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CARTAGO: la Mamá del centro-occidente colombiano

Publicado: Domingo, 12 de mayo de 2019  |  8:14 am
Gustavo García Vélez

Recuperar un renovado cartagüeñismo que debe incluir las manifestaciones de quienes ya residen en nuestra ciudad, porque no se puede pretender que los inmigrantes y sus descendientes dejen sus corotos culturales... al otro lado del río De La Vieja.

Una vez pasada la conquista, en la época de la colonia Cartago llegaba prácticamente hasta lo que hoy es Antioquia. Nuestro fundador, el español Don Jorge Robledo (ascendido al grado de Mariscal por el rey de España gracias a sus conquistas), fue precisamente quien también le dio vida jurídica en esa jurisdicción a la ciudad de Santa Fé, que es considerada como la madre de los antioqueños.

Con el correr de los años, se produjeron otras fundaciones que mermaron la extensión de Cartago y, como en la novela “Piel de Zapa” de Honorato de Balzac, nuestra ciudad se fue encogiendo. Este fenómeno se hizo más intenso a medida que los antioqueños tumbaban monte, sembraban café y fundaban pueblos en territorios cartagüeños. Los actuales departamentos de Risaralda y el Quindío, además de buena parte del de Caldas, están en tierras que fueron cartagüeñas. Lo mismo ocurrió con lo que hoy se conoce como el Norte del Valle, esto es, desde el río La Paila en la jurisdicción del municipio de Zarzal. La única excepción es Toro, casi tan antigua como Cartago.

A finales del siglo 19, Cartago fue capital de una entidad territorial que se llamó Provincia del Quindío, perteneciente al Estado del Cauca y que comprendía toda esa extensión mencionada en el párrafo anterior. Hubo, inclusive, un texto para los estudiantes de los primeros grados de la instrucción pública, escrito por el cartagüeño Heliodoro Peña Piñeiro y que se llamó, precisamente, “Historia y Geografía de la Provincia del Quindío”.

A comienzos del siglo 20, el entonces presidente de la república -general Rafael Reyes- ejecutó un ordenamiento territorial suprimiendo los Estados Soberanos que, con su autonomía extrema, con ese federalismo a ultranza, habían convertido a Colombia en campo de batalla de las aspiraciones personales de sus caudillos, lo que fue causa de las guerras civiles que ensangrentaron todo el territorio de la república.   

Y hay un episodio que marca muy bien el talante de algunos cartagüeños raizales, fatutos: el presidente Reyes creó el departamento de Cartago (a la par que el de Buga y el de Cali) y nombró como nuestro gobernador al general cartagüeño conservador José Antonio Pinto, quien “no se dignó responderle a la primera autoridad de la nación”. Entonces, el gobernante suprimió el departamento de Cartago, anexándolo al de Buga y posteriormente, uniendo este al de Cali, creó al actual Valle del Cauca. La soberbia de Pinto quedó ahí que ni pintada... tirándose de paso el porvenir de nuestro Norte.

Esta situación lleva a pensar en la decadencia de Cartago, que pasó de ser una de las ciudades más importantes de Colombia en la colonia y en parte de la era republicana, a convertirse en un municipio de cuarta categoría. Y claro que su extensión territorial se mermó sustancialmente, pero el retroceso de nuestra ciudad se debe mucho más a la falta de visión futurista y de liderazgo nacional de quienes la han administrado durante los últimos 50 años.

Y en esta decadencia de nuestra ciudad, buena parte de la culpa le cabe a los cartagüeños por ancestro, porque la mayoría se fueron para Cali -los primeros “cerebros fugados” los tuvimos nosotros- y los que se quedaron aquí permitieron (y lo siguen permitiendo) que nuestro futuro sea decidido solamente... por quienes no tienen memoria de su infancia recorriendo estas largas calles. Y así es muy difícil que se tenga el sentido de pertenencia indispensable para actuar con plena responsabilidad -y, sobre todo, con amor- en la conducción y proyección de una ciudad.

Recuperar un sano y renovado cartagüeñismo que, por supuesto, debe incluir las manifestaciones de quienes ya residen en nuestra ciudad, porque no se puede pretender que los inmigrantes y sus descendientes dejen sus corotos culturales... al otro lado del río De La Vieja. Ese debe ser el inicio de toda actividad que pretenda proyectar el futuro de Cartago: una convocatoria que nos aglutine a todos y con otro esquema mental. Por eso insisto en la participación ciudadana -sin distingos y, menos, de origen cultural- como propuesta principal para nuestra ciudad. “Vamos todos a gobernar” es el sentimiento que nos debe orientar para recuperar el sitio que perdimos. Lo demás... es paja.

“Cartago: la Mamá del Centro-Occidente colombiano”, es el calificativo que tiene que recordar a toda Colombia lo que fuimos. (Es necesario insistir en que no pertenecemos -ni hemos pertenecido- a lo que se llama sur-occidente. La mera geografía lo comprueba). Y con el orgullo -y hasta la nostalgia- que esa denominación debe de producir en nuestro ánimo, con la ternura con la que miramos a nuestras madres, seguir actuando en la búsqueda de nuestro futuro. Porque lo tenemos. Nuestra ciudad no va a desaparecer solo porque su territorio haya disminuido. Y si no se ha extinguido con las pésimas, horribles, administraciones municipales de las últimas décadas, eso demuestra que la fuerza de sus 479 años es suficiente para continuar (y no solo por inercia) vigente en la historia de Colombia. 

Coletilla: Y hablando de cartagüeños: ¿por qué no existe un monumento ni una calle que recuerde al que estuvo más encaramado en la historia de Colombia? El doctor José Francisco Pereyra Martínez fue un Padre de la Patria: autor -como Consejero de Estado- de códigos que la crearon, dos veces ministro, presidente del Congreso y de la Corte de Justicia. Pero aquí... como si nada.

Gustavo García Vélez | CiudadRegion

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