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Las vueltas que da la vida

Publicado: Domingo, 18 de septiembre de 2016  |  12:53 am
María Jimena Duzán

Sin quererlo, los militares con su pedagogía han ido tumbando los grandes mitos con que el uribismo ha querido desprestigiar lo acordado en La Habana.

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Muchas cosas le sorprenden a uno por estos días en que el peso de los hechos está cambiando nuestra historia. Una de esas es la manera clara y transparente como los militares activos han salido a explicar los acuerdos pactados en La Habana.

Sin tapujos el general Mejía, comandante del Ejército, en una entrevista a María Isabel Rueda le dijo que las Fuerzas Militares estaban listas para el posconflicto y que venían preparándose desde hace más de cuatro años para cumplir su papel en el fin de la guerra. El general Javier Flórez, quien se sentó durante un año en La Habana con Carlos Antonio Losada –uno de los comandantes de las Farc que él tuvo en la mira por espacio de seis años seguidos cuando se desempeñaba como comandante de la Fudra-, también nos ha dado una lección de lo que significa el fin de la guerra.

Pese a sus innegables distancias, a sus diferencias ideológicas, logró sacar adelante el acuerdo que crea los protocolos para el fin de la guerra -el cese al fuego y dejación de armas-, con su enemigo histórico. Y al hacerlo demostró que las Fuerzas Armadas están mejor preparadas para trabajar con quien fue el enemigo por 52 años que muchos sectores de la sociedad colombiana que aún no cruzan esa frontera. Hace unas semanas, mientras el país se debatía entre los partidarios del Sí y del No, en las sabanas del Yarí se encontraron en un campamento de las Farc, el general Flórez y Carlos Antonio Losada con el propósito de afinar los protocolos en torno al cese al fuego y el progresivo reagrupamiento de la guerrilla en las zonas de concentración. Ni unos ni otros se sintieron humillados o ultrajados. Luego de 52 años de guerra dos enemigos históricos se dieron la mano en las selvas del Yarí y se miraron a los ojos como si ya fueran solo adversarios. Si esto no es el fin de la guerra, no sé entonces cómo más se puede terminar un conflicto que tanto nos degradó. (Ver fotos de la reunión en el Yarí)

Pero además, sin quererlo, los militares con su pedagogía y la forma de explicar lo acordado han ido tumbando los grandes mitos con que el uribismo ha querido desprestigiar lo acordado en La Habana. El expresidente Uribe ha dicho que este proceso representa un acto de humillación inaudita con los militares porque los iguala de manera indigna con unos terroristas. Sin embargo, el general Mejía ha dicho en los medios que ellos no se sienten ni ultrajados ni humillados. Ha afirmado que ni la nueva doctrina militar se fraguó en La Habana, ya que fue producto de un intenso proceso de más de cuatro años de investigación y que lo acordado no los somete a ninguna indignidad. “Que no vayan a pensar que estos personajes se sentaron en Cuba por voluntad. Se sentaron en Cuba porque se redujeron de 23.000 a 20.000, a 15.000 a 14.000, a 10.000 a 8.000 a 6.200 hasta que los tipos dijeron: no va más”, nos recordó en la entrevista a María Isabel Rueda. 

Si hace un año me hubieran dicho que los militares activos iban a ser los llamados a hacer la pedagogía de lo acordado en La Habana, y que además iban a ser más convincentes a la hora de explicar lo que en realidad significa el fin de la guerra que el expresidente César Gaviria, Mockus o todos los movimientos de jóvenes que se han dado a la tarea de hacerlo, habría dicho que ese era un escenario totalmente improbable.

En un país, donde históricamente las Fuerzas Militares se han opuesto a los procesos de paz este cambio es la primera evidencia de que en efecto esta guerra se acabó. El proceso de paz, de Betancur se hizo a espaldas de los militares porque el mismo gobierno consideró que su oposición a cualquier intento de abrir una ventana de paz era tan grande, que era mejor adelantarlo sin ellos. El proceso exitoso del M-19 se dio en medio del exterminio de la UP, del asesinato de su máximo líder Carlos Pizarro y de cientos de masacres perpetradas por un naciente ejército irregular de narcoparamilitares que patrullaba las zonas con la bendición tácita de muchas brigadas del Ejército. Luego vino el Caguán, un proceso de paz en el que ambos bandos se prepararon para la guerra: las Farc venían de las tomas de Mitú, las Delicias, Patascoy, tomas hechas con columnas guerrilleras de más de 1.000 hombres, sentían que todavía podían llegar al poder por la vía armada, y el gobierno de Pastrana que utilizó esos años para modernizar al Ejército colombiano y montar el Plan Colombia.

Dieciséis años más tarde se logra un acuerdo con las Farc, y los militares, que conocen el horror de la guerra, han sido los primeros en dar un ejemplo de reconciliación. Las vueltas que da la vida.

María Jimena Duzán / Revista Semana

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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