mas el tiempo trocó formas primeras

y ansí suplía lo que ser desea

con brazales, collares y orejeras;

cinta de oro batido le rodea

el vientre, los ijares, las caderas,

las cuales joyas en ajenas manos

pesaron ochocientos castellanos.

 

Luego Miguel Muñoz la desembarga

debajo de clemente mansedumbre,

con lástima de ver edad tan larga

traer a cuestas tanta pesadumbre;

mas él no rehusó llevar la carga

ni de subir con ella por la cumbre

y ansí volvió con muestra placentera

adonde Benalcázar los espera.

 

Desde entonces y por siglos, todos los cartagüeños hemos llamado a nuestro río tutelar “De La Vieja” y así también se encuentra en los archivos de la ciudad, de los cuales hay registros desde el siglo 17. Es decir, que nuestra tradición oral, lo mismo que los documentos conservados, siempre, pero que siempre aceptaron la narración de Juan De Castellanos, escrita solo varias décadas después de los hechos y cuando aún no se había olvidado esa historia. Y ninguno de los otros cronistas de la conquista (ni Pedro Cieza de León, ni Fray Pedro Simón, entre otros) se refieren siquiera a este tema, por lo que el relato de Castellanos adquiere más importancia.

Pero ahora resulta que a tres desconocidos (de quienes ignoro si son cartagüeños) y con patrocinio de la gobernación del Valle del Cauca -es decir, utilizando dineros públicos-, les dio por ignorar nuestras tradiciones e inventarse el cuento más reforzado, pero presentándolo no como eso, una leyenda, sino como un hecho histórico, sin aportar las pruebas requeridas: que el río se llama Tatayamba, en homenaje a la anciana indígena que encontró el conquistador Miguel Muñoz y que, según ellos, fue la abuela de Yamba, uno de los casi ochenta caciques quimbayas. Y que además fue asesinada por los españoles, cosa que Juan De Castellanos nunca afirmó.

Sin decirnos cuáles fueron sus fuentes para esas aseveraciones, intentando cambiar parte de la historia de Cartago de un tajo, muy orondos, sin rigor y sin ningún pudor sentencian semejante irrespeto a nuestra ciudad, con la financiación -repito- de dineros públicos, suministrados por el actual gobierno departamental del Valle del Cauca. Que vergüenza echarle mano a esa plata de cualquier manera, hasta con mentiras tan evidentes. Y que irresponsabilidad la de los gobernantes que la entregaron, sin revisar siquiera el resultado de esa “ayuda”. (Si es que, claro, no fue otra de las “mordidas” a las que ya casi nos tienen acostumbrados los -y las- que llegan a los cargos públicos).    

Hay que decir que Juan Friede -un alemán que nos enseñó a los colombianos todo el rigor de la historia bien investigada-, escribió el libro “Los Quimbayas bajo la dominación española”, publicado en 1963 con el patrocinio del Banco de la República. Consultando archivos en Colombia y en España, logró identificar a los caciques quimbayas, que fueron muchos porque esa tribu era una federación que no tenía un jefe único, entre los cuales Tacurumbí era el más anciano y su área de mandato estaba en lo que hoy es el municipio de Chinchiná, o sea, en la parte más septentrional del territorio habitado por los quimbayas. Su mano derecha fue Yamba y la pregunta es: si es cierto que la anciana en comento era su abuela -cosa que no prueban los “nuevones” historiadores que se inventaron esta pendejada-… ¿qué hacía en “Las Sabanas”, como se llamaba el lugar en donde está hoy Cartago (antes del traslado en 1691, quedaba en el sitio en el que la fundó el español Don Jorge Robledo y que ocupa Pereira) y por donde sí pasa el río a cuya orilla la encontró Miguel Muñoz, tan lejos de su nietecito? De milagro no dijeron que estaba de turismo, tal vez comprando bordados.  

Friede, que estuvo por años haciendo esa investigación, jamás menciona en su obra el nombre que los susodichos le quieren dar ahora a nuestro río, que está exactamente en la mitad de lo que fue la región Quimbaya, la cual iba desde el río La Paila (por Zarzal) hasta la sede de otra tribu -los carrapas-, precisamente vecina al río Chinchiná.

Solo falta que ahora nos digan que guasá y feisbú eran palabras quimbayas y que el verdadero nombre de Yamba fue Tuiterio de quien, a propósito, añaden que fue uno de los guerreros más poderosos de la “olla” de los quimbayas. ¿Qué echaban en esa “olla”? ¿Carne de españoles?

Pero los inventos de estos sujetos no paran allí. En el testamento de Francisca De la Yuste Madrigal, fallecida en 1694 (y que reposa en el Archivo Histórico de Cartago) ella declara en ese documento una relación de sus propiedades, entre ellas predios y ganado vacuno y caballar en el sitio de “Las Piedras de Amolar”, como antes se llamaba al actual corregimiento “Piedras de Moler” de Cartago. Con aquel nombre y con el actual, se ha conocido desde el siglo 17 el sitio a la orilla de nuestro río, por el sector que conduce al hoy municipio de Alcalá, antes llamado San Sebastián de la Balsa. Y, ahora, estos mismos “ignorantes con toga prestada” dicen en su mamotreto que dicho nombre se le dio en 1950.

Estos ilustres desconocidos cierran “tan sesuda” investigación con estas otras “perlas”: que el hoy Hospital Departamental era anteriormente un convento de monjas. A los cartagüeños nos da risa semejante invento, porque todavía recordamos a las “Monjitas Vicentinas” con sus enormes cofias, como alas de avioneta, que fueron las enfermeras de esa época en el Hospital. “Que solo la plaza de Bolívar estaba empedrada”, cuando existen en el Archivo Histórico de Cartago fotografías de 1920 y 1930 en las que se ve a la carrera 4ª (entonces “Calle Real”) completamente cubierta de piedras; y lo que ellos llaman plaza… es un parque. Presentan, además, un croquis de la ciudad en donde aparece “La Marina” casi al frente del Parque Lineal, cuando todos los cartagüeños sabemos que está en la margen opuesta del río “De La Vieja”, pero al otro lado de “La Isleta”.

Justifican sus mentiras con estas aseveraciones: “Recogen el sentir de una región (…) y recorren con sus letras la poesía, el cuento y la investigación, destacando las posibilidades narrativas y el potencial creativo de los escritores. Y que “Con el fin de recuperar el nombre tradicional que se le ha dado al río por parte de las comunidades ancestrales es de vital importancia clarificar que en el documento se hará referencia al río La Vieja como río Tatayamba (los subrayados son míos).

Pues hay que decir que… “hubiéranlo dicho”, porque ese escrito es solamente eso: “un cuento chimbo”y muy mal contado. Pura “paja” que, según el diccionario, es “cosa ligera y de poca entidad”.

Agradecen a varias personas, entre ellas a la directora del Archivo Histórico de Cartago, Doña Betty Valencia Villegas “por su entera colaboración”, presentándola como si ella estuviera de acuerdo con esta estupidez  (por lo demás ofensiva) del cambio de nombre, cuando lo que hizo fue mostrarles los documentos que pidieron para que ellos los interpretaran como pudieran, según lo que tengan en sus cerebros que, por lo visto, como que es muy poquito.

Para concluir: a nuestro río “De la Vieja” ni se le ha dado, ni se le da y ni se le dará otro nombre, porque ese “no es el sentir” de nuestra Provincia; ni los cartagüeños ancestrales le hemos dado, jamás, otro nombre. Y, menos, con el “potencial creativo” de estos aparecidos de última hora. Todavía somos muchos los cartagüeños que hacemos respetar la historia de nuestra ciudad porque, afortunadamente, hay luz en la poterna y guardianes de la heredad. Y, por eso, salimos con toda “al corte”… cuando toca.

Coletilla 2: En Pereira hay también historiadores “nuevones”, a quienes les dio por llamar Consotá (con tilde en la a) a la quebrada que durante siglos se llamó Consota, nombre de otro de los ochenta caciques quimbayas. “Tan originales” ellos, ole. Esperemos que no digan que su apellido era Tangarife.

Coletilla 1: Para el diario “El País” de Cali, Cartago solamente existe por noticias de narcotráfico, atentados criminales… o lamentables casos de corrupción.

Gustavo García Vélez | CiudadRegion.com

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.