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La Tutela

La edad promedio de vida, para el ser humano en Colombia está determinada hoy día en los 74 años. De ahí en adelante es improbable, aunque no imposible, vivir otros seis años y aún extender la existencia hasta más allá de los ochenta.

Lo peor es que nadie nos garantiza nuestra llegada a los setenta y cuatro, por lo tanto, todo hombre que pase de sesenta, aprieta sus días, muchísimo más que aquel, que aprieta sus últimas monedas, en medio de la pandemia.

Ninguno de estos hombres condenados a encierro domiciliario, está dispuesto a pasar su último tiempo en reclusión, por determinación de aquellos que no están bajo su piel. Son hombres septuagenarios sí, pero siguen siendo tan humanos como los jóvenes… o hasta de pronto, un poquito más…

¡Con la misma frialdad con que enjaulan a un pájaro, encierran a un hombre!

Hay adultos mayores y hay débiles ancianos, en la población comprendida entre setenta y noventa años.

Un hombre, entre setenta y setenta y cinco años, lúcido y sano, no se puede comparar con otro de ochenta, más débil y tal vez enfermo.

En todo caso, en los hogares se acostumbra encerrar a sus ancianos, cuando llega el momento de hacerlo y estos terminan por resignarse, porque saben que debe ser así.

Pero aquellos que se saben lúcidos, suficientemente fuertes y útiles aún, no están dispuestos a permitir que se les pierda el respeto queriéndolos manipular, cuando no es el momento. Aún les queda tiempo para manejar sus vidas libremente; y su libertad no puede ser coartada por ningún gobierno que obre bajo un escudo cuyo lema declara: ¡Libertad y Orden!

No es equilibrado, en este caso, medir con el mismo metro, a unos y a otros. No se puede pretender que unos, con su tiempo precioso, paguen por otros… Es que son sus últimos años sobre la tierra… quizá solo meses o días… nadie lo garantiza.

Para muchos de ellos, vale más un año de vida libre, plena, como la saben vivir, que dos años encerrados, prisioneros en jaulas de oro; mirando al mundo a través de un televisor.

La causa que esgrimen los que están de acuerdo con esta extrema medida, es que, en la actualidad, el 49 por ciento de fallecidos por el coronavirus, pertenece a la población mayor. Lo que no especifican es, si este porcentaje se refiere a mayores de cincuenta, sesenta o setenta años en adelante, así como tampoco hablan de la tasa poblacional, de estos adultos mayores en Colombia.

Importante sería también, conocer el porcentaje de muertes y contagios, en personas menores de cincuenta años. Es seguro que estos datos ayudarán a evaluar con más justeza, el caso de los ciudadanos afectados por la medida de confinamiento, que rigió durante la cuarentena en el país.

En todo caso, no tiene porque ser necesariamente mortal, salir, diariamente, durante una hora en la mañana y otra en la tarde, si se cumplen estrictamente, las medidas debidas. Y es bueno tener en cuenta que hay ancianos de elevadísima edad, que regresaron del infierno del coronavirus

La determinación del juez ordenando la derogatoria de la medida que obligó a estos ciudadanos, durante varios meses, a permanecer encerrados sin derecho a un baño de sol diario, a oxigenar los pulmones con unos minutos de caminata, es, aunque a muchos les pese, acertada.

O si no, dígannos a los colombianos, ¿como es que nuestros mayores, se infectaron, estando en confinamiento?

La respuesta a este interrogante, dará la razón a quienes exigen su libertad.

No es agradable escuchar al Presidente de la República, Iván Duque, diciendo, que apelará el fallo de la tutela que libera a los mayores de setenta años del confinamiento obligado en Colombia, argumentando criterios científicos.

No debe descartar el presidente Duque, que la Organización Mundial de la Salud, OMS, ha dado “reversazos” en importantes recomendaciones dadas al mundo, en lo que va corrido de la pandemia.

Suena irónica la declaración del presidente, cuando dice que respeta el fallo del juez que tumbó la norma, pero anuncia que lo impugnará, a la vez que lo califica de “absurda decisión”.

Es increíble esta actuación, que tiene un aire policíaco y hace ver a nuestros mayores como fugitivos de una ley que intenta recapturarlos

Muchos de los septuagenarios que fallecen en Colombia, por coronavirus, son los mismos que, imprudentemente, permanecen en calles y parques, en pequeñas tertulias, donde no respetan las distancias físicas recomendadas, ni utilizan debidamente la mascarilla; saltándose, como en un juego, las normas que les brindan protección. También cuentan en este grupo, aquellos ya enfermos y débiles que fueron atacados por el virus.

Por su parte, aquellos hombres prudentes y juiciosos, respetuosos de las reglas, que acataron la cuarentena, sabrán ser mesurados en el uso de su libertady no necesariamente, caerán como moscas por recibir un trato equitativo, que les permite aprovechar todos los días un paseo necesario, vital.

Ahora, sí cumpliendo estos protocolos, algunos llegan a enfermar y morir, será porque les tocó. Y esto pudiera suceder en su casa; en su cama; en el lugar y tiempo correspondientes.

Ante todo lo anterior uno podría pensar que el verdadero interés del presidente es económico, en cuyo caso, los viejos no tienen la culpa de la incapacidad del estado para garantizarle su salud. Ellos, como los jóvenes, tienen derecho a recibir atención en salud y esto no puede ser, nada más, un privilegio de unos sobre otros.

Sea este el momento para que el país recomponga el lema de su escudo, para que en adelante diga… ¡“LIBERTAD Y EQUIDAD”! …

Nota aclaratoria
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Diego Matís

Soy natural del eje cafetero, nací justo en la época en que se suscitó, en el mundo, un nuevo orden social. He vivido en Cartago, desde el tiempo de sus últimas casitas con techo de paja, hasta el tiempo presente, con sus más modernos edificios. Mi espíritu es a sus calles, como las aguas de la 'Vieja' son a su cauce. Fui periodista en mi juventud. Laboré en medios locales y de la capital del Valle, lo mismo que en noticieros radiales de Risaralda. Me especialicé en la modalidad de crónica y reportaje. He escrito cuentos cortos y poemas que publicaron revistas culturales de la ciudad. Actualmente me dedico a la enseñanza del ajedrez competitivo, entre los jóvenes del municipio, al tiempo que trabajo en un proyecto que busca, mediante la fotografía ilustrativa, dar mayor énfasis a la imagen poética.

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