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La polarización emocional en Colombia

Colombia padece en su realidad política una falta de liderazgo serio y con propuestas concretas, lo que ha puesto a los ciudadanos a debatirse en una polarización rígida y violenta, en la que no se defienden ideales ni metas de progreso, sino a personalidades que mueven los afectos de las masas y estancan al pueblo en la misma violencia bipartidista que ha esculpido la historia de Colombia desde sus orígenes como nación.

Al respecto nos viene bien afirmar que quien no piensa con la razón, es víctima de la emoción, la primera utiliza argumentos y busca alternativas, la segunda busca la satisfacción y el placer, y es esta última la que parece acompañar las disputas políticas que se avivan en el común opinar del pueblo colombiano, quien se ve obligado a elegir entre dos polos que se disputan el poder señalando las debilidades del oponente como estrategia de campaña, los unos echando sal a las heridas causadas por una izquierda guerrillera y los otros ventilando la corrupción de una derecha atornillada en el poder y patrocinada por los más ricos de la nación.

Así, si más propuestas seguimos repitiendo el dualismo político que en un principio nos puso a favor o en contra de la corona española, a apoyar a Bolívar o a Santander, pintar de azul o rojo las iglesias de los pueblos para apoyar un partido que nos dejaba muertos pero no progresos, bajar a las urnas para apoyar a Petro o a Uribe, a Santos o a Uribe, al Sí o al No y pareciera ser esta la serpiente que se muerte la cola en nuestra historia colombiana.

Los estrategas políticos, no líderes, valga la aclaración, han sabido utilizar estas animosidades de apoyo a ganadores y encono de los perdedores que diseñan la psicología del colectivo colombiano y ahora se nos hace el pan de cada día ver a los unos defender los nombres de un expresidente senador con más de treinta investigaciones judiciales o los de un exsenador con un pasado guerrillero que aun huele a pólvora y quien no se esfuerza en ocultar su simpatía con el socialismo decadente de la región.

¿Acaso no tenemos más opción? ¿Qué hace falta al pueblo para sacudirse de su eterno retorno a la disputa enconada de la emotividad política? ¿qué pasará cuando todas las decepciones hayan sido sacadas a la luz? ¿aprenderemos la lección o buscaremos un nuevo caudillo a quien defender?

Nota aclaratoria
Las opiniones de los columnistas son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

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Manuel Narval

Docente de filosofía en el Colegio Liceo Cartago

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