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Venezuela, el miedo no es eterno

Publicado: Sábado, 22 de abril de 2017  |  11:43 pm
Pedro Medellín Torres

El recrudecimiento de las medidas represivas del chavismo ya en manos de Maduro, comenzó a perder efectos demostrativos.

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Si hubo algo en lo que Maquiavelo insistiera al Príncipe, era que “se fiara más del miedo de sus súbditos que del amor de estos”. Y tenía razón. El florentino estaba anticipando uno de los más potentes instrumentos al servicio de soberano: el miedo que los gobernados sienten cuando se enfrentan a las decisiones “incomprensibles” del poderoso.

En su análisis de la crisis del Estado, el sociólogo polaco Zigmunt Bauman recuerda que la soberanía del gobernante no está en su capacidad de hacer cumplir con las leyes, sino en la en la capacidad efectiva que tiene para suspender las leyes, eximir su cumplimiento o en introducir excepciones a las normas. “El gobernante es soberano en la medida en que dispone del poder para elegir entre una u otra opción”.

Maquiavelo estaba convencido de que “era la espectacular hazaña de ‘ignorar’ la norma, la que sacaba a relucir el poderío del soberano”. Por eso insistía a su Principe, en que había que “repetir estas proezas una y otra vez, para que estuvieran frescas en la memoria de aquellos a los que gobernaba”. Pues, así la capacidad de suspender las leyes y establecer excepciones, “como la capacidad de obrar milagros en el caso de Dios, es la que convierte a los súbditos en fuente de una incertidumbre perpetua, abrumadora y aniquiladora”

En situaciones de crisis, es cuando esa soberanía hace su aparición. Abocados a la necesidad de contener el descontento social, los que gobiernan tienden a recurrir a todo tipo de recursos que garanticen el retorno a la “normalidad”. Y si ese retorno no se logra con la aplicación dura de la legislación existente, es entonces cuando recurren al miedo. Toman medidas “ejemplarizantes” que obliguen a los demás a reflexionar sobre la manera cómo van a proceder en adelante, sobre las medidas que tome el gobernante. El incumplimiento de las leyes o la declaratoria de su excepcionalidad, que fundamenten las medidas de carácter coercitivo, es la que se convierte en el instrumento preferido del gobernante par forzar el miedo de sus gobernados.

En su libro “El Miedo. Historia de una Idea Política”, el columnista del New York Times Corey Robin, analiza como este tipo de medidas, conducen a un tipo de miedo represivo, con el que buscan “garantizar que se acaten las órdenes de los superiores, o simplemente impedir que se haga algo por socavar la manera en que el poder está distribuido actualmente”.

Sobre esta base, el poder del gobernante parece infinito. Las posibilidades que le ofrece el actuar “por fuera” de la Ley, para transformar la coerción en consentimiento, se convierte en el gran objetivo del que gobierna. La legitimidad por la fuerza. Y en esa aspiración no parece tener límite alguno.

Pero el miedo no es eterno. El tener que recurrir cada vez más al quebrantamiento del orden jurídico va socavando las bases del poder que sostiene al gobernante. En principio, el temor de los gobernados a que las leyes del represor les caigan encima, los lleva a evitar salir del orden indeseable en el que están viviendo. Los hace aceptar el uso desigual de la fuerza. Pero hasta cuando la situación se vuelve insostenible, que es el momento en que las razones para soportar el uso desproporcionado de la fuerza comienzan a perder peso frente a la necesidad de enfrentarla.

 

Siguiendo el ejemplo de sus gobernantes que antes exigían el acatamiento a las normas y luego las transgredían para mantenerse en el poder, los gobernados comienzan a perder el miedo al poder del soberano. Es decir, a su poder de recurrir a las medidas excepcionales. Es cuando descubren que ellos mismos, los gobernados, tienen su propia capacidad para decidir que normas se deben acatar y cuales no; cuales pueden ser aplicadas excepcionalmente y cuales pueden ser suspendidas. Es decir, que asumen su capacidad para ejercer su propia soberanía como pueblo.

Es entonces cuando poco a poco se van movilizando. Los primeros trazos de indocilidad van poniendo contra la pared a los regímenes de “excepción’, quienes forzados por las circunstancias aumentan el ejercicio de las medidas coercitivas.

En la medida en que las condiciones se deterioran y lo soportable, comienza a mostrar trazos de insoportable, la presiono de los gobernados sobre las decisiones de los gobernantes aumenta. En reacción el gobernante aprieta más el torniquete, pero sin darse cuenta que con ello está comenzando a perder el control. Volviendo a Robin, “los poderosos no sólo están en condiciones de ejercer el miedo, sino que también pueden padecerlo”. En la medida en que el ejercicio de su poder coercitivo resulta infructuoso, los poderosos comienzan a sentir “el miedo de que los que ocupan rangos inferiores en la escala social se subleven un día, despojándolos de su privilegiada posición”.

Es lo que esta sucediendo en Venezuela. En principio, el régimen venezolano había sido diestro en el mantenimiento del miedo. El desorden y la multiplicidad de tendencias en las fuerzas de oposición al chavismo, se habían convertido en un importante factor de control social para las fuerzas gubernamentales. Las acciones iniciales de movilización y acción política, caracterizadas por los comportamientos erráticos y un individualismo a toda prueba, habían llevado a que la oposición tomara medidas que lejos de ganar terreno, le permitió a las fuerzas chavistas tomarse todos los ámbitos del poder del Estado.

Pero en la medida en que la oposición se fue agrupando y ganado fuerza política, el régimen de Chávez se sintió forzado a ejercer su "poder soberano". La fuerza política que le confería el haber logrado más de una decena de victorias electorales, le daba al oficialismo un recubrimiento democrático que impedía cualquier acción del exterior. Pero esa fuerza no resistiría el paso del Tiempo.

La restricción al ejercicio de las libertades políticas por parte de los opositores, que tuvieron en el poder judicial venezolano el gran bastión para darle una formalidad legal a las medidas de encarcelamiento que se tomaron contra los principales líderes opositores, fueron (paradójicamente) ordenando el plano de prioridades de la oposición venezolana.

Las limitaciones del gobierno para contener el desabastecimiento de bienes y servicios y la limitación de la crisis económica, se convirtieron en un factor que debilito la legitimidad del régimen de excepción venezolano.

La lucha, cada vez más extendida, por la excarcelación de los líderes presos en las cárceles venezolanas, se convirtió en el punto de encuentro de los venezolanos. Las movilizaciones que comenzaban por el desabastecimiento de comida y drogas, rápidamente llegaban al punto de exigir la libertad de los opositores presos por el régimen. Y esta modalidad se fue extendiendo por todo el país y para cada tipo de movilización que se activaba. Así la oposición no solo encontró un norte de acción, sino un móvil de existencia.

El recrudecimiento de las medidas represivas del chavismo ya en manos de Maduro, comenzó a perder efectos demostrativos. La restricción de libertades fue seguida por un aumento en las movilizaciones. Y ante la debilidad del régimen, el miedo de los súbditos empieza a disolverse. La mayor fuerza de los gobernados comienza a hacerse sentir en toda su dimensión.

Perder el miedo a la reacción represiva, es el primer paso que los pueblos dan para forzar el derrumbe de los regímenes dictatoriales.

El resto de la historia se desenvuelve sola: En reacción el que gobierna se resiste a aceptar que esta en desventaja y actúa cada vez con mayor fuerza. Pero siempre será menor a la que desplegar los gobernados. La batalla está perdida. La clave esta en mantener, con paciencia, la presión sobre el régimen moribundo. La suerte esta decidida. El régimen del miedo caerá por sus propios medios.

Pedro Medellín Torres | Revista Semana

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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