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700 taxis

Publicado: Domingo, 17 de julio de 2016  |  9:07 am
Gustavo García Vélez

Es absurdo que, en fila india, diaria y nochemente, observemos el curioso espectáculo de unos taxis amarillos, como una epidemia de hepatitis vehicular, que se pasean por toda la ciudad, bregando a pescar un pasajero, congestionando innecesariamente las vías.

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Circulan por estas largas calles cartagüeñas toda clase de vehículos, desde bicicletas, monaretas, motos y carretillas de caballos, hasta tractomulas, pasando por minibusetas y automóviles, incluidos 700 taxis.

La congestión vehicular que vive nuestra ciudad creo que no se compadece con su tamaño. Y si a esto se le añade el hecho de que la indisciplina impera y campea por todas partes, la situación se vuelve peor. Porque no es raro ver bicicletas en contravía o rodando por los andenes, o motos atravesando en diagonal el Parque de Bolívar, o vehículos parqueados sobre las aceras.

Y si uno, por pura curiosidad de ciudadano interesado por las cosas que suceden en Cartago, se toma el trabajo de contar, en las horas pico, cuántos taxis, por ejemplo, pasan por una esquina de tránsito fuerte, como las del Parque de Bolívar, en 15 minutos llega al resultado de que solamente el 25% de ellos van ocupados.

La conclusión inmediata y completamente lógica, es preguntar si esto se justifica; si en realidad los propietarios de esos taxis tienen tanta plata como para derrocharla en gasolina; si no existe otra manera más racional de ofrecer y prestar ese servicio.

Y recuerda uno la época en que las empresas de taxis mantenían sus vehículos estacionados alrededor del Parque de Bolívar y hasta allí acudían, o llamaban por teléfono, todas aquellas personas que requerían de un automóvil para desplazarse por la ciudad. Eran otros tiempos, claro, cuando la ciudad tenía menos barrios y, lógicamente, menos ciudadanos.

Pero se me ocurre decir que -en aras del ahorro en combustible, en la contaminación por el ruido, o en simple energía y tiempo- si no sería bueno comenzar a pensar siquiera en volver a poner en práctica esa idea, acomodándola –por supuesto- a las circunstancias actuales. Y se me ocurre también sugerir que los propietarios de esos 700 taxis busquen por lo menos dos sitios (al oriente y al occidente; o al sur y al norte de la ciudad) donde permanezcan estacionados esos automóviles y un buen servicio telefónico, al que acudan los potenciales usuarios en solicitud de un taxi.

Si se hacen cuentas -y todo empresario vive de hacer cuentas permanentemente-se llega a la conclusión de que los ahorros serían muchos. Pero lo más importante, se lograría la descongestión vehicular, sobre todo del centro de la ciudad, que ya está sobresaturado, lo que causa no solo accidentes esporádicos, sino el permanente estrés de los peatones, que tienen que someterse al ruido y a los trancones, porque es que también ya hay trancones peatonales.

Y es que tampoco creo que aquí haya gente para tanto taxi. Cada uno de esos vehículos, para ser rentable, debe producirle a su propietario $20.000 diarios libres, lo que equivale a un producido de por lo menos $50.000, es decir, 35 carreras diarias por taxi. Multipliquen ustedes, amables oyentes, y llegaremos todos a la misma conclusión: es absurdo que, en fila india, diaria y nochemente, observemos el curioso espectáculo de unos taxis amarillos, como una epidemia de hepatitis vehicular, que se pasean por toda la ciudad, bregando a pescar un pasajero, congestionando innecesariamente las vías y contribuyendo al mal genio de los cartagüeños, que a veces también se ponen amarillos de la rabia.

Claro es que los propietarios de vehículos particulares tampoco es que lo estén haciendo mal. Muchos de ellos se montan en su automóvil o moto hasta para comprar cigarrillos en la esquina. Es una actividad que no merece, creo yo, esa esclavitud que se convierte en manía. Porque no debe haber nada más aburridor, por lo incómodo, que estar pendiente de las maromas de una bicicleta o de un gomelo en moto, mientras se trata de proteger al propio vehículo de por lo menos un rayón.

Para terminar, no olvidemos que la protección del peatón fue uno de los éxitos del alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa. Y es una propuesta que está recibiendo cada vez más apoyo, pues las simples matemáticas de la democracia lo pregonan: son muchos más los peatones que los pasajeros.

Hay aquí, pues, un buen tema para la respectiva comisión de empalme, que no solo debe establecer hasta dónde rasparon la olla, sino proponer desde ya soluciones. Ojalá que el coordinador de esa “comisión de tránsito” del alcalde electo se pegue una buena empalmada con el actual secretario de esa dependencia municipal. Y que se mejore de su absceso de bilis el coordinador de este noticiero.

(Siguiendo con este experimento para comprobar que “en Cartago pasa de todo… pero no pasa nada” les entrego este comentario radial que fue leído por su autor en su espacio habitual de los días lunes, miércoles y viernes, dentro del noticiero de las 07:00 a.m. de la emisora “Ondas del Valle”. En el manuscrito no aparece la fecha, pero por el último párrafo se colige que fue en el cambio de gobierno municipal, en el año 2000. Lógicamente, las cantidades en el número de taxis y en los costos de su servicio han variado, pero… la congestión vehicular también: hoy es “pior”. Y ni que decir de los actuales “moto-ratones”, que en esa época no existían. Lo que sí no parece ocurrir por aquí es la entrada de Uber, porque esta es una ciudad en donde, gracias a Dios, todavía se puede ir a pie a los sitios que más se necesiten pero, sobre todo, porque no hay con qué pagar un servicio de taxi más caro. La prueba son esos mismos moto-ratones, que se encuentran ya ubicados casi que en cada esquina de Cartago, porque algunos ciudadanos los prefieren a los otros medios de transporte público, por la potísima razón de que son más baratos.)

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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