Columnistas

Bulto de anzuelos

Nuestro idioma trasmite fácilmente imágenes porque es dúctil en el empleo de una figura gramatical, llamada metáfora. En los demás, como el alemán, su rigorismo étnico se trasmite al lenguaje, donde sí es sí y no es no. Desde El Quijote -con el cual el castellano se extendió por la que hoy es la Comunidad Autónoma Castilla-La Mancha- se permiten esas traslaciones en los significados. Ahí se dice que Sancho Panza desayunaba con “duelos y quebrantos” y si no fuera por las letrillas al final de cada página en las ediciones, nos quedaríamos… viendo un chispero (otra metáfora) y nunca sabríamos que eso eran huevos con tocino… y no un estrés que ni el berraco de este gordiflón.

Y con una metáfora definimos lo que pasa con las causas y las consecuencias del paro nacional: nació como un “bulto de anzuelos” que nadie ha podido desenredar… ni saber qué pueden pescar. Las peticiones son tantas y tan distintas (algunas sin bases sólidas) que no se sabe todavía por donde comenzar “la conversación”, como el gobierno llama a los diálogos entre las partes. Cuando dos personas conversan para dirimir sus desacuerdos, lo lógico es que no puede haber imposiciones, porque se trata de llegar al consenso, al punto de equilibrio. Y si les creemos a los esotéricos, el número de las peticiones trae mala suerte: trece.

Para quienes estamos mirando este proceso desde la barrera, escuchando con mente abierta todos los argumentos (no como jueces con falsas sentencias, como lo son las fake news insultantes), nos causa desconcierto escuchar opiniones sin ningún fundamento, no obstante las pruebas esgrimidas por la contraparte. Porque tanto los marchantes como el gobierno se han encasillado en sus propias opiniones, tal cual unas jaulas trancadas y cerradas por dentro. Y lo que puede ser peor: sin clasificar esas peticiones y sus dolientes, porque no es lo mismo lo que piden los estudiantes que lo exigido por los asalariados, como tampoco son iguales las solicitudes de los agricultores… a las de los integrantes del l.g.b.t.i. y las diferentes etnias que, como las negritudes y los indígenas, tampoco tienen identidades comunes.

De parte del gobierno hubo un muy mal diagnóstico inicial: en la alocución después de la primera marcha, se le dio más importancia a los desmanes de unos pocos vándalos (que no hacían parte de los movilizados) que a lo que puede causar este inconformismo, amorfo sí, pero espontáneo y generalizado -como en las parejas jartas de la desconfianza- por años de incumplimientos. El divorcio entre las clases dirigentes y los gobernados es ya casi irreversible y la solución es cambiar de pareja… porque los regalitos de última hora no suplen las mentiras. Las encuestas -y hasta los mismos que sufrieron por los trancones y la suspensión del transporte- dan un grande apoyo a estas protestas. Negarse primero a un llamado para dialogar y hacerlo tiempo después fue un pésimo mensaje, lo que no es raro en este gobierno improvisador y por eso su escaso 26% en las encuestas.

Pasan los días, falta método y abunda la confusión. Y añádase a esto, que se buscó como mediador a una persona tan desprestigiada (no por lo pasado de moda, sino por su incoherencia política) como Angelino Garzón. Su presencia parece un mal chiste del gobierno y no ayuda en nada. Se reitera que las cifras económicas son muy alentadoras, pero al mismo tiempo se emplea el espejo retrovisor para compararse con el anterior gobierno, como si la actual situación económica no fuera consecuencia del buen manejo dado enantes… sino el maná que cayó del cielo en el último año.   

Se está volviendo muy difícil, pues, encontrarle la comba a este paro. Porque parece que no se está usando la razón, sino la pasión, tal cual esas voces fanáticas que eructan desde las redes sociales su incomprensión de lo que realmente está pasando. Una protesta social de las dimensiones que se está dando no es obra de nadie en particular y menos de un líder al que las mismas encuestas le dan un margen muy elevado de impopularidad. Esta actitud ignorante es oir cantar el gallo… y no saber en dónde. Porque el despelote que hemos visto es como la gota que desbordó la taza, después de muchísimos años de frustraciones. ¿Aparecerá una figura providencial que nos salve? En las sociedades organizadas siempre salen algunas.

Coletilla 1: Me pide un amigo de mi adolescencia y que emigró a otro país, que diga algo con respecto a los andenes de nuestra ciudad. Y claro: él estuvo viviendo en un país desarrollado, del primer mundo, en el que no se necesita mirar para el suelo continuamente cuando se transita por las aceras, como nos sucede a nosotros. Porque los desniveles y los huecos, cuando no los vendedores ambulantes, hacen que la caminata tenga sus peligros. Sobre todo cuando, como nos sucede a mi amigo y a mí… ya tenemos que usar gafas para ver de cerca.

Parque de Bolívar, Cartago, 1900. Cortesía Archivo Histórico.

Coletilla 2: Y hablando de vendedores ambulantes y de desorden en los espacios públicos, es de esperar que una vez reabierto el Parque de Bolívar no vuelva a ser inundado con la venta de cachivaches, como si fuera la plaza de mercado de la galería. Tiene que haber una rigorosa reglamentación de este, que es llamado la sala de recibo de la ciudad, para que no parezca el cuarto de san alejo, la pieza de los rebrujos. Porque de lo contrario podemos volver a los ya lejanos años de comienzos del siglo pasado, cuando nuestro parque estaba lleno de toldos, tal cual muestra la fotografía que adjunto. A propósito: en ella no aparecen los balcones barrigones en la esquina de la carrera 4 con calle 11, que sí se ven en otras. Se observa una casa de un solo piso, lo que quiere decir que esta fotografía es más antigua que las otras.

Gustavo García Vélez

Cartagüeño raizal, bachiller del colegio Liceo Cartago, egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad Libre, ex concejal liberal de Cartago, comentarista público desde hace más de 30 años en medios impresos y radiales.

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