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700 taxis

Publicado: Domingo, 05 de agosto de 2018  |  8:19 am
Gustavo García Vélez

Claro que los propietarios de vehículos particulares tampoco es que lo estén haciendo mal. Muchos de ellos se montan en su automóvil o moto... hasta para comprar cigarrillos en la esquina. Es una actividad que no merece, creo yo, esa esclavitud que se convierte en manía.

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Circulan por estas largas calles cartagüeñas toda clase de vehículos, desde bicicletas, monaretas, motos y carretillas de caballos, hasta tractomulas, pasando por minibusetas y automóviles... incluidos 700 taxis.

La congestión vehicular que vive nuestra ciudad creo que no se compadece con su tamaño. Y si a ésto se le añade el hecho de que la indisciplina impera y campea por todas partes, la situación se vuelve peor. Porque no es raro ver bicicletas en contravía o rodando por los andenes; o motos atravesando en diagonal el Parque de Bolívar; o vehículos parqueados sobre las aceras.

Y si uno, por pura curiosidad de ciudadano interesado por las cosas que suceden en Cartago, se toma el trabajo de contar -en las horas pico- cuántos taxis pasan por una esquina de tránsito fuerte, como las del Parque de Bolívar, en 15 minutos llega al resultado: solamente el 25% de ellos van ocupados.

La conclusión inmediata y completamente lógica, es preguntar si ésto se justifica; si en realidad los propietarios de esos taxis tienen tanta plata como para derrocharla en gasolina; si no existe otra manera más racional de ofrecer y prestar ese servicio.

Y recuerda uno la época en que las empresas de taxis mantenían sus vehículos estacionados alrededor del Parque de Bolívar y hasta allí acudían, o llamaban por teléfono, todas aquellas personas que requerían de un automóvil para desplazarse por la ciudad. Eran otros tiempos, claro, cuando la ciudad tenía menos barrios y, lógicamente, menos ciudadanos.

Pero se me ocurre pensar que -en aras del ahorro en combustible, en la contaminación por el ruido, o en simple energía y tiempo- si no sería bueno comenzar a pensar siquiera en volver a poner en práctica esa idea, acomodándola -por supuesto- a las circunstancias actuales. Y se me ocurre también sugerir que los propietarios de esos 700 taxis busquen por lo menos dos sitios (al oriente y al occidente; o al sur y al norte de la ciudad) donde permanezcan estacionados esos automóviles y un buen servicio telefónico, al que acudan los potenciales usuarios en solicitud de un taxi.

Si se hacen cuentas -y todo empresario vive de hacer cuentas permanentemente- se llega a la conclusión de que los ahorros serían muchos. Pero lo más importante, se lograría la descongestión vehicular -sobre todo del centro de la ciudad que ya está sobresaturado-, lo que causa no solo accidentes esporádicos, sino el permanente estrés de los peatones, que tienen que someterse al ruido y a los trancones, porque es que también ya hay trancones peatonales.

Y es que tampoco creo que aquí haya gente para tanto taxi. Cada uno de esos vehículos, para ser rentable, debe producirle a su propietario $20.000 diarios libres, lo que equivale a por lo menos $50.000, es decir, 35 carreras diarias por taxi. Multipliquen ustedes, amables oyentes, y llegaremos todos a la misma conclusión: es absurdo que, en fila india, diaria y nochemente, observemos el curioso espectáculo de unos taxis amarillos -como una epidemia de hepatitis vehicular-, que se pasean por toda la ciudad bregando a pescar un pasajero, congestionando innecesariamente las vías y contribuyendo al mal genio de los cartagüeños... que a veces también se ponen amarillos de la rabia.

Claro que los propietarios de vehículos particulares tampoco es que lo estén haciendo mal. Muchos de ellos se montan en su automóvil o moto... hasta para comprar cigarrillos en la esquina. Es una actividad que no merece, creo yo, esa esclavitud que se convierte en manía. Porque no debe haber nada más aburridor, por lo incómodo, que estar pendiente de las maromas de una bicicleta o de un gomelo en moto, mientras se trata de proteger al propio vehículo de por lo menos un rayón.

Para terminar, no olvidemos que la protección del peatón fue uno de los éxitos del alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa. Y es una propuesta que está recibiendo cada vez más apoyo, pues las simples matemáticas de la democracia lo pregonan: son muchos más los peatones que los pasajeros.

Hay aquí, pues, un buen tema para la respectiva comisión de empalme, que no solo debe establecer hasta dónde rasparon la olla, sino proponer desde ya soluciones. Ojalá que el coordinador de esa “comisión de tránsito” del alcalde electo se pegue una buena empalmada con el actual secretario de esa dependencia municipal. Y que se mejore de su absceso de bilis el coordinador de este noticiero.

(Este comentario radial fue leído por su autor en el espacio habitual que tenía, hace más de 18 años, los días lunes, miércoles y viernes, dentro del noticiero de las 07:00 a.m. en la emisora “Ondas del Valle”, hoy desaparecida. En el manuscrito no aparece la fecha, pero por el último párrafo se colige que fue en el cambio de gobierno municipal, en el año 2000. No obstante... parece escrito en este 2018, tal vez con un aumento en las cifras de dinero. Un amigo taxista me afirma que el número de taxis no ha aumentado hasta hoy, por el alto costo de los permisos para incluir un vehículo en esa categoría.)

Coletilla 1: Y hablando de empalmes, se está registrando ya en las encuestas un aumento significativo de la imagen positiva del presidente saliente. Así ha sido siempre. Recordemos que a Winston Churchill -que lideró la Gran Bretaña hasta superar la horrenda crisis por la Segunda Guerra Mundial-, le dieron la espalda sus propios coterráneos. Pero luego la historia lo colocó en el sitio que merecía. Y a sus rivales... también. 

Coletilla 2: En esta semana Cartago cumple 478 años. Algunos supinos ignorantes cuentan solamente el tiempo en el sitio en que hoy está desde 1691, cuando fue trasladada -con autorización de la Real Audiencia, lo que le dio continuidad legal a su historia, desde la fundación en 1540- a estas llamadas “Las Sabanas”. La gran mayoría de sus habitantes había emigrado antes de esa fecha y se encontraban en “Santa Ana”, “San Jerónimo” y lo que hoy es Obando, que se llamaba “El Naranjo”. Y otros con igual o mayor ignorancia supina como algunos “historiadores” de Pereira, le cuelgan a su ciudad en la pretina, como si fuera un llavero...buena parte de nuestra propia historia cartagüeña. Complejo de recién llegado puede ser eso. Muchas cosas se han dicho sobre el pasado y el presente de Cartago. Sería bueno que quienes aspiran a conducir los destinos comunitarios, nos dijeran desde ya qué proponen, cuáles caminos señalan para que sigamos permaneciendo -pero con la dignidad que siempre ha ostentado esta ciudad y no solo tapando huecos- en la historia de Colombia. A propósito: ¿qué se “fixieron” las fuerzas vivas, lo que se llama la sociedad civil de nuestra ciudad? Porque ni se sienten. Ni siquiera... se presienten. Mudos como peces.

Gustavo García Velez | CiudadRegion

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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