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Universidad pública... Provincial

Publicado: Domingo, 14 de octubre de 2018  |  10:08 am
Gustavo García Vélez

He propuesto a un municipio nuestro como sede de esa anhelada Universidad Pública de la Provincia Norteña (o de Robledo o Quimbaya), equidistante a todos los demás: Toro que, además, respira toda la historia -es casi tan antiguo como Cartago- de españoles, indígenas y esclavos africanos.

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Esperanzadoras... es el calificativo que se me ocurre para las marchas de los universitarios de todo el país, que demostraron su inconformidad con el tratamiento que reciben -desde años ha- todos los centros de educación superior. En Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Manizales, Pereira, Armenia se hicieron sentir los muchachos y las muchachas que tienen la esperanza de elevar su nivel cultural y competir así en la búsqueda de un mejor futuro, no solo para ellos y sus familias, sino para toda Colombia. (Me quedé sin saber cual fue el comportamiento en Popayán y Pamplona, prototipos de ciudades universitarias. Imagino que el mismo).

Y recordé el propósito que tuvo nuestro recordado amigo José Fernando Rebellón Tascón quien, a través de los medios de comunicación social de Cartago, promovió -hasta su fallecimiento tempranero- la creación de una universidad pública no solo para beneficio exclusivo de los cartagüeños, sino de todos los adolescentes de los otros 17 municipios norteños. Porque no ha sido suficiente el Centro de Estudios Tecnológicos creado a comienzos de la década de 1970; ni la seccional de la Universidad del Valle (que ha tenido historia de yoyo: épocas buenas, regulares, malas y hasta pésimas, pero ninguna excelente, al menos eso es lo que se siente...porque ni se nota); como tampoco una facultad de derecho que ya ha parido varias promociones.

El remedio que se propone por la falta de recursos económicos para el buen funcionamiento de las decenas de universidades públicas de este país, es el de las regalías transferidas del fisco nacional que, con el aumento del precio del petróleo en todo el mundo, reportan ya unos ingresos muy superiores a los de hace apenas un año. Pero también, la obligada merma en el presupuesto del ministerio de Defensa, porque con el proceso de paz -con todas sus fallas- también ya se sienten sus efectos: cero soldados recluidos en el Hospital Militar de Bogotá, ningún ataque de la guerrilla que firmó los pactos (sus disidencias ya no son grupos subversivos... solo delincuentes comunes). Y la paz cuesta menos que cualquier guerra.

Es la hora, pues, de que los norteños nos pellizquemos, buscando entre todos la creación de esa universidad pública soñada por José Fernando. En artículos anteriores, hablando de la reaparición institucional de las antiguas Provincias, he dicho y repetido que una de sus bondades es la solución de problemas intermunicipales -con esas transferencias de regalías de la nación y aportes departamentales- y uno de ellos es, precisamente, la educación superior de nuestros jóvenes. (Otros serían, vuelvo y escribo: un acueducto provincial con agua abundante y limpia, bajada de la serranía de Los Paraguas; un hospital de tercer nivel para los 18 municipios; un depósito común para las basuras que se generen en todos ellos; banco de maquinarias para la construcción y el mantenimiento de vías terciarias, que saquen los productos agrícolas y pecuarios a los mercados y promuevan el turismo rural tan de moda. En fin...).

Y he propuesto a un municipio nuestro como sede de esa anhelada Universidad Pública de la Provincia Norteña (o de Robledo o Quimbaya), equidistante a todos los demás: Toro que, además, respira toda la historia -es casi tan antiguo como Cartago- de españoles, indígenas y esclavos africanos... mezclados en la irreversible fusión que produjo nuestra raza. Y por si estas características geográficas y socio-económicas fueran pocas o no bastaran, tiene todo el clima -físico y espiritual- de una ciudad universitaria como Pamplona o Popayán.

Es necesario, sí, definir muy bien cuáles facultades tendría este centro de educación superior, porque no podemos crear una simple “fábrica de doctorcitos”. Es menester difundir desde allí los últimos conocimientos y prácticas técnicas, que ayuden al desarrollo de todo nuestro Norte, que tiene una vocación básica aunque no exclusivamente agrícola y pecuaria. Como por ejemplo, el turismo, sobre todo el internacional que se recree en los paisajes del valle geográfico del río Cauca, pero también en los de nuestras montañas... porque los valles se ven mejor desde las alturas. Los avances en ingeniería digital, buscando apoyo económico y de conocimientos en la India, por ejemplo, líder mundial en esos temas... para no depender solamente del Silicon Valley gringo.

Soñemos, pues, junto el alma del difunto amigo, para que se nos vuelva realidad este propósito, que lograría el despegue definitivo de esta parte de nuestro país. Uno de los dos nuevos Premios Nobel de Economía ha visitado en repetidas oportunidades a Colombia y resaltó lo que ya está sucediendo en Montería y Valledupar, cosas que los demás colombianos ignorábamos: están avanzando, proyectando con inteligencia su futuro. Este gringo ha dicho que es irreversible el proceso de migración campo-ciudad, porque no se les puede impedir a las nuevas generaciones que busquen un mejor futuro, con la educación. Pues diríamos que esa ausencia, momentánea o definitiva, ese desarraigo de la tierra natal no es necesario. La Universidad Pública Provincial sería la prueba... y la solución.

En lo que sí estoy de acuerdo con el míster, es que las aburridoras matemáticas no pueden usarse siempre para la proyección de las leyes económicas que rigen cada época, porque hay “otra cosa” que influye: la socio-economía, las leyes sociales en el comportamiento diario de los humanos. Eso de que dos más dos han sido, son y serán invariablemente cuatro me produjo bostezos desde las ya lejanas épocas -no tanto, doctor Darío Delgado Arango- de mi primaria, por la potísima razón de que los resultados siempre eran los mismos, no había campo para la loca de la casa: la imaginación.

Creo que ya conté la anécdota de mis rabietas de niño con el álgebra de Baldor: estábamos en racionamiento eléctrico y a punta de vela resolvía las tareas, pero muchas veces no me coincidían mis resultados con las respuestas que figuraban en la última página de ese texto escolar. La causa la vine a conocer en la siguiente edición de ese bodrio, pues allí apareció la fe de las muchas erratas que tenía la que yo usaba. Los equivocados habían sido... los impresores de ese libro, no el niño que hasta pataleaba de la furia. Años después, le demostré a mi papá que manejaba muy bien los números: le resolví, en cuestión de minutos, la prueba matemática que me puso con una baraja española. Fácil: dos más dos... siempre son cuatro.

Coletilla 1.- No sé si entre mis lectores figure algún arquitecto, que haya conocido la cédula real por medio de la cual la corona española reglamentó la construcción -el urbanismo- de las ciudades fundadas por sus súbditos en estas tierras... antes de que existieran los POT municipales. Tenía el dato hasta con fecha, pero en este despelote de mis archivos no lo encontré para este artículo. Cartago y Toro, dada su antigüedad, debieron regirse por esa norma. Asegura otro buen amigo mío (el ingeniero Gabriel Gómez Jaramillo, que lo es desde nuestra primaria en el desaparecido Instituto Robledo), que el crecimiento de nuestra ciudad fue correcto hasta la construcción del barrio “El Prado” que, según otro gran amigo -Don Jorge Ramírez Montoya, quien por su edad tiene porqué saberlo- fue proyectado por el ingeniero Gerardo Sánchez Suárez, graduado en Chile. Desde allí, ha sido un caos, en el que prima la coima para construir... hasta en la misma orilla del río “De la Vieja”, aunque se inunden esos barrios con sus crecientes de cada cuatro años y, de pronto, retorne a su cauce madre quedando toda una urbanización como una isla o en jurisdicción de Pereira.

Coletilla 2.- No tiene nada que ver -pero que nadita, ole- mi preferencia por el municipio de Toro como sede de nuestra Universidad Pública Provincial, con el hecho de que Juan Gregorio Grajales Ramírez-De Llanos (casado con María De la Yuste Vélez y tatarabuelo de mi tatarabuela materna Zoila Grajales Del Basto) fuera oriundo de este municipio y bautizado allá en diciembre 1701, al año y un mes de nacido. En su testamento -1745- que está en el Archivo Histórico de Cartago, dice que deja un derecho de tierras en Bohío (Toro) y un ganado, mencionando además su vestimenta: sombrero blanco de París, casaquetas de paño de la tierra, calzones de paño de Castilla, chupas con botones de plata, zapatos con hebilla de plata... y una espada. Sus 5 hermanos mayores y 2 hermanas también nacieron allá. Lo vine a saber en la página web de los mormones... antes de que la bloquearan, porque en la parroquia hace años me dijeron que no tenían ni idea de en donde estaban los archivos más antiguos, pero para esta secta sí aparecieron. ¿Milagro de Nuestra Señora de la Consolación? En casi todos esos despachos de este país ni rajan ni prestan el hacha. Hay unos en que resuelven la consulta... a los tres meses, como Rionegro, cuna de mis tatarabuelos paternos García y Arango. Es el colmo. Se creen dueños de documentos que son públicos. Saludos... primos toresanos -¿toreños?-, porque cuando un gen entra al ADN, ahí se queda “per secula seculorum”.

Gustavo García Velez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.