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Felicidad

Tan fugaz como el perfume, que al abrir la flor, escapa al éter, es la felicidad; ese sentimiento anhelado por la humanidad que, como el aroma, puede de pronto hacerse incapturable.

Todos los hombres, como seres naturales que somos, tenemos una finalidad: ser felices.

Para Aristóteles, la felicidad era un sentimiento nacido del bien obrar y el bien vivir; una virtud. Él consideraba que, “cuando el hombre es feliz no necesita nada más, lo tiene todo, ya que la felicidad es suficiente en si misma y no necesita de algo más”. Entonces, por si misma, hace amable la vida.

Así que el hombre feliz no ambiciona riqueza material, ni poder de investidura. ¿Para qué? Él es rico en su felicidad y ella le da poder.

Sin embargo, ser feliz no significa que hemos vivido bien seis horas y mal las otras dieciocho.

Significa, más bien, que nuestra vida ha sido pareja y nos hemos mantenido en el bien vivir y en el bien obrar, al menos, durante esas dieciocho horas que le dábamos al mal. Entonces, poco a poco, empezará a prender el fuego de la felicidad en nuestros corazones y esto será una virtud nuestra.

Por ello, muy pocos pueden hablar de ser felices, pues solo un guerrero está dispuesto a renunciar a los deleites mundanos, que nos impiden avanzar en el camino hacia la virtud.

Este sentir es un huésped de paso, intemporal y transitorio y al igual que el perfumista, quien quiera ser feliz, deberá conocer el arte de embasar la felicidad y hacerla suya, al menos por un tiempo.

Lo intemporal de la felicidad, es semejante a lo efímero del perfume. El intento del perfumista, por retenerlo en nuestros olfatos, es tarea difícil; pues éste, no más besa nuestra piel, escapa de nosotros.

Pero los perfumistas consiguen embasarlo y con el componente apropiado, retenerlo en la piel; y en las ropas, hasta por horas.

Siendo la felicidad un sentimiento, posee la misma cualidad de las fragancias; no permanente; pasajera en la persona, tan pronto como llega, se va…

El hombre común experimenta la felicidad solo por momentos o por días, y solo unos pocos, son felices durante largo tiempo.

Si disfruta de un querer, puede experimentar felicidad, pero al rato, sentirse infeliz porque teme perderlo; la pérdida de un ser querido atenta contra la felicidad; la pérdida de la salud y el fracaso en una meta perseguida, son también motivos de infelicidad.

Así mismo se puede perder la felicidad por un gran número de causas. Estas nos acechan todo el tiempo, para caernos encima a la menor oportunidad y hundirnos en el reino de la tristeza.

¿Pero, que es entonces la felicidad? ; ¿La paz… El bienestar… La suma de ambos?

La verdadera felicidad, está más cerca de ese sentimiento de regocijo que nace del bien Obrar.

Podría ser el darma que llega como recompensa, después de hacer algo por alguien, sin otro interés que el de aliviar el peso y el dolor del otro. ¡Como aquel sentimiento que debió colmar al samaritano caritativo, después de ayudar al hombre asaltado en el camino.

También es comparable con la sensación de quien ha obtenido un gran triunfo; del que recupera su libertad perdida o la de aquel que ha superado una penosa enfermedad. La Felicidad es un sentir que se acerca al amor, a la gloria; tiende a lo sublime, ronda sus caminos.

Es claro que entre la forma de sentir nuestray los olores, existe una relación directa. Cuantas veces nos ha pasado que un aroma nos altera, ánimo, sentimiento y pensamiento.

Según grandes artesanos de la perfumería, a veces, confundimos los olores con los sentimientos, en su actuar sobre nosotros. Según ellos, son los olores quienes, principalmente, despiertan nuestras emociones.

Unos son suaves, otros dulces; otros, como el almizcle, el incienso y el ámbar, plenos; se expanden en el infinito y nos llevan en su vuelo

El hombre común, al igual que el perfumista, debe aprender a embasar la felicidad, y a retenerla por un tiempo, antes que ésta, escapando de su corazón, del frasco sagrado, se esfume en el éter.

Nota aclaratoria
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Diego Matís

Soy natural del eje cafetero, nací justo en la época en que se suscitó, en el mundo, un nuevo orden social. He vivido en Cartago, desde el tiempo de sus últimas casitas con techo de paja, hasta el tiempo presente, con sus más modernos edificios. Mi espíritu es a sus calles, como las aguas de la 'Vieja' son a su cauce. Fui periodista en mi juventud. Laboré en medios locales y de la capital del Valle, lo mismo que en noticieros radiales de Risaralda. Me especialicé en la modalidad de crónica y reportaje. He escrito cuentos cortos y poemas que publicaron revistas culturales de la ciudad. Actualmente me dedico a la enseñanza del ajedrez competitivo, entre los jóvenes del municipio, al tiempo que trabajo en un proyecto que busca, mediante la fotografía ilustrativa, dar mayor énfasis a la imagen poética.

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