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Ya tenemos Virrey

Publicado: Domingo, 28 de enero de 2018  |  1:01 am
Gustavo García Vélez

Hay que recordar que, gracias a la “voliada” de teléfono de doña Lucy Murgueitio Mendoza (descendiente de los iniciales habitantes de nuestro monumento), esta casa se recuperó, para orgullo de todos los que amamos a Cartago.

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Muy pocas ciudades de Colombia cuentan con un monumento histórico como nuestra Casa del Virrey, construida a finales del siglo 18 siguiendo las características del arte mudéjar que, según los entendidos, es la mezcla de lo árabe con lo cristiano, estilo arquitectónico fruto de los siglos de dominación de los moros sobre las tribus autóctonas de lo que hoy es España.

No hay un solo documento en el que conste que fue Sebastián Sanzena su constructor (al menos yo no lo conozco... y escarbé mucho el Archivo Histórico de Cartago cuando busqué mis ancestros cartagüeños por la rama de mi bisabuela materna), pero por haber sido él su primer habitante se considera que sí... como para no meternos en camisas de once varas. Quién o quiénes la levantaron no es lo importante, aunque algún seudo-historiador parroquial -de esos que así se autocalifican en entrevistas para algún periodista todavía más ignorante- hace un tiempo me aseguró que fue la dote de la esposa de Sebastián en su matrimonio y que así constaba en documento encontrado por él en la Notaría Primera de la ciudad, pero que nunca mostró, ni dijo de qué año era esa escritura.

Inicialmente, la casa estaba empañetada y pintada de blanco, como así consta en fotografías antiguas pero, posteriormente, otra familia diferente -aunque, al parecer, emparentada con sus antiguos habitantes- raspó sus paredes. La anécdota cuenta que estaban buscando una filtración de agua y que, al ver la belleza de los ladrillos y las piedras en esas paredes, decidieron destaparla toda. (Un vecino me contó que alcanzó a ver al jefe de esa familia dándole machetazos a las ventanas... para envejecerlas). Y así la conocimos los cartagüeños que aún vivimos. 

Cuando comenzó el proceso para su recuperación -porque estaba que se venía al suelo-, alcancé a afirmar en un artículo para un medio local mi oposición a esa empañetada. “A mí me llevan en la madrugada a esa calle peatonal y no sabría en dónde estoy. Me borran toda mi memoria de infancia... y me van a tener que pagar la consulta con un sicólogo”, dije en ese entonces.

Hay que recordar que, gracias a la “voliada” de teléfono de doña Lucy Murgueitio Mendoza (descendiente de los iniciales habitantes de nuestro monumento), esta casa se recuperó, para orgullo de todos los que amamos a Cartago. Aunque qué lastima que la biblioteca pública “Marco Fidel Suárez” ya no preste sus servicios en ella, tal como ocurría en mi infancia y adolescencia. Allí y en esa época, aprendí a quererla porque resume -y rezuma- todas nuestras ya casi cinco veces centenarias tradiciones. Los estudiantes de hogaño no han tenido esa oportunidad.

En la historia de la “Casa del Virrey” hay hechos ciertos... pero también leyendas, cosas que no han sido probadas. Que Sanzena fue alférez real es una afirmación sin ningún respaldo, porque no existe el documento que así lo acredite. En cambio, cuando don Joan Joseph Ruiz de Salamando y Franco-Nieto vendía o compraba un predio, o un semoviente, o un esclavo, siempre aparece en las  escrituras como “el señor doctor don, Alférez Real”. En los casos en que Sebastián Sanzena hizo lo mismo, solo se le reconoce el título de “juez poblador”. Y el apellido de su padre y de sus abuelos fue Sanzena. El ”Mar y”... se lo inventó él.  Parece que era muy “picadito”, que se creía ya virrey.

Lo mismo ocurre con el escudo de armas, tallado en el dintel de la entrada principal del actual Conservatorio de Música “Pedro Morales Pino -una de las dos instituciones que allí tienen su sede; la otra es el Centro de Historia, guardián de nuestro Archivo Histórico-, y supuestamente la prueba de nobleza de Sebastián. Tampoco se conoce la cédula real que lo concedió, como era de rigor en esa época. El único escudo de armas otorgado a alguien relacionado con Cartago, es el del capitán y alférez real don Alonso De los Arcos Cortés y Redondo Mateus, concedido por Cédula Real de Felipe II, fechada en El Escorial el 13 de noviembre de 1574, por su contribución a la conquista del Perú; y quien luego residió y falleció en Cartago, en donde testó. Fue el suegro de los cartagüeñísimos hermanos De la Yuste Ramos -hijos del español Don Miguel De la Yuste, Tesorero de Caja Real-, el maestre de campo Marcos y el capitán Miguel, casados con dos de sus hijas: María y Catalina. 

Me entregaron un abanico de cartón (ampliamente repartido, inclusive en otros municipios) en el que aparecen algunas imprecisiones de la historia de este monumento. Dicen allí que Sanzena era alférez real; dan el nombre del virrey que dizque anunció su visita a la ciudad (por lo cual a esta casa se la denomina como “Del Virrey”), sin decir en dónde encontraron el documento que así lo testifique, porque en el Archivo Histórico de Cartago no hay una sola mención a ese caso; y que María Josefa Sanz de San Juan y Vicuña, esposa de Sanzena, se separó de él por un agravio, pero no dice si fue la leyenda del regaño público de su marido por no haber exhibido todas sus joyas en una recepción elegante...o la consecuencia lógica de la exhibición pública por estas largas calles cartagüeñas de los dos hijos naturales de Sebastián -Carlos y Leonarda- habidos con Rosalía Ortiz De Rivero... y en vida de su esposa legítima, lo cual no solo era una afrenta inaguantable para una heredera del orgullo español, sino hasta casi un delito en aquella época. Me parece que la “restregada en la cara” de ese adulterio fue la gota que desbordó la taza.

El grupo de teatro que aparece en el abanico creo que merece respaldo; en especial, el personaje del virrey, caracterizado a la perfección -hasta con la altanera, arrogante, soberbia y vanidosa alzada del mentón- por un joven Moriones, posiblemente descendiente de algún Sanzena, como el maestro Humberto Moriones Ochoa, pintor de excelsas calidades, quien me contó que su tío le mentó la madre al padre Botero O´Byrne porque enterró (a la brava, en fosa común y como N.N.) la momia de una de las hijas de Sebastián, que apareció así después del terremoto que destruyó su tumba. Ojalá este “virrey” haga el exorcismo que pedí hace muchos años, en un artículo que titulé “¡Que venga un virrey!”. De cualquier cosa -aunque sea el de la trova, el de los feos o el de los mentirosos-, pero que venga. Es que creo que todos los achaques de Cartago se deben a que el virrey... “nos faltonió”.

CASA  COLONIAL

Con recios ventanales que miran al poniente,
contando en su mutismo leyendas de otra edad,
la casa centenaria su desteñido frente
levanta altiva en medio de la gentil ciudad.

El  sol y la llovizna y el hombre lentamente,
borraron sus insignias de originalidad.
Mas ella opone al tiempo su esplendidez muriente,
con un irreductible blasón de majestad.

Me han dicho que en sus viejos salones conventuales
a media noche se oyen fantásticos rumores
que apáganse tan luego como se inicia el sol.

Acaso sean audiencias de alféreces reales
o alguna mayorazga frenética de amores
que escucha las lisonjas de un húsar español.

Bellísimo y perfecto soneto de Víctor Sandoval. Cuentan que el Maestro Valencia, de vacaciones en nuestra ciudad, salió a pasear una mañana por el Parque de Bolívar y vio al poeta dormido en el piso, pasando una de sus tantas borracheras. Y dizque dijo: “Carambas, en Cartago el talento rueda por el suelo, como las piedras”. De allí salió la famosa frase: “CARTAGO, CUNA DEL TALENTO. Y CIUDAD DONDE HASTA LAS PIEDRAS PIENSAN”. Quien lea este soneto y no se le arrugue el corazón ni “se le mojen los ojitos”, pues qué pena... pero no es cartagüeño.

Gustavo García Vélez

Nota aclaratoria: las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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