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El Cairo, la atalaya en bahareque

Apartado de las rutas comerciales y turísticas, en la cordillera occidental, queda El Cairo, una de las últimas fundaciones de la Colonización Antioqueña. Sobre el eje vial en tiempos de la Colonia entre Cartago y Novita, fundaron a El Cairo con el nombre de El Paraguas, en 1919. Seguramente es el pueblo con una arquitectura en bahareque más completa, pues manzanas enteras, siguen mostrando sus fachadas de austeridad. Falta solo el empedrado de las calles y el viaje en el tiempo sería perfecto, ningún otro de nuestros pueblos puede acusar esa totalidad.

El Cairo tiene singularidades en su arquitectura que lo caracterizan y diferencian. Los calados tradicionales que adornan los tableros de los balcones son escasos. A las liras y las ramas estilizadas que en cadena se entrelazan le surgió un rival, al cual por su línea recuerdan los diseños de las chivas que tanta e innecesaria atención han recibido. Son flores con un centro y pétalos estilizadas, que sueltos, lucen en estos tableros y recuerdan el estampado de una tela. O tal vez son soles escapados de un cliché tipográfico. Al parecer a El Cairo no fueron expertos ebanistas a realizar trabajos, sino ágiles carpinteros, los cuales, obedeciendo las instrucciones de los dueños de la construcción, reducían costos omitiendo su parte suntuaria.

Del recorrido por estas anacrónicas calles surge otra pregunta. ¿Quiénes empezaron a cubrir las ventanas y las puertas con cortinas? ¿Quiénes, con el afán de recibir luz y calor, salvaron su intimidad doméstica y cubrieron las ventanas con leves telas que despiertan una sana curiosidad en el transeúnte? ¿Muselina, damasco, gasa, todas ellas telas con nombres árabes serían la pista de un origen mudéjar? ¿O esta costumbre es aborigen, así como la describe el joven Pedro Cieza de León en sus crónicas cuando en el año 1540 recibía la encomienda de Apía de manos de su amigo Jorge Robledo y los indios las hacían con al-cotón?

Estos bellos velos que el viento zarandea a su gusto dan señas de que en estos pueblos patrimoniales vive gente. Hay vida y cotidianidad en El Cairo y el corrosivo turismo de Salento o Filandia, que quieren mostrar como ideal, no ha echado sus nocivas raíces en esta joya de la corona antioqueña. ¿Cómo logran unas frágiles telas servir de sólida muralla y proteger a su dueño? Esa metáfora se expande por todo El Cairo acompañando al visitante y excitando su fantasía. 

Esas cortinas cubren aquello que su habitante reserva para otro momento. Veo esas leves telas y pienso que en la casa debe estar Fernell Franco, famoso fotógrafo vallecaucano, hablando con los residentes para hacer sus fotografías que captaron intimidades o secretos de esas gentes y esas casas.

Esta atalaya en bahareque que domina un vasto panorama de montañas a su alrededor se debe cuidar y estudiarla a fondo. Ideas locas como pintar las casas con todos los colores son muestra de no haber entendido el centenario legado de los artífices del bahareque. Ese afán de parecerse a las casas del Caribe, seguramente insinuado por algún promotor turístico en Bogotá y retomado por un despalomado funcionario público, convierte a nuestros pueblos en caricaturas. Una casa en bahareque es una casa y requiere un tipo de color que la diferencie de una torta, una chiva o una guardería de niños. Si el bahareque es sinónimo de tradición e identidad que se debe respetar.

El Cairo, como Brujas en Bélgica, quedó rezagado en el tiempo. El desarrollo que todo lo arrasa no tomó la tortuosa ruta hasta ese bellísimo mirador, sino se plantó en otros municipios. Lo republicano, el art decó y el naval no cuentan con exponentes, excepto dos casas que datan de alguna prosperidad de los años 50. En esta lista se debe contar la propia iglesia construida en material de diseño moderno que seguramente remplazó la iglesia original hecha en madera. No hubo riqueza y por ende los dueños no sufrieron la tan humana tentación de exteriorizar esa prosperidad económica remodelando sus casas como sucede en todos los pueblos. El importante resultado de este fenómeno fue que a la humanidad le quedó un pueblo completo en bahareque, que vale más que los millones que no entraron a los bancos.

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Pedro Felipe Hoyos Körbel

El manizaleño Pedro Felipe Hoyos Körbel (historiador autodidacta, escritor, editor, librero, conferencista, traductor del alemán y del inglés) ha entregado a las gentes con mente abierta para conocer o precisar asuntos del pasado, media docena de relatos sobre temas históricos.

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