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Un gobierno pachocho

La primera norma del buen gobierno es tomar decisiones a tiempo y para eso se deben tener ideas muy claras del tema que se trata. Los gobernantes se tienen que haber caracterizado durante toda su vida pública por saber señalar los caminos a seguir. Y aquí cabría toda una deliberación sobre la importancia del pasado (tema de los historiadores) y del futuro (que estudian los filósofos) que, según los prácticos, no existen, porque… el primero fue y el otro no ha llegado.

El dedo índice de esos personajes debe estar casi amaestrado y su autoridad se gana al saber indicarles a los ciudadanos la ruta por donde deben marchar todos. Podría decirse entonces que prima la futurología sobre el estudio de los antepasados, a pesar de que se dice que el que desconoce la historia… está condenado a repetirla. Mi Maestro, el español Don José Ortega y Gasset (a quien cito hasta el cansancio), decía que “el pasado no está allí y no se ha tomado el trabajo de pasar para que lo neguemos, sino para que lo integremos”. Y aquí está esa síntesis buscada entre pasado, presente y futuro que nos dejó como su principal legado el filósofo mencionado.

Este prefacio sirve para enrutar a mis lectores sobre el sentido del título y el contenido de este artículo. Pachocho es un colombianismo -tal vez originado en Antioquia- que califica a los lentos, palabra posiblemente derivada de pachorro, que significa indolente, apático, perezoso. Y no otra cosa se puede decir como comentario a la noticia muy delicada que escuchamos este fin de semana por todos los medios de comunicación nacionales e internacionales: mientras la mayoría de los países latinoamericanos tienen ya negociaciones aseguradas de millones de vacunas con las empresas que las están fabricando para acabar con el virus que sabemos, nuestro país está en los últimos lugares al lado de Haití y República Dominicana. Y lo peor: que por esa demora solo hasta el 2022 la mayoría de los colombianos seremos vacunados. 

Así se distribuyen las compras por millones de dosis por país. Otros países tienen acuerdos de confidencialidad y no se han dado a conocer con claridad las cifras.

Me imagino las marchas que serán programadas desde el año entrante para protestar por esto. Y aunque las imágenes que hemos visto por los noticieros de televisión de los cientos y hasta miles de personas caminando como si nada para noveleriar almacenes y alumbrados públicos de navidad podrían justificar los crecientes y rebeldes contagios, lo mismo que las explicaciones medio tontas del ministro de salud en el sentido de que tenía que esperar la verificación de la institución gringa que autoriza esos medicamentos para ese país y hasta la del Invima colombiano, lo cierto y bastante evidente es que este gobierno… se durmió sobre unos laureles que solo él cree que tiene. Esa manifestación de nuestra dependencia del imperio del norte hasta para decidir cuándo y cómo nos morimos es ya el colmo de la arrodillada.

Quedamos, pues, como los bobos del paseo. Como esos lentos, débiles mentales y pachorros para actuar, que no entendieron a tiempo de lo que se trata, de lo que nos viene pierna arriba desde hace nueve largos meses. Hasta el ignorante de Trump ya calificó de tortuga (con adjetivos adicionales que magnifican su lentitud) a esa entidad gringa que estudió la validez de una de las vacunas, por la demora en autorizar su utilización luego del estudio que las acepta. La enorme cantidad de muertos por la pandemia lo ha obligado a revisar su errático comportamiento inicial, no solo lento en responder sino ignorando la real magnitud de semejante mal universal. Y se supo que presionó a la FDA para que actuara rápidamente en ese sentido.

La obvia conclusión es que el programa diario sobre esta peste solo le ha servido al gobierno para quemar tiempo y evitar las preguntas capciosas de periodistas que no tragan entero, porque las ruedas de prensa ya no se convocan. Ese método de dirigir a nuestro país continuará a partir de abril del año entrante, cuando suspenda ese bodrio reemplazándolo con otro quizás peor: entrevistas a personalidades nacionales e internacionales. Para ello ya firmó el respectivo contrato con quienes le van a construir ese otro podio, donde quedará de primero entre los campeones… de la improvisación.

Qué mal gobernados estamos. No nos merecemos esto: un presentador de noticias… como presidente de la nación. Creíamos que con Andrés Pastrana había sido suficiente.

Coletilla 1: Ya los gringos comenzaron a lavarse las manos dando reversa en su apoyo a Guaidó. “Nosotros no lo elegimos, lo hizo la asamblea nacional” dijo Elliott Abrams, el representante ante Venezuela. La división entre los opositores a Maduro le quitó la base que cimentaba su pretendida presidencia, situación que hizo evidente en recientes declaraciones uno de los más poderosos, el periodista Capriles, dueño del periódico que hasta decidía quien debería ser el mandatario de ese país antes de la llegada de Chávez y que tiene el mismo apellido del nuevo líder que vive en España y se pasea ya por todo el mundo.

Coletilla 2: Los que escribimos para el público debemos tener siempre a la mano un diccionario, ojalá actualizado y que recoja las nuevas palabras en inglés que la tecnología ha incorporado al lenguaje y que tienen ya su escritura en nuestro idioma asemejando la fonética gringa. Pero también las que siendo desde su origen muy castizas, se usan para señalar otra cosa, como metáfora. Acabo de escuchar que la palabra “mataburros”, que es el hueco construido para evitar la entrada de semovientes a ciertos sitios, ahora tiene una acepción adicional: diccionario. El humor ya entró a las academias de la lengua.

Coletilla 3: Que sacada de clavo la del New York Times. Sus personajes de este año son Joe Biden y Kamala Harris. Hace cuatro se pifiaron con la foto de Hillary Clinton en la portada de la edición de fin de año.

Nota aclaratoria
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Gustavo García Vélez

Cartagüeño raizal, bachiller del colegio Liceo Cartago, egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad Libre, ex concejal liberal de Cartago, comentarista público desde hace más de 30 años en medios impresos y radiales.

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